Documento de Puebla

 

 

La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina

 

(Puebla de Los Angeles, México, ene/feb. de 1979)

Aprobación papal: Vaticano, 23 de marzo de 1979.

 

 

Introducción.

Nuestra palabra: una palabra de fe, esperanza, caridad.

1

De Medellín a Puebla han pasado diez años. En realidad, con la Conferencia del Episcopado

Latinoamericano, solemnemente inaugurada por el Santo Padre Pablo VI, de feliz memoria, se abrió en el

seno de la Iglesia latinoamericana un nuevo período de su vida (Cfr. Discurso inaugural de la II

Conferencia General).

Sobre nuestro Continente, signado por la esperanza cristiana y sobrecargado de problemas, "Dios

derramó una inmensa luz que resplandece en el rostro rejuvenecido de su Iglesia" (Presentación de los

Doc. de Medellín).

En Puebla de los Angeles, se ha reunido la III Conferencia General del Episcopado de América Latina,

para volver a considerar temas anteriormente debatidos y asumir nuevos compromisos, bajo la inspiración

del Evangelio de Jesucristo.

Estuvo con nosotros, en la apertura de los trabajos, en medio de solicitudes pastorales que nos han

conmovido profundamente, el Pastor Universal de nuestra Iglesia, Juan Pablo II. Sus palabras luminosas

trazaron líneas amplias y profundas para nuestras reflexiones y deliberaciones, en espíritu de comunión

eclesial.

Alimentados por la fuerza y la sabiduría del Espíritu Santo y bajo la protección maternal de María

Santísima, Señora de Guadalupe, con dedicación, humildad y confianza, estamos llegando al final de

nuestra ingente tarea. No podemos partir de Puebla hacia nuestras Iglesias particulares, sin dirigir una

palabra de fe, de esperanza y de caridad al Pueblo de Dios en América Latina, extensiva a todos los

pueblos del mundo.

Ante todo, queremos identificarnos: somos Pastores de la Iglesia Católica, nacida del corazón de

Jesucristo, el Hijo de Dios vivo.

Nuestra interpelación y súplica de perdón.

2

Nuestra primera pregunta, en este coloquio pastoral, ante la conciencia colectiva, es la siguiente:

¿Vivimos, en realidad, el Evangelio de Cristo, en nuestro continente?

Esta interpelación que dirigimos a los cristianos, puede también ser analizada por todos aquellos que

no participan de nuestra fe.

El cristianismo que trae consigo la originalidad de la caridad no siempre es practicado en su integridad

por nosotros los cristianos. Es verdad que existe gran heroísmo oculto, mucha santidad silenciosa,

muchos y maravillosos gestos de sacrificio. Sin embargo, reconocemos que aún estamos lejos de vivir

todo lo que predicamos. Por todas nuestras faltas y limitaciones, pedimos perdón, también nosotros

pastores, a Dios y a nuestros hermanos en la fe y en la humanidad.

Queremos no solamente ayudar a los demás en su conversión, sino también convertirnos juntamente

con ellos, de tal modo que nuestras diócesis, parroquias, instituciones, comunidades, congregaciones

religiosas, lejos de ser obstáculo sean un incentivo para vivir el Evangelio.

Si dirigimos la mirada a nuestro mundo latinoamericano ¿Qué espectáculo contemplamos? No es

necesario profundizar el examen. La verdad es que va aumentando más y más la distancia entre "los

muchos que tienen poco y los pocos que tienen mucho". Los valores de nuestra cultura están

amenazados. Se están violando los derechos fundamentales del hombre.

Las grandes realizaciones en favor del hombre, no llegan a resolver, de manera adecuada, los

problemas que nos interpelan.

Nuestra contribución.

3

Pero, ¿Qué tenemos para ofreceros en medio de las graves y complejas cuestiones de nuestra época?

¿De qué maner podemos colaborar al bienestar de nuestros pueblos latinoamericanos, cuando algunos

persisten en mantener sus privilegios a cualquier precio, otros se sienten abatidos y los demás promueven

gestiones para su sobrevivencia y la clara afirmación de sus derechos?

Queridos hermanos: una vez más deseamos declarar que, al tratar los problemas sociales, económicos

y políticos, no lo hacemos como maestros en esta materia, como científicos, sino en perspectiva pastoral

en calidad de intérpretes de nuestros pueblos, confidentes de sus anhelos, especialmente en los más

humildes, la gran mayoría de la sociedad latinoamericana.

¿Qué tenemos para ofreceros? Como Pedro, ante la súplica dirigida por el paralítico, a la puerta del

Templo, os decimos, al considerar la magnitud de los desafíos estructurales de nuestra realidad: No

tenemos oro ni plata para daros, pero os damos lo que tenemos: en nombre de Jesús de Nazaret, levantaos

y andad (Cfr.he.3,6). Y el enfermo se levantó y proclamó las maravillas del Señor.

Aquí, la pobreza de Pedro se hace riqueza y la riqueza de Pedro se llama Jesús de Nazaret, muerto y

resucitado, siempre presente, por su Espíritu Divino, en el Colegio Apostólico y en las incipientes

comunidades que se han formado bajo su dirección. Jesús cura al enfermo. El poder de Dios requiere de

los hombres el máximo esfuerzo para el surgimiento, y la fructificación de su obra de amor, a través de

todos los medios disponibles: fuerzas espirituales, conquistas de la ciencia y de las técnicas en favor del

hombre.

¿Qué tenemos para ofreceros? Juan Pablo II en el discurso inaugural de su Pontificado, nos responde

de manera incisiva y admirable, al presentar a Cristo como respuesta de salvación universal: "¡No temáis,

abrid de para en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora las puertas de los Estados, los

sistemas económicos y políticos, los extensos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo"

(Juan Pablo II, Homilía en la inauguración de su Pontificado, 22/10/1978).

Para nosotros, ahí se encierra la potencialidad de las simientes de liberación del hombre

latinoamericano. Nuestra esperanza para construir, día a día, la realidad de nuestro verdadero destino. Así,

el hombre de este continente, objeto de nuestras preocupaciones pastorales, tiene para la Iglesia, un

significado esencial, porque Jesucristo asumió la humanidad y su condición real, excepto el pecado. Y, al

hacerlo, El mismo asoció la vocación inmanente y trascendente de todos los hombres.

El hombre que lucha, sufre, y, a veces, desespera, no se desanima jamás y quiere, sobre todo, vivir el

sentido pleno de su filiación divina. Por eso, es importante que sus derechos sean reconocidos; que su

vida no sea una especie de abominación; que la naturaleza, obra de Dios, no sea devastada contra sus

legítimas aspiraciones.

El hombre exige, por los argumentos más evidentes, la supresión de las violencias físicas y morales,

los abusos de poder, las manipulaciones del dinero, del abuso del sexo; exige, en una palabra, el

cumplimiento de los preceptos del Señor, porque todo aquello que afecta la dignidad del hombre, hiere, de

algún modo al mismo Dios. "Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios"(1 Cor. 3,21-

23).

Lo que nos interesa como Pastores es la proclamación integral de la verdad sobre Jesucristo, sobre la

naturaleza y misión de la Iglesia, sobre la dignidad y el destino del hombre (Cfr. Juan Pablo II, Discurso

inaugural I, 1.AAS LXXI, pp.189).

Nuestro mensaje, por lo mismo, se siente iluminado por la esperanza. Las dificultades que

encontramos, los desequilibrios que anotamos, no significan señales de pesimismo. El contexto

socio-cultural en que vivimos es tan contradictorio en su concepción y modo de obrar, que no solamente

contribuye a la escasez de bienes materiales, en la casa de los más pobres, sino también, lo que es más

grave, tiende a quitarles su mayor riqueza que es Dios. Esta comprobación nos lleva a exhortar a todos los

miembros conscientes de la sociedad, para la revisión de sus proyectos y, por otra parte, nos impone el

sagrado deber de luchar por la conservación y profundización del sentido de Dios en la conciencia del

pueblo.

Como Abraham, luchamos y lucharemos contra toda esperanza (Cfr. Gén. 18,23ss), lo que significa

que jamás dejaremos de esperar en la Gracia y en el Poder del Señor que estableció con su Pueblo una

Alianza inquebrantable, a pesar de nuestras prevaricaciones.

Es conmovedor sentir en el alma del pueblo la riqueza espiritual desbordante de fe, esperanza y amor.

En este sentido, Améric a Latina es un ejemplo para los demás continentes y mañana podrá extender su

sublime vocación misionera, más allá de sus fronteras.

Por esto mismo, "Sursum corda!", levantemos el corazón, queridos hermanos de América Latina,

porque el Evangelio que predicamos es una Buena Nueva tan espléndida que convierte, que transforma los

esquemas mentales y afectivos, ya que comunica la grandeza del destino del hombre, prefigurada en

Jesucristo Resucitado.

Nuestras preocupaciones pastorales por los miembros más humildes, impregnadas de humano

realismo, no intentan excluir de nuestro pensamiento y de nuestro corazón a otros representantes del

cuadro social en que vivimos. Por el contrario, son serias y oportunas advertencias para que las distancias

no se agranden, los pecados no se multipliquen y el Espíritu de Dios no se aparte de la familia

latinoamericana.

Y porque creemos que la revisión del comportamiento religioso y moral de los hombres debe reflejarse

en el ámbito del proceso político y económico de nuestros países, invitamos a todos, sin distinción de

clases, a aceptar y asumir la causa de los pobres, como si estuviesen aceptando y asumiendo su propia

causa, la causa misma de Cristo: "Todo lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos, por humildes que

sean, a mí me lo hicisteis" (Mt. 25, 40).

El Episcopado Latinoamericano.

4

Hermanos, no os impresionéis con las noticias de que el Episcopado esta dividido. Hay diferencias de

mentalidad y de opiniones, pero vivimos, en verdad, el principio de colegialidad, completándonos los unos

a los otros, según las capacidades dadas por Dios. Solamente así podremos enfrentar el gran desafío de la

Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina.

El Santo Padre Juan Pablo II anotó en su discurso inaugural tres prioridades pastorales: la familia, la

juventud y la pastoral vocacional (Cfr. Discurso inaugural IV. AAS LXXI, p.204).

La Familia.

5

Invitamos, pues, con especial cariño, a la familia de América Latina a tomar su lugar en el corazón de

Cristo y a transformarse más y más, en ambiente privilegiado de evangelización, de respeto a la vida y al

amor comunitario.

La Juventud.

6

Invitamos cordialmente a los jóvenes a vencer los obstáculos que amenazan su derecho de

participación, consciente y responsable en la construcción de un mundo mejor. No les deseamos la

ausencia pecaminosa de la mesa de la vida, ni la triste entrega a los imperativos del placer, del

indiferentismo o de la soledad voluntaria e improductiva. Ya pasó la hora de la protesta, traducida en

formas exóticas, o a través de exaltaciones intempestivas. Vuestra capacidad es inmensa. Ha llegado el

momento de la reflexión y de la plena aceptación del desafío a vivir, en plenitud, los valores esenciales del

verdadero humanismo integral.

Los Agentes de Pastoral.

7

Con palabras de afecto y de confianza, saludamos a los abnegados agentes de pastoral en nuestras

Iglesias particulares, en todas sus categorías. Al exhortaros a la continuación de vuestros trabajos en favor

del Evangelio, os estimulamos a un creciente esfuerzo en pro de la pastoral vocacional, dentro de la cual

se inscriben los ministerios confiados a los laicos, en razón de su bautismo y su confirmación. La Iglesia

necesita más sacerdotes diocesanos y religiosos en cuanto sea posible, sabios y santos, para el ministerio

de la Palabra y la Eucaristía y para la mayor eficacia del Apostolado religioso y social. Necesita laicos

conscientes de su misión en el interior de la Iglesia y en la construcción de la ciudad temporal.

Los Hombres de buena voluntad y la civilización del Amor.

8

Y ahora, queremos dirigirnos a todos los hombres de buena voluntad, a cuantos ejercen cargos y

misiones en los más variados campos de la cultura, la ciencia, la política, la educación, el trabajo, los

medios de comunicación social, el arte.

Os invitamos a ser constructores abnegados de la "Civilización del Amor" según luminosa visión de

Pablo VI, inspirada en la Palabra, en la vida y en la donación plena de Cristo y basada en la justicia, la

verdad y la libertad.

Estamos seguros de obtener así vuestra respuesta a los imperativos de la hora presente, a la tan

ambicionada paz interior y social, en el ámbito de las personas, de las familias, los países, los continentes,

del universo entero.

Deseamos explicitar el sentido orgánico de la civilización del amor, en esta hora difícil pero llena de

esperanza de América Latina.

¿Qué nos impone el mandamiento del amor?

El amor cristiano sobrepasa las categorías de todos los regímenes y sistemas, porque trae consigo la

fuerza insuperable del Misterio Pascual, el valor del sufrimiento de la cruz y las señales de victoria y

resurrección. El amor produce la felicidad de la comunión e inspira los criterios de la participación.

La justicia, como se sabe, es un derecho sagrado de todos los hombres, conferido por el mismo. Está

insertada en la esencia misma del mensaje evangélico. La verdad, iluminada por la fe, es fuente perenne de

discernimiento para nuestra conducta ética. La libertad es un don precioso de Dios, consecuencia de

nuestra condición humana y factor indispensable para el progreso de los pueblos.

La civilización del amor repudia la violencia, el egoísmo, el derroche, la explotación y los desatinos

morales. A primera vista, parece una expresión sin la energía necesaria para enfrentar los graves

problemas de nuestra época. Sin embargo, os aseguramos: no existe palabra más fuerte que ella en el

diccionario cristiano. Se confunde con la propia fuerza de Cristo. Si no creemos en el amor, tampoco

creemos en AQUEL que dice: "Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo

os he amado" (Jn. 15,12).

La civilización del amor propone a todos la riqueza evangélica de la reconciliación nacional e

internacional. No existe gesto más sublime que el perdón. Quien no sabe perdonar no será perdonado.

(Cfr. Mt. 6,12).

En la balanza de las responsabilidades comunes, hay mucho que poner de renuncia y de solidaridad,

para el correcto equilibrio de las relaciones humanas. La meditación de esta verdad llevaría a nuestros

países a la revisión de su comportamiento frente a los expatriados con su secuela de problemas, de

acuerdo con el bien común, en caridad y sin detrimento de la justicia. Existen en nuestros continentes

innumerables familias traumatizadas.

La civilización del amor condena las divisiones absolutas y murallas psicológicas que separan

violentamente a los hombres, a las instituciones y a las comunidades nacionales.

Por eso, defiende con ardor la tesis de la integración de América Latina. En la unidad y en la variedad,

hay elementos de valor continental que merecen apreciarse y profundizarse mucho más que los intereses

meramente nacionales. Conviene recordar a nuestros países de América Latina la urgente necesidad de

conservar e incrementar el patrimonio de la paz continental, porque sería, de hecho, tremenda

responsabilidad histórica el rompimiento de los vínculos de la amistad latinoamericana, cuando estamos

convencidos de que existen recursos jurídicos y morales para la solución de los problemas de interés

común.

La civilización del amor repele la sujeción y la dependencia perjudicial a la dignidad de América Latina.

No aceptamos la condición de satélite de ningún país del mundo, ni tampoco de sus ideologías propias.

Queremos vivir fraternalmente con todos, porque repudiamos los nacionalismos estrechos e irreductibles.

Ya es tiempo de que América Latina advierta a los países desarrollados que no nos inmovilicen; que no

obstaculicen nuestro propio progreso; no nos exploten; al contrario, nos ayuden con magnanimidad, a

vencer las barreras de nuestro subdesarrollo, respetando nuestra cultura, nuestros principio, nuestra

soberanía, nuestra identidad, nuestros recursos naturales. En este espíritu, creceremos juntos, como

hermanos, miembros de la misma familia universal.

Otro punto que nos hace estremecer las entrañas y el corazón es la carrera armamentista que no cesa

de fabricar instrumentos de muerte. Ella entraña la dolorosa ambigüedad de confundir el derecho a la

defensa nacional con las ambiciones de ganancias ilícitas. No es apta para construir la paz.

Al terminar nuestro Mensaje, invitamos respetuosa y confiadamente a todos los responsables del

orden político y social a la meditación de estas reflexiones extraídas de nuestras experiencias, hijas de

nuestra sensibilidad pastoral.

Creednos: deseamos la Paz y para alcanzarla, es necesario eliminar los elementos que provocan las

tensiones entre el tener y el poder; entre el ser y sus más justas aspiraciones.

Trabajar por la justicia, por la verdad, por el amor y por la libertad, dentro de los parámetros de la

comunión y de la participación, es trabajar por la paz universal.

Palabra Final.

9

En Medellín, terminamos nuestro Mensaje con la siguiente afirmación: "Tenemos fe en Dios, en los

hombres, en los valores y en el futuro de América Latina". En Puebla, tomando de nuevo esta profesión de

fe divina y humana, proclamamos:

Dios está presente, vivo, por Jesucristo liberador, en el corazón de América Latina.

Creemos en el poder del Evangelio.

Creemos en la eficacia del valor evangélico de la comunión y de la participación, para generar la

creatividad, promover experiencias y nuevos proyectos pastorales.

Creemos en la gracia y en el poder del Señor Jesús que penetra la vida y nos impulsa a la conversión y

a la solidaridad.

Creemos en la esperanza que alimenta y fortalece al hombre en su camino hacia Dios, nuestro Padre.

Creemos en la civilización del amor.

Que nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América Latina, nos acompañe, solícita como siempre,

en esta peregrinación de Paz.

Primera Parte.

Visión pastoral de la realidad contemporánea.

El propósito de esta visión histórica es:

1

SITUAR nuestra Evangelización en continuidad con la realizada durante los cinco siglos pasados,

cuyos pilares aún perduran, tras haber dado origen a un radical sustrato católico en América Latina.

Sustrato que se ha vigorizado aún más, después del Concilio Vaticano II y de la II Conferencia General del

Episcopado, celebrada en Medellín, con la conciencia, cada vez más clara y más profunda, que la Iglesia

tiene de su misión fundamental: la Evangelización.

2

EXAMINAR, con visión de Pastores, algunos aspectos del actual contexto socio-cultural en la que la

Iglesia realiza su misión y, asimismo, la realidad pastoral que hoy se presenta a la Evangelización con sus

proyecciones hacia el futuro.

COMPRENDE:

1. Visión histórica. Los grandes momentos de la Evangelización en América Latina.

2. Visión pastoral del contexto socio-cultural.

3. Realidad pastoral hoy en América Latina.

4. Tendencias actuales y evangelización en el futuro.

Capítulo I. Visión histórica de la realidad Latinoamericana. Los grandes

momentos de la Evangelización en América Latina.

3

La Iglesia ha recibido la misión de llevar a los hombres la Buena Nueva. Para el cumplimiento eficaz

de esta misión, la Iglesia en América Latina siente la necesidad de conocer al pueblo latinoamericano en su

contexto histórico, con sus variadas circunstancias. Este pueblo debe seguir siendo evangelizado como

heredero de un pasado, como protagonista del presente, como gestor de un futuro, como peregrino al

Reino definitivo.

4

La Evangelización es la misión propia de la Iglesia. La historia de la Iglesia es, fundamentalmente, la

historia de la Evangelización de un pueblo que vive en constante gestación, nace y se inserta en la

existencia secular de las naciones. La Iglesia, al encarnarse, contribuye vitalmente al nacimiento de las

nacionalidades y les imprime profundamente un carácter peculiar. La Evangelización está en los orígenes

de este Nuevo Mundo que es América Latina. La Iglesia se hace presente en dichas raíces y en la

actualidad del continente. Quiere servir dentro del marco de la realización de su misión propia, al mejor

porvenir de los pueblos latinoamericanos, a su liberación y crecimiento en todas las dimensiones de la

vida. Ya Medellín recordaba las palabras de Pablo VI sobre la vocación de América Latina a "aunar en una

síntesis nueva y genial lo antiguo y lo moderno, lo espiritual y lo temporal, lo que otros nos entregaron y

nuestra propia originalidad" (Med. Introd. 1).

5

América Latina forjó en la influencia, a veces dolorosa, de las más diversas culturas y razas, un nuevo

mestizaje de etnias y formas de existencia y pensamiento que permitió la gestación de una nueva raza,

superadas las duras separaciones anteriores.

6

La generación de pueblos y culturas es siempre dramática; envuelta en luces y sombras. La

evangelización, como tarea humana, está sometida a las vicisitudes históricas, pero siempre busca

transfigurarlas con el fuego del Espíritu en el camino de Cristo, centro y sentido de la historia universal, de

todos y cada uno de los hombres. Acicateada por las contradicciones y desgarramientos de aquellos

tiempos fundadores y en medio de un gigantesco proceso de dominaciones y cultura, aún no concluido, la

Evangelización constituyente de América Latina es uno de los capítulos relevantes de la historia de la

Iglesia.

Frente a las dificultades tan enormes como inéditas, respondió con una capacidad creadora cuyo

aliento sostiene viva la religiosidad popular de la mayoría del pueblo.

7

Nuestro radical substrato católico con sus vitales formas vigentes de religiosidad, fue establecido y

dinamizado por una vasta legión misionera de Obispos, religiosos y laicos. Está ante todo, la labor de

nuestros santos, como Toribio de Mogrovejo, Rosa de Lima, Martín de Porres, Pedro Claver, Luis Beltrán

y otros...quienes nos enseñan que, superando las debilidades y cobardías de los hombres que los rodeaban

y a veces los perseguían, el Evangelio, en su plenitud de gracia y amor, se vivió y se puede vivir en

América Latina como signo de grandeza espiritual y de verdad divina.

8

Intrépidos luchadores por la justicia, evangelizadores de la paz, como Antonio de Montesinos,

Bartolomé de las Casas, Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de

Anchieta, Manuel Nóbrega, y otros tantos que defendieron a los indios ante conquistadores y

encomenderos(*), incluso hasta la muerte, como el Obispo Antonio Valdivieso, demuestran, con la

evidencia de los hechos, cómo la Iglesia promueve la dignidad y libertad del hombre latinoamericano. Esta

realidad ha sido reconocida con gratitud por el Papa Juan Pablo II, al pisar por primera vez las tierras del

Nuevo Mundo cuando se refirió a "Aquellos religiosos que vinieron a anunciar a Cristo Salvador, a

defender la dignidad de los indígenas, a proclamar su promoción integral, a enseñar la hermandad como

hombres y como hijos del mismo Señor y Padre Dios" (Juan Pablo II, discurso, 25/1/1979).

(*) El problema de los esclavos africanos no mereció, lamentablemente, suficiente atención

evangelizadora y liberadora de la Iglesia.

9

La obra evangelizadora de la Iglesia en América Latina es el resultado del unánime esfuerzo misionero

de todo el Pueblo de Dios. Ahí están las incontables iniciativas de caridad, asistencia, educación, y de

modo ejemplar las originales síntesis de Evangelización y promoción humana en las misiones franciscanas,

agustinas, dominicas, jesuitas, mercedarias y otras: el sacrificio y la generosidad evangélicas de muchos

cristianos, entre los que la mujer, con su abnegación y oración, tuvo un papel esencial; la inventiva en la

pedagogía de la fe, la vasta gama de recursos que conjugaban todas las artes desde la música, el canto y la

danza hasta la arquitectura, la pintura y el teatro. Tal capacidad pastoral está ligada a un momento de

grande reflexión teológica y a una dinámica intelectual que impulsa universidades, escuelas, diccionarios,

gramáticas, catecismos en diversas lenguas indígenas y los más interesantes relatos históricos sobre los

orígenes de nuestros pueblos; la extraordinaria proliferación de cofradías y hermandades de laicos que

llegan a ser alma y nervio de la vida religiosa de los creyentes y son remota pero fecunda fuente de los

actuales movimientos comunitarios en la Iglesia latinoamericana.

10

Si es cierto que la Iglesia en su labor evangelizadora tuvo que soportar el peso de desfallecimientos,

alianzas con los poderes terrenos, incompleta visión pastoral y la fuerza destructora del pecado, también

se debe reconocer que la Evangelización, que constituye a América Latina en el "continente de la

esperanza", ha sido mucho más poderoso que las sombras que dentro del contexto histórico vivido

lamentablemente le acompañaron. Esto será para nosotros, los cristianos de hoy, un desafío a fin de que

sepamos estar a la altura de lo mejor de nuestra historia y seamos capaces de responder, con fidelidad

creadora, a los retos de nuestro tiempo latinoamericano.

11

A aquella época de la Evangelización, tan decisiva en la formación de América Latina, tras un ciclo de

estabilización, cansancio y rutina, siguieron las grandes crisis del siglo XIX y principios del nuestro, que

provocaron persecuciones y amarguras a la Iglesia, sometida a grandes incertidumbres y conflictos que la

sacudieron hasta sus cimientos. Venciendo esta dura prueba, la Iglesia logró, con poderoso esfuerzo,

reconstruirse y sobrevivir. Hoy, principalmente a partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia se ha ido

renovando con dinamismo evangelizador, captando las necesidades y esperanzas de los pueblos

latinoamericanos. La fuerza que convocó a sus Obispos en Lima, México, Sao Salvador de Bahía y Roma,

se manifiesta activa en las Conferencias del Episcopado Latinoamericano en Río de Janeiro y Medellín que

activaron sus energías y la prepararon para los resultados futuros.

12

Sobre todo a partir de Medellín, con clara conciencia de su misión, abierta lealmente al diálogo, la

Iglesia escruta los signos de los tiempos y está generosamente dispuesta a evangelizar, para contribuir a la

construcción de una nueva sociedad, más justa y fraterna, clamorosa exigencia de nuestros pueblos. De

tal modo, tradición y progreso, que antes parecían antagónicos en América Latina, restándose fuerzas

mutuamente, hoy se conjugan buscando una nueva síntesis que aúna las posibilidades del porvenir con las

energías provenientes de nuestras raíces comunes. Así, en este vasto movimiento renovador que inaugura

una nueva época, en medio de los recientes desafíos, los pastores aceptamos la secular tradición episcopal

del continente y nos preparamos para llevar, con esperanza y fortaleza, el mensaje de salvación del

Evangelio a todos los hombres, preferencialmente a los más pobres y olvidados.

13

A través de una rica experiencia histórica, llena de luces y de sombras, la gran misión de la Iglesia ha

sido su compromiso en la fe, con el hombre latinoamericano: para su salvación eterna, superación

espiritual y plena realización humana.

14

Movidos por la inspiración de esa gran misión de ayer, queremos aproximarnos, con ojos y corazón

de pastores y de cristianos, a la realidad del hombre latinoamericano de hoy, para interpretarlo y

comprenderlo, a fin de analizar nuestra misión pastoral, partiendo de esa realidad.

 

Capítulo II. Visión socio-cultural de la realidad de América Latina.

2.1. Introducción.

15

Como pastores peregrinamos con el pueblo latinoamericano a través de nuestra historia, con muchos

elementos básicos comunes pero también con matices y diferenciaciones propias de cada nación. A partir

del Evangelio que nos presenta a Jesucristo haciendo el bien y amando a todos sin distinción (Cfr.

He.10,38); con visión de fe, nos ubicamos en la realidad del hombre latinoamericano, expresada en sus

esperanzas, sus logros y sus frustraciones. Esta fe nos impulsa a discernir las interpelaciones de Dios en

los signos de los tiempos, a dar testimonio, a anunciar y a promover los valores evangélicos de la

comunión y de la participación, a denunciar todo lo que en nuestra sociedad va contra la filiación que tiene

su origen en Dios Padre y de la fraternidad en Cristo Jesús.

16

Como pastores discernimos los logros y fracasos en estos últimos años. Presentamos esta realidad no

con el propósito de causar desaliento, sino para estimular a todos los que puedan mejorarla. La Iglesia en

América Latina ha tratado de ayudar al hombre a "pasar de situaciones menos humanas a más humanas"

(PP 20). Se ha esforzado por llamar a una continua conversión individual y social. Pide a todos los

cristianos que colaboren en el cambio de las estructuras injustas; comuniquen valores cristianos a la

cultura global en que viven y, conscientes de los adelantos obtenidos, cobren ánimo para seguir

contribuyendo a perfeccionarlos.

Enunciamos, con alegría, algunas realidades que nos llenan de esperanza:

17

- El hombre latinoamericano posee una tendencia innata para acoger a las personas; para compartir lo

que tiene, para la caridad fraterna y el desprendimiento, particularmente entre los pobres; para sentir con el

otro la desgracia en las necesidades. Valora mucho los vínculos especiales de la amistad, nacidos del

padrinazgo, la familia y los lazos que crea.

18

- Ha tomado mayor conciencia de su dignidad, de su deseo de participación política y social, a pesar

de que tales derechos en muchas partes están conculcados. Han proliferado las organizaciones

comunitarias como movimientos cooeperativistas, etc., sobre todo, en sectores populares.

19

- Hay un creciente interés por los valores autóctonos y por respetar la originalidad de las culturas

indígenas y sus comunidades. Además, se tiene un gran amor a la tierra.

20

- Nuestro pueblo es joven y donde ha tenido oportunidades para capacitarse y organizarse ha

mostrado que puede superarse y obtener sus justas reivindicaciones.

21

- El avance económico significativo que ha experimentado el continente demuestra que sería posible

desarraigar la extrema pobreza y mejorar la calidad de vida de nuestro pueblo; si esto es posible, es,

entonces, una obligación (Cfr. PP).

22

- Aunque en algunas partes la clase media, ha sufrido deterioro se observa cierto crecimiento de la

misma.

23

- Son claros los progresos en la educación.

24

- Pero en los múltiples encuentros pastorales con nuestro pueblo, percibimos también, como lo hizo

S.S. Juan Pablo II en su acercamiento a campesinos, obreros, estudiantes, el profundo clamor lleno de

angustias, esperanzas y aspiraciones, del que nos queremos hacer voz: "La voz de quien no puede hablar o

de quien es silenciado" (Alocución Oaxaca, 5.AAS LXXI, pp.208).

25

- Así nos situamos en el dinamismo de Medellín (Cfr. Med.

Pobreza de la Iglesia,2), cuya visión de la realidad asumimos y que fue inspiración para tantos

documentos pastorales nuestros en esta década.

26

- Lo presentado por Pablo VI en "Evangelii Nuntiandi" refleja lúcidamente la realidad de nuestros

países: "Es bien sabido en qué términos hablaron durante el reciente Sínodo numerosos Obispos de todos

los continentes y, sobre todo, los Obispos del Tercer Mundo, con un acento pastoral en el que vibraban

las voces de millones de hijos de la Iglesia que forman tales pueblos. Pueblos, ya lo sabemos, empeñados

con todas sus energías en el esfuerzo y en la lucha por superar todo aquello que los condena a quedar al

margen de la vida: hambres, enfermedades crónicas, analfabetismo, depauperación, injusticia en las

relaciones internacionales y especialmente en los intercambios comerciales, situaciones de neocolonialismo

económico y cultural, y a veces tan cruel como el político, etc. La Iglesia, repitieron los Obispos, tiene el

derecho de anunciar la liberación de millones de seres humanos, entre los cuales hay muchos hijos suyos;

el deber a ayudar a que nazca este liberación, de dar testimonio de la misma, de hacer que sea total. Todo

esto no es extraño a la evangelización (EN 30).

2.2. Compartir las angustias.

27

Nos preocupan las angustias de todos los miembros del pueblo cualquiera sea la condición social: su

soledad, sus problemas familiares, en no pocos, la carencia del sentido de la vida...Más especialmente

queremos compartir hoy las que brotan de su pobreza.

28

Vemos a la luz de la fe, como un escándalo y una contradicción con el ser cristiano, la creciente

brecha entre ricos y pobres (Cfr. Juan Pablo II, Disc. inaugural III,2 AAS LXXI, p. 199). El lujo de unos

pocos se convierte en insulto contra la miseria de las grandes masas (PP 3).

Esto es contrario al plan del Creador y al honor que se le debe. En esta angustia y dolor, la Iglesia

discierne una situación de pecado social, de gravedad tanto mayor por darse en países que se llaman

católicos y que tienen la capacidad de cambiar: "que se le quiten barreras de explotación...contra las que se

estrellan sus mejores esfuerzos de promoción" (Juan Pablo II, Oaxaca, 5.AAA, LXXI, p. 209).

29

Comprobamos, pues, como el más devastador y humillante flagelo, la situación de inhumana pobreza

en que viven millones de latinoamericanos expresada por ejemplo, en mortalidad infantil, falta de vivienda

adecuada, problemas de salud, salarios de hambre, el desempleo y subempleo, desnutrición, inestabilidad

laboral, migraciones masivas, forzadas y desamparadas, etc.

30

Al analizar más a fondo tal situación, descubrimos que esta pobreza no es una etapa casual: sino el

producto de situaciones y estructuras económicas, sociales y políticas, aunque haya también otras causas

de la miseria. Estado interno en nuestros países que encuentra en muchos casos su origen y apoyo en

"mecanismos que, por encontrarse impregnados no de un auténtico humanismo, sino de materialismo

producen a nivel internacional, ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres" (Juan

Pablo II, Discurso inaugural III, 3.AAS LXXI, p. 201). Esta realidad exige, pues, conversión personal y

cambios profundos de las estructuras, que responden a las legítimas aspiraciones del pueblo hacia la

verdadera justicia social; cambios que, o no se han dado o han sido demasiado lentos en la experiencia de

América Latina.

31

La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere en la vida real rostros muy concretos en los

que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela:

32

- rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer, por obstaculizar sus posibilidades

de realizarse a causa de deficiencias mentales y corporales irreparables, los niños vagos y muchas veces

explotados, de nuestras ciudades, fruto de la pobreza y desorganización moral familiar;

33

- rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados, sobre todo

en zonas rurales y urbanas marginales, por falta de oportunidades de capacitación y ocupación;

34

- rostros de indígenas y con frecuencia de afroamericanos, que viviendo marginados y en situaciones

inhumanas, pueden ser considerados los más pobres entre los pobres.

35

- rostros de campesinos, que como grupo social viven relegados en casi todo nuestro continente, a

veces, privados de tierra, en situación de dependencia interna y externa, sometidos a sistemas de

comercialización que los explotan;

36

- rostros de obreros, frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender

sus derechos;

37

- rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas

y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos

económicos;

38

- rostros de marginados y hacinados urbanos, con el doble impacto de la carencia de bienes

materiales, frente a la ostentación de la riqueza de otros sectores sociales;

39

- rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados de la sociedad del

progreso que prescinde de las personas que no producen.

40

Compartimos con nuestro pueblo otras angustias que brotan de la falta de respeto a su dignidad como

ser humano, como imagen y semejanza del Creador y a sus derechos inalienables como hijos de Dios.

41

Países como los nuestros en donde con frecuencia no se respetan derechos humanos fundamentales -

vida, salud, educación, vivienda, trabajo...- están en situación de permanente violación de la dignidad de la

persona.

42

A esto se suman las angustias que han surgido por los abusos de poder, típicos de los regímenes de

fuerza.

Angustiados por la represión sistemática o selectiva, acompañada de delación, violación de la

privacidad, apremios desproporcionados, torturas, exilios. Angustias de tantas familias por la desaparición

de sus seres queridos, de quienes no pueden tener noticia alguna. Inseguridad total por detenciones sin

órdenes judiciales.

43

Angustias ante un ejercicio de la justicia sometida o atada. Tal como lo indican los Sumos Pontífices,

la Iglesia, "por un auténtico compromiso evangélico" (Cfr.Juan Pablo II, Discurso Inaugural III, 3. AAS

LXXI, p. 199) debe hacer oír su voz denunciando y condenando estas situaciones, más aún cuando los

gobiernos o responsables se profesan cristianos. Angustias por la violencia de la guerrilla, del terrorismo y

de los secuestros realizados por extremismos de distintos signos que igualmente comprometen la

convivencia social.

44

La falta de respeto a la dignidad del hombre se expresa también en muchos de nuestros países en la

ausencia de participación social a diversos niveles. De manera especial nos queremos referir a la

sindicalización. En muchos lugares la legislación laboral se aplica arbitrariamente o no se tiene en cuenta.

Sobre todo en los países donde existen regímenes de fuerza, se ve con malos ojos la organización de

obreros, campesinos y sectores populares, y se adoptan medidas represivas para impedirla. Este tipo de

control y de limitación de la acción no acontece con las agrupaciones patronales que pueden ejercer todo

su poder para asegurar sus intereses.

45

En algunos casos, la politización exasperada de las cúpulas distorsionan la finalidad de su

organización.

46

En estos últimos años se comprueba, además, el deterioro del cuadro político con grave detrimento de

la participación ciudadana en la conducción de sus propios destinos. Aumenta también, con frecuencia, la

injusticia que puede llamarse institucionalizada (Cfr. Med.,Paz 16).Además, grupos políticos extremistas al

emplear medios violentos, provocan nuevas represiones contra los sectores populares,

47

La economía de mercado libre, en su expresión más rígida, aún vigente como sistema en nuestro

continente y legitimada por ideologías liberales, ha acrecentado la distancia entre ricos y pobres por

anteponer el capital al trabajo, lo económico a lo social. Grupos minoritarios nacionales, asociados a veces

con intereses foráneos, se han aprovechado de las oportunidades que le abren estas viejas formas de libre

mercado, para medrar en su provecho y a expensas de los intereses de los sectores mayoritarios.

48

Las ideologías marxistas se han difundido en el mundo obrero, estudiantil, docente y otros ambientes

con la promesa de una mayor justicia social. En la práctica, sus estrategias han sacrificado muchos

valores cristianos y por ende, humanos o han caído en irrealismos utópicos, inspirándose en políticas que,

al utilizar la fuerza como instrumento fundamental, incrementan la espiral de la violencia.

49

Las ideologías de la seguridad nacional, han contribuido a fortalecer, en muchas ocasiones, el carácter

totalitario o autoritario de los regímenes de fuerza de donde se ha derivado el abuso de poder y la violación

de los derechos humanos. En algunos casos pretenden amparar sus actitudes con una subjetiva profesión

de fe cristiana.

50

Los tiempos de crisis económica que están pasando nuestros países, no obstante la tendencia a la

modernización, con fuerte crecimiento económico, con menor o mayor dureza, aumentan el sufrimiento

de nuestros pueblos, cuando una fría tecnocracia aplic a modelos de desarrollo que exigen de los sectores

más pobres un costo social realmente inhumano, tanto más injusto cuanto que no se hace compartir por

todos.

2.3. Aspectos culturales.

51

América Latina está conformada por diversas razas y grupos culturales con variados procesos

históricos; no es una realidad uniforme y continua. Sin embargo, se dan elementos que constituyen como

un patrimonio cultural común de tradiciones históricas y de fe cristiana.

52

Lamentablemente, el desarrollo de ciertas culturas es muy precario. En la práctica, se desconoce, se

margina e incluso se destruye valores que pertenecen a la antigua y rica tradición de nuestro pueblo. Por

otro lado, ha comenzado una revaloración de las culturas autóctonas.

53

A causa de influencias externas dominantes o de la imitación alienante de formas de vida y valores

importados, las culturas tradicionales de nuestros países se han visto deformadas y agredidas minándose

así, nuestra identidad y nuestros valores propios.

54

Compartimos, por lo tanto, con nuestro pueblo las angustias que surgen de la inversión de valores,

que está a la raíz de muchos males mencionados hasta ahora:

55

- El materialismo individualista, valor supremo de muchos hombres contemporáneos, que atenta

contra la comunión y la participación, impidiendo la solidaridad; y el materialismo colectivista que

subordina la persona al Estado;

56

- el consumismo, con su ambición descontrolada de "tener más", va ahogando al hombre moderno en

un imanentismo que lo cierra a las virtudes evangélicas del desprendimiento y de la austeridad,

paralizándolo para la comunicación solidaria y la participación fraterna;

57

- El deterioro de los valores familiares básicos desintegra la comunión familiar eliminando la

participación corresponsable de todos sus miembros y convirtiéndolos en fácil presa del divorcio y del

abandono familiar. En algunos grupos culturales, la mujer se encuentra en inferioridad de condiciones;

58

- el deterioro de la honradez pública y privada; las frustraciones, el hedonismo que impulsa a los vicios

como el juego, la droga, el alcoholismo, el desenfreno sexual.

59

Educación y Comunicación Social como transmisores de cultura.

60

La educación ha tenido grandes avances en estos últimos años; ha aumentado la escolaridad, aunque

la deserción es todavía grande; el analfabetismo ha disminuido, aunque no en grado suficiente en las

regiones de población autóctona y campesina.

61

No obstante estos avances existen fenómenos de deformación y despersonalización, debido a la

manipulación de grupos minoritarios de poder que tratan de asegurar sus intereses e inculcar sus

ideologías.

62

Los rasgos culturales que hemos presentado se ven influidos fuertemente por los medios de

comunicación social. Los grupos de poder político, ideológico y económico penetran a través de ellos

sutilmente al ambiente y el modo de vida de nuestro pueblo. Hay una manipulación de la información por

parte de los distintos poderes y grupos. Esto se realiza de manera particular por la publicidad que

introduce falsas expectativas, crea necesidades ficticias y muchas veces contradicen los valores

fundamentales de nuestra cultura latinoamericana y del Evangelio. El uso indebido de la libertad en estos

medios lleva a invadir el campo de la privacidad de las personas generalmente indefensas. Penetra también

todos los ámbitos de la vida humana (hogar, centros de trabajo, lugares de esparcimiento, calle

permanentemente). Los medios de comunicación, por otra parte, llevan a un cambio cultural que genera

un nuevo lenguaje(Cfr. EN 42).

2.4. Raices profundas de estos hechos.

63

Queremos indicar algunas de sus raíces más profundas para ofrecer nuestro aporte y cooperar en los

cambios necesarios, desde una perspectiva pastoral que perciba más directamente las exigencias del

pueblo.

64

a) La vigencia de sistemas económicos que no consideran al hombre como centro de la sociedad y no

realizan los cambios profundos y necesarios para una sociedad justa.

65

b) La falta de integración entre nuestras naciones tiene entre otras graves consecuencias la de que nos

presentemos como pequeñas entidades sin peso de negociación en el concierto mundial (Cfr. Mensaje a

los Pueblos de América Latina 8).

66

c) El hecho de la dependencia económica, tecnológica, política y cultural: la presencia de

conglomerados multinacionales que muchas veces velan sólo por sus propios intereses a costa del bien del

país que los acoge; la pérdida de nuestras materias primas comparado con el precio de los productos

elaborados que adquirimos.

67

d) La carrera armamentista, gran crimen de nuestra época, es producto y causa de las tensiones entre

países hermanos. Ella hace que se destinen ingentes recursos a compra de armas, en vez de emplearlos en

solucionar problemas vitales (Cfr. Mensaje a los pueblos de América Latina 8).

68

e) La falta de reformas estructurales en la agricultura, adecuadas a cada realidad, que ataquen con

decisión los graves problemas sociales y económicos del campesinado: el acceso a la tierra y a los medios

que hagan posible un mejoramiento de la productividad y comercialización.

69

f) La crisis de valores morales: la corrupción pública y privada, el afán de lucro desmedido, la

venalidad, la falta de esfuerzo, la carencia de sentido social, de justicia vivida y de solidaridad, la fuga de

capitales y "de cerebros"...debilitan e incluso impiden la comunión con Dios y la fraternidad.

70

g) Finalmente, como Pastores, sin entrar a determinar el carácter técnico de esas raíces, veamos que

en lo más profundo de ellas existe un misterio de pecado, cuando la persona humana, llamada a dominar el

mundo, impregna los mecanismos de la sociedad de valores materialistas. (Cfr. Juan Pablo II, Homilía

Santo Domingo 3.AAS LXXI, p. 157).

2.5. Ubicación dentro de un continente con graves problemas demográficos.

71

Observamos que en casi todos nuestros países se ha experimentado un acelerado crecimiento

demográfico.

Tenemos una población mayoritariamente joven. Las migraciones internas y externas llevan un

sentido de desarraigo, las ciudades crecen desorganizadamente con el peligro de transformarse en

megápolis incontrolables en las que cada día es más difícil ofrecer los servicios básicos de vivienda,

hospitales, escuelas, etc., agrandándose así la marginación social, cultural y económica. El aumento de

quienes buscan trabajo ha sido más rápido que la capacidad del sistema económico actual para dar empleo.

Hay instituciones internacionales que propician y gobiernos que aplican o apoyan políticas antinatalistas

contrarias a la moral familiar.

Capítulo III. Visión de la Realidad Eclesial hoy en América Latina.

3.1. Introducción.

72

La visión de la realidad en su contexto social que acabamos de presentar, nos muestra que el pueblo

latinoamericano va caminando entre angustias y esperanzas, entre frustraciones y expectativas (Cfr.GS 1).

73

Las angustias y frustraciones han sido causadas, si las miramos a la luz de la fe, por el pecado, que

tiene dimensiones personales y sociales muy amplias. Las esperanzas y expectativas de nuestro pueblo

nacen de su profundo sentido religioso y de su riqueza humana.

74

¿Cómo ha mirado la Iglesia esta realidad? ¿Cómo la ha interpretado? ¿Ha ido descubriendo la manera

de enfocar y esclarecerla a la luz del Evangelio? ¿Ha llegado a discernir en qué aspectos esa realidad

amenaza con destruir al ahombre, objeto del amor infinito de Dios y en otros aspectos, en cambio, se ha

ido realizando de acuerdo con sus amorosos planes? ¿Cómo se ha ido edificando a sí misma la Iglesia,

para cumplir con la misión salvadora que Cristo le ha encomendado y que debe proyectarse en situaciones

concretas y hacia hombres concretos? ¿Qué ha hecho frente a la cambiante realidad, en estos últimos diez

años?

75

Estos son los grandes interrogantes que como Pastores nos planteamos y a los que a continuación,

trataremos de responder, teniendo presente que la misión fundamental de la Iglesia es evangelizar en el hoy

y el aquí, de cara al futuro.

3.2. Ante los cambios.

76

Hasta cuando nuestro continente no había sido alcanzado ni envuelto por la vertiginosa corriente de

cambios culturales, sociales, económicos, políticos, técnicos de la época moderna, el peso de la tradición

ayudaba a la comunicación del Evangelio: lo que la Iglesia enseñaba desde el púlpito era recibido

celosamente en el hogar, en la escuela y era sostenido por el ambiente social.

77

Hoy ya no es así. Lo que la Iglesia propone es aceptado o no en un clima de más libertad y con

marcado sentido crítico. Los mismos campesinos, antes muy aislados, van adquiriendo ahora ese sentido

crítico, por las facilidades de contacto con el mundo actual que les ofrecen principalmente la radio y los

medios de transporte; también por la labor concientizadora de los agentes de pastoral.

78

El crecimiento demográfico ha desbordado las posibilidades actuales de la Iglesia para llevar a todos la

Buena Nueva. También por falta de sacerdotes, por escasez de vocaciones sacerdotales y religiosas, por

las deserciones producidas, por no haber contado con laicos comprometidos más directamente en

funciones eclesiales, por la crisis de movimientos apostólicos tradicionales.

Los ministros de la Palabra, las parroquias y otras estructuras eclesiásticas resultan insuficientes para

satisfacer el hambre de Evangelio del pueblo latinoamericano. Los vacíos han sido llenados por otros, lo

que ha llevado en no pocos casos al indiferentismo y a la ignorancia religiosa. No se ha logrado aún una

catequesis que alcance toda la vida.

79

El indiferentismo más que el ateísmo ha pasado a ser un problema enraizado en grandes sectores de

grupos intelectuales y profesionales, de la juventud y aun de la clase obrera. La misma acción positiva de

la Iglesia en defensa de los derechos humanos y su comportamiento con los pobres ha llevado a que

grupos económicamente pudientes que se creían adalides del catolicismo, se sientan como abandonados

por la Iglesia que según ellos, habría dejado su misión "espiritual". Hay muchos otros que se dic en ser

católicos "a su manera" y no acatan los postulados básicos de la Iglesia. Muchos valoran más la propia

"ideología" que su fe y pertenencia a la Iglesia.

80

Muchas sectas han sido, clara y pertinazmente, no sólo anticatólicas, sino también injustas al juzgar a

la Iglesia y han tratado de minar a sus miembros menos formados. Tenemos que confesar con humildad

que en gran parte, aun en sectores de Iglesia, una falsa interpretación del pluralismo religioso ha permitido

la propagación de doctrinas erróneas o discutibles en cuanto a fe y moral, suscitando confusión en el

Pueblo de Dios.

81

Todos estos problemas se ven agravados por la ignorancia religiosa a todos los niveles desde los

intelectuales hasta loa analfabetos. Con todo, comprobamos que ha habido un avance muy positivo a

través de la catequesis especialmente de adultos.

82

La ignorancia y el indiferentismo llevan a muchos a prescindir de los principio morales, sean

personales o sociales y a encerrarse en un ritualismo, en la mera práctica social de ciertos sacramentos o

en las exequias, como señal de su pertenencia a la Iglesia.

83

La secularización que reivindica una legítima autonomía al quehacer y puede contribuir a purificar las

imágenes de Dios y de la Religión, ha degenerado con frecuencia en la pérdida de valor de lo religioso o en

un secularismo que da las espaldas a Dios y le niega la presencia en la vida pública. La imagen de la Iglesia

como aliada de los poderes de este mundo ha cambiado en la mayoría de nuestros países. Su firme

defensa de los derechos humanos y su compromiso por una promoción social real la han acercado al

pueblo aunque por otra parte, ha sido objeto de incomprensión o alejamiento por parte de algunos grupos

sociales.

84

Urgida por el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura, por la inmensidad de la tarea

y por el proceso de transformación, la Iglesia de América Latina al mismo tiempo que ha sentido su

insuficiencia humana, ha experimentado que el Espíritu de Cristo la mueve e inspira y ha comprendido que

no puede, sin caer en el pecado de infidelidad a su misión, quedarse a la zaga e inmóvil ante las exigencias

de un mundo en cambio.

85

Desde la I Conferencia General del Episcopado realizada en Río de Janeiro en 1955 y que dio origen al

Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y, más vigorosamente todavía, después del Concilio

Vaticano II y de la Conferencia de Medellín, la Iglesia ha ido adquiriendo una conciencia cada vez más

clara y más profunda de que la Evangelización es su misión fundamental y de que no es posible su

cumplimiento sin un esfuerzo permanente de conocimiento de la realidad y de adaptación dinámica,

atractiva y convincente del Mensaje a los hombres de hoy.

86

En esta actitud de búsqueda, se puede decir que, en América Latina, la Iglesia ha desplegado una

actividad muy intensa y ha organizado, a todo nivel, reuniones de estudio, cursos, Institutos, encuentros,

jornadas, sobre los más variados temas, todos orientados de diversa manera a la profundización del

Mensaje y al conocimiento del hombre en sus situaciones concretas y en sus aspiraciones.

3.3. Ante el clamor por la Justicia.

87

Desde el seno de los diversos países del continente está subiendo hasta el cielo un clamor cada vez

más tumultuoso e impresionante. Es un grito de un pueblo que sufre y que demanda justicia, libertad,

respeto a los derechos fundamentales del hombre y de los pueblos.

88

La Conferencia de Medellín apuntaba ya, hace poco más de diez años, la comprobación de este hecho:

"Un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de

ninguna parte" (Pobreza de la Iglesia, 2).

89

El clamor puede hacer parecido sordo en ese entonces. Ahora es claro, creciente, impetuoso y, en

ocasiones, amenazante.

90

La situación de injusticia que hemos descrito en la parte anterior nos hace reflexionar sobre el gran

desafío que tiene nuestra pastoral para ayudar al hombre a pasar de situaciones menos humanas a más

humanas. Las profundas diferencias sociales, la extrema pobreza y la violación de derechos humanos que

se dan en muchas partes son retos a la evangelización. Nuestra misión de llevar a Dios a los hombres y los

hombres a Dios implica también construir entre ellos una sociedad más fraterna. Esta situación social no

ha dejado de acarrear tensiones en el interior mismo de la Iglesia; tensiones producidas por grupos que, o

bien enfatizan "lo espiritual" de su misión, resistiéndose por los trabajos de promoción social, o bien

quieren convertir la misión de la Iglesia en un mero trabajo de promoción humana.

91

Fenómenos nuevos y preocupantes son también la participación por parte de sacerdotes en política

partidista ya no solamente en forma individual como algunos lo habían hecho (Cfr. Med. Sacerdotes 19),

sino como grupos de presión y la aplicación a la acción pastoral en ciertos casos por parte de algunos de

ellos de análisis sociales con fuerte connotación política.

92

La conciencia de la misión evangelizadora de la Iglesia la ha llevado a publicar en estos últimos diez

años, numerosos documentos pastorales sobre la justicia social; a crear organismos de solidaridad con los

que sufren, de denuncia de los atropellos y de defensa de los derechos humanos; a alentar la opción de

sacerdotes y religiosos por los pobres y marginados; a soportar en sus miembros la persecución y, a

veces, la muerte, en testimonio de su misión profética. Sin duda, falta mucho por hacer, para que la

Iglesia se muestre más unida y solidaria. El temor del marxismo impide a muchos enfrentar la realidad

opresiva del capitalismo liberal. Se puede decir que, ante el peligro de un sistema claramente marcado por

el pecado, se olvida denunciar y combatir la realidad implantada por otro sistema igualmente marcado por

el pecado (Cfr. Juan Pablo II, Homilía Zapopán, AAS LXXI, p.230). Es preciso estar atentos ante éste, sin

olvidar las formas históricas, ateas y violentas del Marxismo.

93

Ante sí misma urgida por un pueblo que pide el pan de la Palabra de Dios y demanda la justicia en

actitud de escuchar ese pueblo profundamente religioso y, por la misma razón, pueblo que pone en Dios

toda su confianza, la Iglesia, en estos últimos diez años, ha realizado grandes esfuerzos, para dar una

respuesta pastoral adecuada.

94

A pesar de lo indicado anteriormente (Cfr. Nos. 41-43), han ido surgiendo y madurando felices

iniciativas y experiencias. Si, por una parte, hay familias que se disgregan y destruyen, corroídas por el

egoísmo, el aislamiento y el ansia de bienestar, el divorcio legal o de hecho, es también cierto que hay

familias, verdaderas "Iglesias domésticas", en cuyo seno se vive la fe, se educa a los hijos en la fe y se dan

un buen ejemplo de amor, de mutuo entendimiento y de irradiación de ese amor al prójimo en la parroquia

y en la diócesis.

95

Por una parte, no podemos negarlo, se producen dolorosos conflictos generacionales entre padres e

hijos; hay jóvenes que buscan únicamente el placer o conquistar una posición lucrativa y de prestigio,

imbuidos de una filosofía de "arribismo" y de dominación. Pero, por otra, gracias a la educación que se

realiza en la familia, en los colegios que han renovado su sistema educativo, en los grupos juveniles, hay

también jóvenes que vibran por el descubrimiento de Cristo y que viven intensamente su fe en el

compromiso por el prójimo, particularmente con el pobre.

96

Las Comunidades Eclesiales de Base que en 1968 eran apenas una experiencia incipiente, han

madurado y se han multiplicado, sobre todo en algunos países, de modo que ahora constituyen motivo de

alegría y de esperanza para la Iglesia. En comunión con el Obispo y como lo pedía Medellín, se han

convertido en focos de evangelización y en motores de liberación y desarrollo.

97

La vitalidad de la Comunidades Eclesiales de Base empieza a dar sus frutos; es una de las fuentes de

los ministerios confiados a los laicos: animadores de comunidades, catequistas, misioneros.

98

En algunos lugares, no se ha dado la adecuada atención al trabajo en la formación de comunidades

eclesiales de base. Es lamentable que en algunos lugares intereses claramente políticos pretendan

manipularlos y apartarlas de la auténtica comunión con sus Obispos.

99

Florecen también otros grupos cristianos eclesiales de seglares, hombres y mujeres, que reflexionan a

la luz del Evangelio sobre la realidad que les rodea y buscan formas originales de expresar su fe en la

Palabra de Dios y de ponerla en práctica.

100

Con estos grupos, la Iglesia se muestra en pleno proceso de renovación de la vida parroquial y

diocesana, mediante una catequesis nueva, no sólo en su metodología y en el uso de medios modernos,

sino también en la presentación del contenido, orientado vigorosamente a introducir en la vida

motivaciones evangélicas en busca del crecimiento en Cristo.

101

La liturgia ha logrado notables purificaciones de costumbres simplemente ritualistas y, celebrada en

parroquias renovadas y en grupos reducidos, una participación personal y activa, tal como lo pide la

Constitución "Sacrosanctum Concilium" del Vaticano II.

Lamentablemente, algunos grupos han sido reacios a la renovación; otros han introducido abusos.

Para los Sacramentos, a pesar de resistencias encontradas al comienzo, la Iglesia ha obtenido ya el

establecimiento y la aceptación, tal vez con raras excepciones, de cursos catequéticos pre-sacramentales

y, en la celebración misma, la proclamación de la Palabra, con lo cual la vida cristiana va ganando en

iluminación y profundidad.

102

Las dolorosas tensiones doctrinarias, pastorales y sicológicas entre agentes pastorales de distintas

tendencias, si bien subsisten aún, van siendo superadas gradualmente, mediante la práctica del diálogo

abierto y constructivo. En muchos lugares los sacerdotes, para ayudarse y sostenerse mutuamente en su

vida espiritual y en su labor pastoral, se han organizado en equipos. A veces, colaboran pastoralmente en

estos equipos religiosos, religiosas y seglares.

103

La generosa ayuda recibida por nuestras iglesias y el CELAM de las Iglesias hermanas de Europa y

Norteamérica, en personal y medios económicos, ha contribuido significativamente al esfuerzo

evangelizador en todo el continente. Por ello expresamos nuestro profundo agradecimiento. Este hecho es

un signo de la caridad universal de la Iglesia. El esfuerzo de encausar este aporte dentro de los planes de

las iglesias locales, constituye un signo de respeto y comunión.

104

Para terminar esta somera descripción de la realidad eclesial, querremos hacer notar que, en la Iglesia

de América Latina, se está viviendo la comunión, no sin vacíos y deficiencias, a diversos niveles:

105

Se vive la comunión en núcleos menores, la comunión en las familias cristianas, en las comunidades

eclesiales de base y en las parroquias. Se realizan esfuerzos para una intercomunicación de parroquias.

106

Se vive la comunión intermedia, la de la Iglesia particular o diócesis, que sirve de enlace entre las

bases más pequeñas y lo universal. De igual manera, se vive la comunión entre diócesis a nivel nacional y

regional, expresada en las Conferencias Episcopales y, a nivel latinoamericano, en el CELAM.

107

Existe la comunión universal que nace de la vinculación con la Sede Apostólica y con el conjunto de

las Iglesias de otros continentes. La Iglesia de América Latina posee conciencia de su vocación específica,

del papel y aporte al conjunto de la Iglesia universal, en esta comunión eclesial que tiene su expresión

culminante en nuestra adhesión al Santo Padre, Vicario de Cristo y Pastor Supremo.

108

La actividad ecuménica, expresada en el diálogo y en los esfuerzos conjuntos por la promoción

humana, se inscribe en el camino hacia la unidad anhelada.

109

La revalorización de la religiosidad popular, a pesar de sus desviaciones y ambigüedades, expresa la

identidad religiosa de un pueblo y, al purificarse de eventuales deformaciones, ofrece un lugar privilegiado

a la evangelización. Las grandes devociones y celebraciones populares han sido un distintivo del

catolicismo latinoamericano, mantienen valores evangélicos y son un signo de pertenencia a la Iglesia.

3.4. Estructuras de Evangelización.

Las Parroquias.

110

Se anota que la organización pastoral de la parroquia, sea territorial o personal, depende ante todo de

quienes la integran, de la unión que existe entre ellos como comunidad humana.

111

La parroquia rural se encuentra identificada generalmente en sus estructuras y servicios con la

comunidad existente. Ella ha tratado de crear y coordinar comunidades eclesiales de base que

correspondan a los grupos humanos dispersos por el área parroquial. Las parroquias urbanas, en cambio,

desbordadas por el número de personas a las que deben atender, se han visto en la necesidad de poner

mayor énfasis en el servicio cultural litúrgico y sacramental.

Cada día se hace más necesaria la multiplicación de pequeñas comunidades territoriales o ambientales

para responder a una evangelización más personalizante.

La Escuela.

112

Es un lugar de evangelización y comunión. El número de escuelas y colegios católicos ha disminuido

en proporción con las exigencias de la comunidad pero, por otra parte, se es más consciente de la

necesidad de la presencia de cristianos comprometidos en las estructuras educativas estatales y privadas

no de la Iglesia. Los centros educativos católicos se abren, cada día más, a todos los sectores sociales.

3.5. Ministerios y Carismas.

Obispos.

113

La imagen y la situación del Obispo ha cambiado quizás en estos años. Se nota un mayor espíritu de

colegialidad entre ellos, y de mayor corresponsabilidad con el clero, los religiosos, las religiosas y los

laicos, especialmente a nivel de Iglesia particular, aunque es lamentable que no siempre se tenga en cuenta

la necesaria coordinación regional o nacional.

114

Hoy de manera especial, se pide al Obispo un testimonio evangélico personal, más acercamiento a los

sacerdotes y al pueblo. Sin duda, actualmente hay más sencillez y pobreza en su forma de vida.

115

La multiplicación de Diócesis ha favorecido el contacto entre el Obispo y la comunidad diocesana.

Presbíteros.

116

La escasez de sacerdotes es alarmante aunque en algunos países se da un resurgimiento de

vocaciones. Los sacerdotes viven sobrecargados de trabajo pastoral, especialmente donde no ha habido

suficiente apertura a los ministerios que se confían a los laicos y a la cooperación en su misión. Es

alentador el espíritu de sacrificio de muchos sacerdotes que asumen con valentía la soledad y el

aislamiento sobre todo en el mundo actual.

117

Aún persisten, sin embargo, métodos pastorales inadaptados a las actuales situaciones y a la pastoral

orgánica.

118

En la formación sacerdotal, aunque hay insuficiencia numérica de formadores, no han faltado

experiencias valiosas; en algunos casos ha habido exageraciones que se van superando.

Diáconos Permanentes.

119

El diácono permanente es algo nuevo en nuestras Iglesias. Son bien aceptados en sus comunidades

pero el número de ellos es aún muy pequeño. Aunque las Comunidades Eclesiales de Base son el ambiente

adecuado para el surgimiento de diáconos, en la mayoría algunas tareas pastorales se confían más bien a

laicos (delegados de la Palabra, catequistas, etc.).

Vida Consagrada.

120

La Vida Consagrada es una fuerza para la Evangelización de América Latina. Ha vivido un período de

búsqueda por definir su identidad y su propio carisma, reinterpretándolo en el contexto de las nuevas

necesidades y de la inserción en el conjunto de la pastoral diocesana.

121

Los religiosos, en general, se han renovado; se han acrecentado las relaciones personales a nivel de

comunidades y también entre las distintas familias religiosas. La presencia de los religiosos en las zonas

pobres y difíciles se ha intensificado. Tienen a su cargo la mayoría de las misiones entre indígenas.

122

En algunas ocasiones ha habido ciertos conflictos por el modo de integrarse a la pastoral de conjunto

o por la insuficiente inserción en ella; por falta de apoyo comunitario, por falta de preparación para su

trabajo en el campo social o por falta de madurez para vivir estas experiencias.

123

Las comunidades contemplativas, baluarte espiritual para la vida diocesana, ha pasado también un

período de crisis; ahora en varios países ven un florecimiento de vocaciones.

124

Los institutos seculares han florecido igualmente en nuestro continente.

Laicos.

125

Su sentido de pertenencia a la Iglesia se ha acrecentado en todas partes, no sólo por el compromiso

eclesial más permanente sino por su participación más activa en as asambleas litúrgicas y en las tareas

apostólicas. En muchos países las Comunidades Eclesiales de Base son prueba de esta incorporación y

deseo de participación.

El compromiso del laicado en lo temporal, tan necesario apara el cambio de estructuras ha sido

insuficiente. En general, se podría decir que hay una mayor valorización de la necesaria participación del

laicado en la Iglesia.

126

La mujer merece una mención especial: tanto la religiosa como la de institutos seculares y las laicas

tienen actualmente una participación cada vez mayor en las tareas pastorales, aunque en muchas partes

aún se ve con recelo tal participación.

 

Capítulo IV. Tendencias Actuales y Evangelización en el Futuro.

4.1. En la Sociedad.

Mirando el mundo actual con ojos de pastores, comprobamos algunas tendencias que no podemos

dejar de tener en cuenta:

127

América Latina seguirá en un ritmo acelerado de aumento de población y concentración en las grandes

ciudades. Se agudizarán los problemas que afectan los servicios públicos. La población será

mayoritariamente joven y tendrá dificultad creciente para encontrar puestos de trabajo.

128

Por una parte, la sociedad del futuro se perfila más abierta y pluralista; por otra, sometida al influjo

cada vez mayor de los dictámenes de los medios de comunicación que irán programando progresivamente

la vida del hombre y de la sociedad.

129

Parece que la programación de la vida social responderá cada vez más a los modelos buscados por la

tecnocracia, sin correspondencia con los anhelos de un orden internacional más justo, frente a la tendencia

de cristalización de las desigualdades actuales.

130

En el cuadro internacional, se va tomando conciencia de la limitación de los recursos del planeta y de

la necesidad de su racionalización. Unos quieren limitar la población sobre todo de los países pobres; otros

proponen la "prosperidad racionada", es decir: una sobriedad compartida y no la riqueza creciente, no

compartida.

131

A la vista de estas tendencias nos sentimos solidarios con el pueblo latinoamericano del cual

formamos parte y con su historia. Queremos escrutar sus aspiraciones, tanto las que expresa claramente

como las que apenas balbucea que nos parece son estas:

132

- Una calidad de vida más humana, sobre todo por su irrenunciable dimensión religiosa, su búsqueda

de Dios, del Reino que Cristo nos trajo, a veces confusamente intuido por los más pobres con fuerza

privilegiada.

133

- Una distribución más justa de los bienes y las oportunidades; un trabajo justamente retribuido que

permita el decoroso sustento de los miembros de la familia y que disminuya la brecha entre el lujo

desmedido y la indigencia.

134

- Una convivencia social fraterna donde se fomenten y tutelen los derechos humanos; donde las metas

que se deben alcanzar se decidan por el consenso y no por la fuerza o la violencia; donde nadie se sienta

amenazado por la represión, el terrorismo, los secuestros y la tortura.

- Cambios estructurales que aseguren una situación justa para las grandes mayorías.

135

- Ser tenido en cuenta como persona responsable y como sujeto de la historia capaz de participar

libremente en las opciones políticas, sindicales, etc., y en la elección de sus gobernantes.

136

- Participar en la producción y compartir los avances de la ciencia y la técnica moderna, lo mismo que

tener acceso a la cultura y al esparcimiento digno.

137

Todo esto llevará a una mayor integración de nuestros pueblos en coincidencia con las tendencias

universales de una sociedad, como suele decirse, más globalizada y planetaria, potenciada por los medios

de comunicación de amplísimo alcance.

138

Pero mientras haya grandes sectores que no logran satisfacer estas legítimas aspiraciones mientras

otros las alcanzan con exceso, los bienes reales del mundo moderno se traducen en fuente de

frustraciones crecientes y de trágicas tensiones. El contraste notorio e hiriente de los que nada poseen y

los que ostentan opulencia, es un obstáculo insuperable para establecer el Reinado de la paz.

139

Si no cambian las tendencias actuales, se seguirá deteriorando la relación del hombre con la naturaleza

por la explotación irracional de sus recursos y la contaminación ambiental, con el aumento de graves

daños al hombre y al equilibrio ecológico.

140

Animando todo esto, el hombre aspira, en su realización, a tener libertad para vivir y expresar su fe.

141

En una palabra, nuestro pueblo desea una liberación integral que no se agota en el cuadro de su

existencia temporal sino que se proyecta a la comunión plena con Dios y con sus hermanos en la

eternidad, comunión que ya comienza a realizarse, aunque imperfectamente, en la historia.

4.2. En la Iglesia.

142

La Iglesia, a través de su acción y de su doctrina social, hace suyas estas aspiraciones. Baste recordar

el vigoroso llamado de la Conferencia de Medellín que expresó la voluntad de hacer que el anuncio

evangélico logre desplegar toda su potencia de fermento transformador.

143

Esta Conferencia, reiterando aquel llamado, quiere poner al servicio los recursos de una acción

pastoral adaptada a las circunstancias actuales.

144

La Iglesia requiere ser cada día más independiente de los poderes del mundo, para así disponer de un

amplio espacio de libertad que le permita cumplir su labor apostólica sin interferencias: el ejercicio del

culto, la educación de la fe y el desarrollo de aquellas variadísimas actividades que llevan a los fieles a

traducir en su vida privada, familiar y social, los imperativos morales que dimanan de esa misma fe. Así,

libre de compromisos, solo con su testimonio y enseñanza, la Iglesia será más creíble y mejor escuchada.

De este modo, el mismo ejercicio del poder será evangelizado, en orden al bien común.

145

La Iglesia acompaña con profunda simpatía la búsqueda de los hombres; sintoniza con sus anhelos y

esperanzas, sin aspirar a otra cosa que a servirles, alentando sus esfuerzos e iluminando sus pasos,

haciéndoles conocer el valor trascendente de su vida y de su acción.

146

La Iglesia asume la defensa de los derechos humanos y se hace solidaria con quienes los propugnan.

A este propósito nos place recordar aquí por su especial valor, entre la vasta enseñanza sobre la materia, el

discurso de S.S. Juan Pablo II al Cuerpo Diplomático del 20 de octubre de 1978: "La Santa Sede actúa en

esto sabiendo que la libertad, el respeto de la vida y de la dignidad de las personas - que jamás son

instrumento- la igualdad de trato, la conciencia profesional en el trabajo y la búsqueda solidaria del bien

común, el espíritu de reconciliación, la apertura a los valores espirituales, son exigencias fundamentales de

la vida armónica en sociedad, del progreso de los ciudadanos y de su civilización".

147

La Iglesia ha intensificado su compromiso con los sectores desposeídos, abogando por su promoción

integral, lo cual produce en algunos la impresión de que Ella deja de lado a las clases pudientes.

148

Subraya mejor el valor evangélico de la pobreza que nos hace disponibles para construir un mundo

más justo y más fraterno. Siente vivamente la situación penosa de los desposeídos de lo necesario para

una vida digna. Invita a todos a transformar su mente y sus corazones, según la escala de valores del

Evangelio.

149

La Iglesia confía más en la fuerza de la verdad y en la educación para la libertad y la responsabilidad,

que en prohibiciones pues su ley es el amor.

4.3. Evangelización en el Futuro.

150

La evangelización dará prioridad a la proclamación de la Buena Nueva, a la catequesis bíblica y a la

celebración litúrgica, como respuesta al ansia creciente de la Palabra de Dios.

151

Pondrá el máximo empeño en salvar la unidad, porque el Señor lo quiere y para aprovechar todas las

energías disponibles, concentrándolas en un plan orgánico de pastoral de conjunto, evitando, así, la

dispersión infecunda de esfuerzos y servicios. Tal pastoral se perfila en los diversos niveles: diocesano,

nacional y continental.

152

Dará importancia a la pastoral urbana con creación de nuevas estructuras eclesiales que, sin

desconocer la validez de la parroquia renovada, permitan afrontar la problemática que presentan las

enormes concentraciones humanas hoy. También acrecentará sus esfuerzos para atender mejor la pastoral

rural.

153

Se esforzará en multiplicar los agentes de pastoral, tanto clérigos como religiosos y laicos. Adaptará la

formación de estos agentes a la exigencia de comunidades y ambientes.

154

Pondrá de relieve la importancia de los laicos, tanto cuando desempeñan ministerios en la Iglesia y

para la Iglesia, como cuando, cumpliendo la misión que les es propia, son enviados como su vanguardia,

en medio de la vida del mundo, para rehacer las estructuras sociales, económicas y políticas, de acuerdo

con el plan de Dios.

155

Para formar laicos y darles un sólido apoyo en su vida y acción, procurará incorporarlos a las

organizaciones y movimientos apostólicos y potenciará todos sus instrumentos de formación, de modo

particular los propios del campo de la cultura; solamente así tendrá un laicado maduro y evangelizador.

156

Reconocerá la validez de la experiencia de las Comunidades Eclesiales de Base y estimulará su

desarrollo en comunión con sus pastores.

157

La Iglesia tendrá mucho empeño en educar en la fe cristiana al pueblo sencillo, naturalmente religioso,

y preparará en forma adecuada para la recepción de los sacramentos.

158

La Iglesia dará mayor importancia a los medios de comunicación social y los empleará para la

Evangelización.

159

Tanto la CELAM con todos sus servicios como las Conferencias Generales del Episcopado

Latinoamericano son una expresión de integración pastoral de la Iglesia de América Latina. Es necesario

que siga acentuándose para beneficio de las Iglesias particulares.

160

La voz colectiva de los Episcopados que ha ido despertando interés creciente en la opinión pública,

encuentra, sin embargo, frecuentemente reservas en ciertos sectores de poca sensibilidad social, lo cual es

un signo de que la Iglesia está ocupando su puesto de Madre y Maestra de todos.

161

De cualquier manera, la Iglesia debe estar dispuesta a asumir con valor y alegría las consecuencias de

su misión, que el mundo nunca aceptará sin resistencia.

Segunda Parte.

Designio de Dios sobre la realidad de América Latina.

162

La Iglesia en América Latina se siente íntima y realmente solidaria con todo el pueblo del Continente

(Cfr. GS 1). Ha estado durante casi cinco siglos a su lado y en su corazón. No puede estarlo menos en

esta encrucijada de su historia (Cfr. Mensaje de Pablo VI al CELAM, Mar del Plata, 1966).

163

Habiendo considerado con ojos de fe y corazón de Pastores, la realidad de nuestro pueblo, nos

preguntamos ahora ¿cuál es el designio de salvación que Dios ha dispuesto para América Latina? ¿Cuáles

son los caminos de liberación que El nos depara?

Su Santidad Juan Pablo II nos ha dado la respuesta: la verdad sobre Cristo, la Iglesia y el hombre.

Reflexionamos sobre ella, teniendo como fondo las aspiraciones y los sufrimientos de nuestros

hermanos latinoamericanos.

164

 

Evangelizados por el Señor en su Espíritu, somos enviados para llevar la Buena Nueva a todos los

hermanos, especialmente a los pobres y olvidados. Esta tarea evangelizadora nos conduce a la plena

conversión y comunión con Cristo en la Iglesia; impregnará nuestra cultura; nos llevará a la auténtica

promoción de nuestras comunidades y a una presencia crítica y orientadora ante las ideologías y políticas

que condicionan la suerte de nuestras naciones.

Capítulo I: Contenido de la Evangelización

Capítulo II: ¿Qué es evangelizar?

Capítulo I. Contenido de la Evangelización.

165

Queremos, ahora, iluminar todo nuestro apremio pastoral con la luz que nos hace libres (Cfr. Jn.

8,32). No es una verdad que poseamos como algo propio. Ella viene de Dios. Ante su resplandor

experimentamos nuestra pobreza.

166

Nos proponemos anunciar las verdades centrales de la Evangelización: CRISTO, nuestra esperanza,

está en medio de nosotros, como enviado del Padre, animando con su Espíritu a la Iglesia y ofreciendo al

hombre de hoy su palabra y su vida para llevarlo a su liberación integral.

167

La IGLESIA, misterio de comunión, pueblo de Dios al servicio de los hombres, continúa a través de

los tiempos siendo evangelizadora y llevando a todos la Buena Nueva.

168

María es para ella motivo de alegría y fuente de inspiración por ser la estrella de la Evangelización y la

Madre de los pueblos de América Latina (Cfr. EN 82).

169

El HOMBRE, por su dignidad de imagen de Dios, merece nuestro compromiso en favor de su

liberación y total realización en Cristo Jesús. Sólo en Cristo se revela la verdadera grandeza del hombre y

sólo en El es plenamente conocida su realidad más íntima. Por eso, nosotros, Pastores, hablamos al

hombre y le anunciamos al gozo de verse asumido y enaltecido por el propio Hijo de Dios que quiso

compartir con él las alegrías, los trabajos y sufrimientos de esta vida y la herencia de una vida eterna.

1. La Verdad sobre Jesucristo. El salvador que anunciamos.

1.1. Introducción.

170

La pregunta fundamental del Señor: "¿Y vosotros quién decís que soy yo?" (Mt. 16,15), se dirige

permanentemente al hombre latinoamericano. Hoy como ayer se podrían registrar diversas respuestas.

Quienes somos miembros de la Iglesia, sólo tenemos una, la de Pedro..."Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios

vivo"(Mt. 16,16).

171

El pueblo latinoamericano, profundamente religioso aún antes de ser evangelizado, cree en su gran

mayoría en Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre.

172

De ello son expresión, entre otras, los múltiples atributos de poder, salud o consuelo que le reconoce;

títulos de juez y de rey que le da; las advocaciones que lo vinculan a los lugares y regiones; la advocación

al Cristo paciente, a su nacimiento en el pesebre y a su muerte en la Cruz; la devoción a Cristo resucitado;

más aún, las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y a su presencia real en la Eucaristía, manifestadas

en las primeras Comuniones, la adoración nocturna, la procesión de Corpus Christi y los Congresos

Eucarísticos.

173

Somos conscientes de la insuficiente proclamación del Evangelio y de las carencias de nuestro pueblo

en su vida de fe. Sin embargo, herederos de casi quinientos años de historia evangelizadora y de los

esfuerzos hechos principalmente después de Medellín, vemos con gozo que el abnegado trabajo del clero y

las familias religiosas, el desarrollo de las instituciones católicas, de los movimientos apostólicos de

seglares, de las agrupaciones juveniles y de las Comunidades Eclesiales de Base han producido en

numerosos sectores del pueblo de Dios, un mayor acercamiento al Evangelio y una búsqueda del rostro

siempre nuevo de Cristo que llena su legítima aspiración, a una liberación integral.

174

Esto no se realiza sin problemas. Entre los esfuerzos por presentar a Cristo como Señor de nuestra

historia e inspirador de un verdadero cambio social y los intentos por limitarlo al campo de la conciencia

individual, creemos necesario clarificar lo siguiente.

175

 

Es nuestro deber anunciar claramente, sin dejar lugar a dudas o equívocos, el misterio de la

Encarnación: tanto la divinidad de Jesucristo tal como lo profesa la fe de la Iglesia, como la realidad y la

fuerza de su dimensión humana e histórica.

176

Debemos presentar a Jesús de Nazaret compartiendo la vida, las esperanzas y las angustias de su

pueblo y mostrar que El es el Cristo creído, proclamado y celebrado por la Iglesia.

177

A Jesús de Nazaret, consciente de su misión: anunciador y realizador del Reino, fundador de su Iglesia

que tiene a Pedro por cimiento visible; a Jesucristo vivo, presente y actuante en su Iglesia y en la historia.

178

No podemos desfigurar, parcializar o ideologizar la persona de Jesucristo, ya sea convirtiéndolo en un

político, un líder, un revolucionario o un simple profeta, ya sea reduciendo al campo de lo meramente

privado a quien es el Señor de la Historia.

179

Haciendo eco al discurso del Santo Padre al inaugurar nuestra Conferencia, decimos: "Cualquier

silencio, olvido, mutilación o inadecuada acentuación de la integridad del misterio de Jesucristo que se

aparte de la fe de la Iglesia no puede ser contenido válido de la Evangelización". Una cosa son las

"relecturas del Evangelio, resultado de especulaciones teóricas" y "las hipótesis, brillantes quizás, pero

frágiles e inconsistentes que de ellas derivan" y otra cosa la "afirmación de la fe de la Iglesia: Jesucristo,

Verbo e Hijo de Dios, se hace hombre para acercarse al hombre y brindarle por la fuerza de su ministerio,

la salvación, gran don de Dios" (Juan Pablo II, Discurso inaugural I,4.I,5 AAS LXXI, pp.190-191).

180

Vamos a hablar de Jesucristo. Vamos a proclamar una vez más la verdad de la fe acerca de

Jesucristo. Pedimos a todos los fieles que acojan esta doctrina liberadora. Su propio destino temporal y

eterno está ligado al conocimiento en la fe y al seguimiento en el amor, de Aquel que por la efusión de su

Espíritu, nos capacita para imitarlo y a quien llamamos y es el Señor y el Salvador.

181

Solidarios con los sufrimientos y aspiraciones de nuestro pueblo, sentimos la urgencia de darle lo que

es específico nuestro: el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios. Sentimos que ésta es la "fuerza de

Dios" (Rom. 1,16) capaz de transformar nuestra realidad personal y social y de encaminarla hacia la

libertad y la fraternidad, hacia la plena manifestación del Reino de Dios.

1.2. El Hombre "Creado Maravillosamente".

182

Nos enseña la Sagrada Escritura que no somos nosotros, los hombres, quienes hemos amado

primero; Dios es quien primero nos amó. Dios planeó y creó el mundo en Jesucristo, su propia imagen

increada (Col. 1, 15-17). Al hacer el mundo, Dios creó a los hombres para que participáramos en esa

comunidad divina de amor: el Padre con el Hijo Unigénito en el Espíritu Santo (Ef. 1,3-6).

183

Este designio divino, que en bien de los hombres y para la gloria de la inmensidad de su amor,

concibió el Padre en su Hijo antes de crear el mundo (Ef. 1,9), nos lo ha revelado conforme al proyecto

misterioso que El tenía de llevar la historia humana a su plenitud, realizando por medio de Jesucristo la

unidad del universo, tanto de lo terrestre como de lo celeste (Cfr. Ef. 1,1-10).

184

El hombre eternamente ideado y eternamente elegido (Cfr. Juan Pablo II, Discurso inaugural I, 9.AAS

LXXI, p. 196) en Jesucristo, debía realizarse como imagen creada de Dios, reflejando el misterio divino de

comunión en sí mismo y en la convivencia con sus hermanos, a través de una acción transformadora

sobre el mundo. Sobre la tierra debía tener, así, el hogar de su felicidad, no un campo de batalla donde

reinasen la violencia, el odio, la explotación y la servidumbre.

1.3. Del Dios Verdadero a los falsos ídolos: el Pecado.

185

Pero el hombre, ya desde el comienzo, rechazó el amor de su Dios. No tuvo interés por la comunión

con El. Quiso construir en reino en este mundo prescindiendo de Dios. En vez de adorar al Dios

verdadero, adoró ídolos: las obras de sus manos, las cosas del mundo; se adoró a sí mismo. Por eso, el

hombre se desgarró interiormente.Entraron en el mundo el mal, la muerte y la violencia, el odio y el miedo.

Se destruyó la convivencia fraterna.

186

Roto así por el pecado el eje primordial que sujeta al hombre al dominio amoroso del Padre, brotaron

todas las esclavitudes. La realidad latinoamericana nos hace experimentar amargamente, hasta límites

extremos, esta fuerza del pecado, flagrante contradicción del plan divino.

1.4. La Promesa.

187

Dios Padre, sin embargo, no abandonó al hombre en poder de su pecado. Reinicia una y otra vez el

diálogo con él; invita a hombres concretos a una alianza para que construyan el mundo a partir de la fe y

de la comunión con El, aceptando ser colaboradores en su designio salvador. La historia de Abraham y la

elección del pueblo de Israel; la historia de Moisés, de la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto y

de la alianza del Sinaí; la historia de David y de su reino; el destierro de Babilonia y el retorno a la tierra

prometida, nos muestran la mano poderosa de Dios Padre que anuncia, promete y empieza a realizar la

liberación de todos los hombres, del pecado y de sus consecuencias.

1.5. "El verbo se hizo carne y hábito entre nosotros(Jn.1,14): la Encarnación.

188

Y llegó "la plenitud de los tiempos"(Gál. 4). Dios Padre envió al mundo a su Hijo Jesucristo, nuestro

Señor, verdadero Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos y verdadero Hombre, nacido de María la

Virgen por obra del Espíritu Santo. En Cristo y por Cristo, Dios Padre se une a los hombres. El hijo de

Dios asume lo humano y lo creado y restablece la comunión entre su Padre y los hombres. El hombre

adquiere una altísima dignidad y Dios irrumpe en la historia humana, vale decir, en el peregrinar de los

hombres hacia la libertad y la fraternidad, que aparecen ahora como un camino hacia la plenitud del

encuentro con El.

189

La Iglesia de América Latina quiere, anunciar, por tanto, el verdadero rostro de Cristo, porque en él

resplandece la gloria y la bondad del Padre providente y la fuerza del Espíritu Santo que anuncia la

verdadera e integral liberación de todos y cada uno de los hombres de nuestro pueblo.

1.6. Dichos y hechos: Vida de Jesús.

190

Jesús de Nazaret nació y vivió pobre en medio de su pueblo Israel, se compadeció de las multitudes e

hizo el bien a todos (Cfr. Mc. 6,34; 4,37; He. 10,38). Ese pueblo agobiado por el pecado y el dolor,

esperaba la liberación que El les promete(Mt. 1,21). En medio de él, Jesús anuncia: "Se ha cumplido el

tiempo; el Reino de Dios está cercano; convertíos y creed en el Evangelio"(Mc. 1, 15). Jesús, ungido por

el Espíritu Santo para anunciar el Evangelio a los pobres, para proclamar la libertad a los cautivos, la

recuperación de la vista a los ciegos y la liberación a los oprimidos (Cfr. Lc. 4,18-19) nos ha entregado en

las Bienaventuranzas y el Sermón de la Montaña la gran proclamación de la nueva ley del Reino de Dios

(Cfr. Mt. 5,1-12).

191

A las palabras Jesús unió los hechos: acciones maravillosas y actitudes sorprendentes que muestran

que el Reino anunciado ya está presente, que El es el signo eficaz de la nueva presencia de Dios en la

historia, que es el portador del poder transformante de Dios, que su presencia desenmascara al maligno,

que el amor de Dios redime al mundo y alborea ya un hombre nuevo en un mundo nuevo.

192

Las fuerzas del mal, sin embargo, rechazan este servicio de amor: la incredulidad del pueblo y de sus

parientes, las autoridades políticas y religiosas de su época y la incomprensión de sus propios discípulos.

Se acentúan entonces, en Jesús los rasgos dolorosos del "Siervo de Yahvé", de que se habla en el libro del

profeta Isaías (Is.53). Con amor y obediencia totales a su Padre, expresión humana de su carácter eterno

del Hijo, emprende su camino de donación abnegada, rechazando la tentación del poder político y todo

recurso a la violencia. Agrupa en torno a sí, unos cuantos hombres tomados de diversas categorías

sociales y políticas de su tiempo. Aunque confusos y a veces infieles, los mueven el amor y el poder que

de El irradian: ellos son constituidos el cimiento de su Iglesia; atraídos por el Padre (Cfr. Jn. 6,44), inician

el camino del seguimiento de Jesús. Camino que no es el de la autoafirmación arrogante de la sabiduría o

del poder del hombre, ni del odio o de la violencia, sino el de la donación desinteresada y sacrificada del

amor. Amor que abraza a todos los hombres. Amor que privilegia a los pequeños, los débiles, los pobres.

Amor que congrega e integra en una fraternidad capaz de abrir la ruta de una nueva historia.

193

Así Jesús, de modo original, propio, incomparable, exige un seguimiento radical que abarca todo el

hombre, a todos los hombres y envuelve a todo el mundo y a todo el cosmos. Esta radicalidad hace que la

conversión sea un proceso nunca acabado, tanto a nivel personal como social. Porque, si el Reino de Dios

pasa por realizaciones históricas, no se agota ni se identifica con ellas.

1.7. El Misterio Pascual: Muerte y Vida.

194

Cumpliendo el mandato recibido de su Padre, Jesús se entregó libremente a la muerte en la cruz, meta

del camino de su existencia. El portador de la libertad y del gozo del Reino de Dios quiso ser víctima

decisiva de la injusticia y del mal de esta mundo. El dolor de la creación es asumido por el Crucificado que

ofrece su vida en sacrificio por todos: Sumo Sacerdote que puede compartir nuestras debilidades; Víctima

Pascual que nos redime de nuestros pecados; Hijo obediente que encarna ante la justicia salvadora de su

Padre el clamor de liberación de todos los hombres.

195

Por eso, el Padre resucita a su Hijo de entre los muertos. Lo exalta gloriosamente a su derecha. Lo

colma de la fuerza vivificante de su Espíritu. Lo establece como Cabeza de su Cuerpo que es la Iglesia. Lo

constituye Señor del Mundo y de la historia. Su resurrección es signo y prenda de la resurrección a la que

todos estamos llamados y de la transformación final del universo. Por El y en El ha querido el Padre

recrear lo que ya había creado.

196

Jesucristo, exaltado, no se ha apartado de nosotros; vive en medio de su Iglesia, principalmente en la

Sagrada Eucaristía y en la proclamación de su Palabra; está presente entre los que se reúnen en su

Nombre (Cfr. Mt. 18,20) y en la persona de sus pastores enviados (Mt. 10,40; 28,19ss) y ha querido

identificarse con ternura especial con los más débiles y pobres (Cfr. Mt. 25,40).

197

En el centro de la historia humana queda así implantado el Reino de Dios, resplandeciente en el rostro

de Jesucristo resucitado. La justicia de Dios ha triunfado sobre la injusticia de los hombres. Con Adán se

inició la historia vieja. Con Jesucristo, el nuevo Adán, se inicia la historia nueva y ésta recibe el impuso

indefectible que llevará a todos los hombres, hechos hijos de Dios por la eficacia del Espíritu a un dominio

del mundo cada día más perfecto; a una comunión entre hermanos cada vez más lograda ya la plenitud de

comunión y participación que constituyen la vida misma de Dios.

Así proclamamos la buena noticia de la persona de Jesucristo a los hombres de América Latina,

llamados a ser hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio (Cfr. EN 18)

para sostener su esfuerzo y alentar su esperanza.

1.8. Jesucristo envía su Espíritu de Filiación.

198

Cristo resucitado y exaltado a la derecha del Padre derrama su Espíritu Santo sobre los apóstoles el

día de Pentecostés y después sobre todos los que han sido llamados (Cfr. He. 2,39).

199

La alianza nueva que Cristo pactó con su Padre se interioriza por el Espíritu Santo que nos da la ley de

gracia y de libertad que El mismo ha escrito en nuestros corazones. Por eso, la renovación de los hombres

y consiguientemente de la sociedad dependerá, en primer lugar, de la acción del Espíritu Santo. Las leyes

y estructuras deberán ser animadas por el Espíritu que vivifica a los hombres y hace que el Evangelio se

encarne en la historia.

200

América Latina que desde sus orígenes de la Evangelización selló esta Alianza con el Señor, tiene que

renovarla ahora y vivirla con la gracia del Espíritu, con todas sus exigencias de amor, de entrega y de

justicia.

201

El Espíritu que llenó el orbe de la tierra abarcó también lo que había de bueno en las culturas

precolombinas; El mismo les ayudó a recibir el Evangelio; El sigue hoy suscitando anhelos de salvación

liberadora en nuestros pueblos. Se hace, por tanto, necesario descubrir su presencia auténtica en la

Historia del continente.

1.9. Espíritu de Verdad y Vida, de Amor y Libertad.

202

El Espíritu Santo es llamado por Jesús "Espíritu de verdad" y el encargado de llevarnos a la verdad

plena (Cfr. Jn. 16,13) da en nosotros testimonio de que somos hijos de Dios y de que Jesús ha resucitado

y es "el mismo ayer, hoy y por los siglos" (Heb. 13,8). Por eso es el principal evangelizador, quien anima a

todos los evangelizadores y los asiste para que lleven la verdad total sin errores y sin limitaciones.

203

El Espíritu Santo es "Dador de vida". Es el agua viva que fluye de la fuente, Cristo, que resucita a los

muertos por el pecado y nos hace odiarlo especialmente en un momento de tanta corrupción y

desorientación como el presente.

204

Es Espíritu de amor y libertad. El Padre, al enviarnos el Espíritu de su Hijo, "derrama su amor en

nuestros corazones"(Rom.5,5) convirtiéndonos del pecado y dándonos la libertad de los hijos. Libertad

ésta necesariamente vinculada a la filiación y a la fraternidad. El que es libre según el Evangelio, sólo se

compromete a las acciones dignas de su Padre Dios y de sus hermanos los hombres.

1.10. El Espíritu reune en la Unidad y enriquece en la Diversidad.

205

Jesucristo, Salvador de los hombres, difunde su Espíritu sobre todos sin acepción de personas. Quien

en su evangelización excluya a un solo hombre de su amor, no posee el Espíritu de Cristo; por eso, la

acción apostólica tiene que abarcar a todos los hombres, destinados a ser hijos de Dios.

206

"El Espíritu Santo unifica en la comunión y en el ministerio y provee de diversos dones jerárquicos y

carismáticos a toda la Iglesia a través de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las

instituciones eclesiásticas"(AG 4). La Jerarquía y las instituciones, pues, lejos de ser obstáculo para la

Evangelización, son instrumentos del Espíritu y de la gracia.

207

Los carismas nunca han estado ausentes en la Iglesia.

Pablo VI ha expresado su complacencia por la renovación espiritual que aparece en los lugares y

medios más diversos y que conduce a la oración gozosa, a la íntima unión con Dios, a la fidelidad al Señor

y a una profunda comunión de las almas (Cfr. Pablo VI). Así lo han hecho también varias Conferencias

Episcopales. Pero esta renovación exige buen sentido, orientación y discernimiento por parte de los

pastores, a fin de evitar exageraciones y desviaciones peligrosas (Cfr. LG 12).

208

La acción del Espíritu Santo llega aún a aquellos que no conocen a Jesucristo, pues "el Señor quiere

que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tim.2,4).

1.11. Consumación del designio de Dios.

209

La vida trinitaria que nos participa Cristo llegará a su plenitud sólo en la gloria. La Iglesia peregrinante

en cuanto institución humana y terrena reconoce con humildad sus errores y pecados que oscurecen el

rostro de Dios en sus hijos (Cfr. UR 6 y 7), pero está decidida a continuar su acción evangelizadora para

ser fiel a su misión con la confianza puesta en la fidelidad de su Fundador y en el poder del Espíritu.

210

Jesucristo buscó siempre la gloria de su Padre y culminó su entrega a El en la cruz. El es el

"Primogénito entre muchos hermanos" (Rom. 8,29). Ir al Padre. En eso consistió el caminar terrestre de

Jesucristo. Desde entonces, ir al Padre es el caminar terrestre de la Iglesia, pueblo de hermanos. Sólo en el

encuentro con el Padre hallaremos la plenitud que sería utópico buscar en el tiempo. Mientras la Iglesia

espera la unión consumada con su Esposo divino, "el Espíritu y la Esposa dicen: Ven, Señor Jesús" (Ap.

22,17-20).

1.12. Comunión y Participación.

211

Después de la proclamación de Cristo, que nos "revela" al Padre y nos da su Espíritu, llegamos a

descubrir las raíces últimas de nuestra comunión y participación.

212

Cristo nos revela que la vida divina es comunión trinitaria. Padre, Hijo y Espíritu viven, en perfecta

intercomunión de amor, el misterio supremo de la unidad. De allí procede todo amor y toda comunión,

para grandeza y dignidad de la existencia humana.

213

Por Cristo, único Mediador, la humanidad participa de la vida trinitaria. Cristo hoy, principalmente con

su actividad pascual, nos lleva a la participación del misterio de Dios. Por su solidaridad con nosotros, nos

hace capaces de vivificar nuestra actividad con el amor y de transformar nuestro trabajo y nuestra historia

en gesto litúrgico, o sea, de ser protagonistas con El de la construcción de la convivencia y las dinámicas

humanas que reflejan el misterio de Dios y constituyen su gloria viviente.

214

Por Cristo, con El y en El, entramos a participar en la comunión de Dios. No hay otro camino que

lleve al Padre. Al vivir en Cristo, llegamos a ser su cuerpo místico, su pueblo, pueblo de hermanos unidos

por el amor que derrama en nuestros corazones el Espíritu. Esta es la comunión a la que el Padre nos

llama por Cristo y su Espíritu. A ella se orienta toda la historia de la salvación y en ella se consuma el

designio de amor del Padre que nos creó.

 

215

La comunión que ha de construirse entre los hombres abarca el ser, desde las raíces de su amor y ha

de manifestarse en toda la vida, aún en su dimensión económica, social y política. Producida por el Padre,

el Hijo y el Espíritu Santo es la comunicación de su propia comunión trinitaria.

216

Esta es la comunión que buscan ansiosamente las muchedumbres de nuestro continente cuando

confían en la providencia del Padre o cuando confiesan a Cristo como Dios Salvador; cuando buscan la

gracia del Espíritu en los sacramentos y aún cuando se signan "en el nombre del Padre y del Hijo y del

Espíritu Santo".

217

"En esta comunión trinitaria del Pueblo y Familia de Dios, juntamente veneramos e invocamos la

intercesión de la Virgen María y de todos los santos. Todo genuino testimonio de amor que ofrezcamos a

los bienaventurados se dirige por su propia naturaleza a Cristo y por El a Dios" (LG 50).

218

La Evangelización es un llamado a la participación en la comunión trinitaria. Otras formas de

comunión aunque no constituyen el destino último del hombre, son, animadas por la gracia, su primicia.

219

La Evangelización nos lleva a participar en los gemidos del Espíritu que quiere liberar a toda la

creación. El Espíritu que nos mueve a esa liberación nos abre el camino a la unidad de todos los hombres

entre sí de los hombres con Dios, hasta que "Dios sea todo en todos" (1 Cor. 15,28).

2. La Verdad sobre la Iglesia: El Pueblo de Dios, Signo y Servicio de Comunión.

220

Cristo, que asciende al Padre y se oculta a los ojos de la humanidad, continúa evangelizando

visiblemente a través de la Iglesia, sacramento de comunión de los hombres en el único pueblo de Dios,

peregrino en la historia. Para ello, Cristo le envía su Espíritu, "quien impulsa a cada uno a anunciar el

Evangelio y quien en lo hondo de la conciencia hace aceptar y comprender la Palabra de salvación" (EN

75).

2.1. La Buena Nueva de Jesús y la Iglesia.

Dos Presencias Inseparables.

221

La presencia viva de Jesucristo en la historia, la cultura y toda la realidad de América Latina es

manifiesta. Esta presencia, en el sentir de nuestro pueblo, va inseparablemente unido a la Iglesia porque a

través de ella su Evangelio ha resonado en nuestras tierras. Tal experiencia entraña una profunda intuición

de fe acerca de la naturaleza íntima de la Iglesia.

La Iglesia y Jesús Evangelizador.

222

La Iglesia es inseparable de Cristo porque El mismo la fundó (Cfr. LG 5b; 8c; GS 40b; UR 1a) por un

acto expreso de su voluntad, sobre los Doce cuya cabeza es Pedro (Cfr. Mt. 16,18), constituyéndola

como sacramento universal y necesario de salvación. La Iglesia no es un "resultado" posterior ni una

simple consecuencia "desencadenada" por la acción evangelizadora de Jesús. Ella nace ciertamente de esta

acción, pero de modo directo, pues el mismo Señor quien convoca a sus discípulos y les participa el

poder de su Espíritu, dotando a la naciente comunidad de todos los medios y elementos esenciales que el

pueblo católico profesa como de institución divina.

223

Además, Jesús señala a su Iglesia como camino normativo. No queda, pues, a discreción del hombre

el aceptarla o no sin consecuencias. "Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros

rechaza, a mí me rechaza" (Lc. 10,16), dice el Señor a sus Apóstoles. Por lo mismo, aceptar a Cristo

exige aceptar su Iglesia (PO 40c). Esta es parte del Evangelio, del legado de Jesús y objeto de nuestra fe,

amor y lealtad. Lo manifestamos cuando rezamos: "Creo en la Iglesia una, santa, católica, apostólica".

224

Pero la Iglesia es también depositaria y transmisora del Evangelio. Ella prolonga en la tierra, fiel a la ley

de la encarnación visible, la presencia y acción evangelizadora de Cristo. Como El, la Iglesia vive para

evangelizar. Esa es su dicha y vocación propia (EN 14): proclamar a los hombres la persona y el mensaje

de Jesús.

225

Esta Iglesia es una sola: la edificada sobre Pedro, a la cual el mismo Señor llama "mi Iglesia" (Mt.

16,18). Sólo en la Iglesia católica se da la plenitud de los medios de salvación UR 36), legados por Jesús a

los hombres mediante los apóstoles. Por ello, tenemos el deber de proclamar la excelencia de nuestra

vocación a la Iglesia católica (LG 14). Vocación que es a la vez inmensa gracia y responsabilidad.

La Iglesia y el Reino que anuncia Jesús.

226

El mensaje de Jesús tiene su centro en la proclamación del Reino que en El mismo se hace presente y

viene. Este Reino, sin ser una realidad desligable de la Iglesia (LG 8a), trasciende sus límites (Cfr. LG 5).

Porque se da en cierto modo donde quiera que Dios esté reinando mediante su gracia y amor, venciendo el

pecado y ayudando a los hombres a crecer hacia la gran comunión que les ofrece en Cristo. Tal acción de

Dios se da también en el corazón de hombres que viven fuera del ámbito perceptible de la Iglesia (Cfr. LG

16; GS 22e; UR 3). Lo cual no significa, en modo alguno, que la pertenencia a la Iglesia sea indiferente

(Cfr. Juan Pablo II, Discurso inaugural I, 8. AAS LXXI,p. 194).

227

De ahí que la Iglesia haya recibido la misión de anunciar e instaurar el Reino (Cfr. LG 5) en todos los

pueblos. Ella es su signo. En ella se manifiesta, de modo visible, lo que Dios está llevando a cabo,

silenciosamente en el mundo entero. Es el lugar donde se concentra al máximo la acción del Padre, que en

la fuerza del Espíritu de Amor, busca solícito a los hombres, para compartir con ellos - en gesto de

indecible ternura- su propia vida trinitaria. La Iglesia es también el instrumento que introduce el Reino

entre los hombres para impulsarlos hacia su meta definitiva.

228

Ella "ya constituye en la tierra el germen y principio de ese Reino" (LG 5). Germen que deberá crecer

en la historia, bajo el influjo del Espíritu, hasta el día en que "Dios sea todo en todos" (1 Cor. 15,28). Hasta

entonces, la Iglesia permanecerá perfectible bajo muchos aspectos, permanentemente necesitada de

autoevangelización, de mayor conversión y purificación (Cfr. Idem. 8c).

229

No obstante, el Reino ya está en ella. Su presencia en nuestro continente es una Buena Nueva. Porque

ella - aunque de modo germinal- llena plenamente los anhelos y esperanzas más profundos de nuestros

pueblos.

230

 

En esto consiste el "misterio" de la Iglesia: es una realidad humana, formada por hombres limitados y

pobres, pero penetrada por la insondable presencia y fuerza del Dios Trino que en ella resplandece,

convoca y salva (Cfr. LG 4b; 8a; SC 2).

231

La Iglesia de hoy no es todavía lo que está llamada a ser. Es importante tenerlo en cuenta, para evitar

una falsa visión triunfalista. Por otro lado, no debe enfatizarse tanto lo que le falta, pues en ella ya está

presente y operando de modo eficaz en este mundo la fuerza que obrará el Reino definitivo.

2.2. La Iglesia vive en Misterio de Comunión como Pueblo de Dios.

232

Nuestro pueblo ama las peregrinaciones. En ellas, el cristiano sencillo celebra el gozo de sentirse

inmerso en medio de una multitud de hermanos, caminando juntos hacia el Dios que los espera. Tal gesto

constituye un signo y sacramental espléndido de la gran visión de la Iglesia, ofrecida por el Concilio

Vaticano II: la Familia de Dios, concebida como Pueblo de Dios, peregrino a través de la historia, que

avanza hacia su Señor.

233

El Concilio aconteció en un momento difícil para nuestros pueblos latinoamericanos. Años de

problemas, de búsqueda angustiosa de la propia identidad, marcados por un despertar de las masas

populares y por ensayos de integración americana, a los que procede la fundación del CELAM (1955).

Esto ha preparado el ambiente en el pueblo católico para abrirse con cierta facilidad a una Iglesia que

también se presenta como "Pueblo". Y Pueblo universal, que penetra los demás pueblos, para ayudarlos a

hermanarse y crecer hacia una gran comunión, como la que América Latina comenzaba a vislumbrar.

Medellín divulga la nueva visión, antigua como la misma historia bíblica(*).

(*) "Fue la voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna

de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por

ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente,

revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo y

santificándolo para Sí" (LG 9). Este pueblo era figura de la Iglesia, único y definitivo Pueblo de Dios,

fundado por Jesucristo.

234

Diez años después, la Iglesia de América Latina se encuentra en Puebla en mejores condiciones aún

para reafirmar gozosa su realidad de Pueblo de Dios. Después de Medellín nuestros pueblos viven

momentos importantes de encuentro consigo mismos, redescubriendo el valor de su historia, de las

culturas indígenas y de la religiosidad popular. En medio de ese proceso se descubre la presencia de este

otro pueblo que acompaña en su historia a nuestros pueblos naturales. Y se comienza a apreciar su aporte

como factor unificador de nuestra cultura, a la que tan ricamente ha fecundado con savia evangélica. La

fecundación fue recíproca, logrando la Iglesia encarnarse en nuestros valores originales y desarrollar así

nuevas expresiones de la riqueza del Espíritu.

235

La visión de la Iglesia como Pueblo de Dios aparece, además, necesaria para completar el proceso de

tránsito acentuado en Medellín, de un estilo individualista de vivir la fe a la gran conciencia comunitaria a

que los abrió el Concilio.

236

El Pueblo de Dios es un Pueblo universal. Familia de Dios en la tierra; Pueblo santo; Pueblo que

peregrina en la historia; Pueblo enviado.

237

La Iglesia es un Pueblo universal, destinado a ser "luz de las naciones" (Is. 49,6; Lc.2,32). No se

constituye por raza, ni por idioma, ni por particularidad humana alguna. Nace de Dios por la fe en

Jesucristo. Por eso no entra en pugna con ningún otro pueblo y puede encarnarse en todos, para

introducir en sus historias el Reino de Dios. Así "fomenta y asume, y al asumir, purifica, fortalece y eleva

todas las capacidades, riquezas y costumbres de los pueblos en lo que tienen de bueno" (LG 13b).

Pueblo, Familia de Dios.

238

Nuestro pueblo latinoamericano llama espontáneamente al templo "Casa de Dios", porque intuye que

allí se congrega la Iglesia como "Familia de Dios". Es la misma expresión usada repetidamente por la Biblia

y también por el Concilio, para expresar la realidad más profunda e íntima del Pueblo de Dios (Sal. 60,8;

Dt. 32, 8ss; Ef. 2,19; Rom. 8,29).

239

Es una visión de la Iglesia que toca hondamente al hombre latinoamericano, con alta estima por los

valores de la familia y que busca, ansioso, ante la frialdad creciente del mundo moderno, la manera de

salvarlos. La reacción se nota en muchos países, tanto en el repunte de la pastoral familiar, como en la

multiplicación de las Comunidades Eclesiales de Base, donde se hace posible -a nivel de experiencia

humana- una intensa vivencia de la realidad de la Iglesia como Familia de Dios.

240

Muchas parroquias y diócesis acentúan también lo familiar. Saben que el latinoamericano necesita y

busca una familia y que de esta manera encontrarán en la Iglesia respuestas a sus necesidades. No se trata

aquí de táctica sicológica, sino de fidelidad a la propia identidad. Porque la Iglesia no es el lugar donde los

hombres se "sienten" sino donde se "hacen" - real, profunda, ontológicamente- "Familia de Dios". Se

convierten verdaderamente en hijos del Padre en Jesucristo (Cfr. 1 Jn. 3,1), quien les participa su vida por

el poder del Espíritu, mediante el Bautismo. Esta gracia de la filiación divina es el gran tesoro que la Iglesia

debe ofrecer a los hombres de nuestro continente.

241

De la filiación en Cristo nace la fraternidad cristiana. El hombre moderno no ha logrado construir una

fraternidad universal sobre la tierra, porque busca una fraternidad sin centro ni origen común. Ha olvidado

que la única forma de ser hermanos es reconocer la procedencia de un mismo Padre.

242

La Iglesia, Familia de Dios, es hogar donde cada hijo y hermano es también Señor, destinado a

participar del señorío de Cristo sobre la Creación y la historia. Señorío que debe aprenderse y

conquistarse, mediante un continuo proceso de conversión y asimilación al Señor.

243

El fuego que vivifica la Familia de Dios es el Espíritu Santo. El suscita la comunión de fe, esperanza y

caridad que constituye como su alma invisible, su dimensión más profunda, raíz del compartir cristiano a

otros niveles. Porque la Iglesia se compone de hombres dotados de almas y cuerpo, la comunión interior

debe expresarse visiblemente. La capacidad de compartir, será signo de la profundidad de la comunión

interior y de su credibilidad hacia afuera (Cfr. Jn. 17,21). De allí la gravedad y el escándalo de las

desuniones en la Iglesia. En ella se juega la misión misma que Jesús le confió: su capacidad de ser signo y

prueba de que Dios quiere por ella, convertir a los hombres en su Familia.

244

Los problemas que afectan la unidad de la Iglesia se generan en la diversidad de sus miembros. Esta

multitud de hermanos (Cfr. Rom. 8,29) que Cristo ha reunido en la Iglesia, no constituye una realidad

monolítica. Viven su unidad desde la diversidad que el Espíritu ha regalado a cada uno (Cfr. 1 Cor.

12,4-6) entendida como un aporte que contribuye a la riqueza de la totalidad.

245

Dicha diversidad puede fundarse en la simple manera de ser de cada cual. En la función que le

corresponde al interior de la Iglesia y que distingue nítidamente el papel de la jerarquía y del laicado. O en

carismas más particulares que el Espíritu suscita, como el de la vida religiosa y otros. Por eso, la Iglesia es

como un Cuerpo que, constantemente engendrado, alimentado y renovado por el Espíritu, crece hacia la

plenitud de Cristo (Cfr. Ef. 4, 11-13).

246

La fuerza que asegura la cohesión de la Familia de Dios en medio de tensiones y conflictos es, en

primer lugar, la misma vitalidad de su comunión en la fe y el amor. Lo que supone no sólo la voluntad de

unidad, sino también la coincidencia en la plena verdad de Jesucristo. Igualmente aseguran y construyen la

unidad de la Iglesia los sacramentos. La Eucaristía la significa en su realidad más profunda, pues congrega

al Pueblo de Dios, como Familia que participa de una sola mesa, donde la vida de Cristo, sacrificialmente

entregada, se hace la única vida de todos.

247

La Eucaristía nos orienta de modo inmediato a la jerarquía sin la cual es imposible. Porque fue a los

apóstoles a quienes dio el Señor el mandato de hacerla "en memoria mía" (Lc.22,19). Los pastores de la

Iglesia, sucesores de los apóstoles, constituyen por lo mismo el centro visible donde se ata, aquí en la

tierra, la unidad de la Iglesia.

248

Según el Concilio, el papel de los pastores es eminentemente paternal (LG 28; Ch D. 16,; PO 9). Es

evidente, entonces, que suceda en la Iglesia lo que en toda familia: la unidad de los hijos se anuda -

fundamentalmente- hacia arriba. Cuando la comunicación con la Iglesia se debilita y aún se rompe, son

también los pastores los ministros sacramentales de la reconciliación (Cfr. UR 3).

249

Este carácter paternal no hace olvidar que los pastores están dentro de la Familia de Dios a su

servicio. Son hermanos, llamados a servir la vida que el Espíritu libremente suscita en los demás

hermanos. Vida que es deber de los pastores respetar, acoger, orientar y promover, aunque haya nacido

independientemente de sus propias iniciativas. De ahí el cuidado necesario para "no extinguir el Espíritu ni

tener en poco la profecía" (1 Tes. 5, 19). Los pastores viven para los otros. "Para que tengan vida y la

tengan en abundancia" (Jn.10,10).

Pueblo Santo.

250

El Pueblo de Dios, inhabitado por el Espíritu, es también un Pueblo santo. Mediante el Bautismo, el

mismo Espíritu le ha participado la vida divina. Lo ha ungido, así, como Pueblo mesiánico, revestido de

una santidad de la vida divina recibida. Tal santidad recuerda al Pueblo de Dios la dimensión vertical y

constituyente de su comunión. Es un Pueblo no sólo que nace de Dios, también se ordena a El, como

Pueblo consagrado, a rendirle culto y gloria. El Pueblo de Dios aparece así como su Templo vivo, morada

de su presencia entre los hombres. En él, los cristianos somos piedras vivas (Cfr. 1 Pe. 2,5).

251

Los ciudadanos de este Pueblo deben caminar por la tierra pero como ciudadanos del cielo, con su

corazón enraizado en Dios, mediante la oración y la contemplación. Actitud que no significa fuga frente a

lo terreno, sino condición para una entrega fecunda a los hombres. Porque quien no haya aprendido a

adorar la voluntad del Padre en el silencio de la oración, difícilmente logrará hacerlo cuando su condición

de hermano le exija renuncia, dolor, humillación.

252

El culto que Dios nos pide - expresado en la oración y la liturgia- se prolonga en la vida diaria, a través

del esfuerzo por convertirlo todo en ofrenda (Cfr. Rom. 12,1). Como miembros de un pueblo ya

santificado por el Bautismo, los cristianos estamos llamados a manifestar esta santidad. "Sed perfectos

como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt. 5,48). Santidad que exige el cultivo tanto de las virtudes

sociales como de la moral personal. Todo lo que atenta contra la dignidad del cuerpo del hombre, llamado

a ser templo de Dios, implica profanación y sacrilegio y entristece al Espíritu (Cfr. Ef. 4,30). Esto vale

para el homicidio y la tortura, pero también para la prostitución, la pornografía, el adulterio, el aborto y

cualquier abuso de la sexualidad.

253

En este mundo nunca logrará vivir plenamente su vocación universal a la santidad. Permanecerá

compuesta de justos y pecadores (Cfr. LG 8c). Más aún: por el corazón de cada cristiano pasa la línea

que divide la parte que tenemos de justos y de pecadores.

Pueblo Peregrino.

254

Al concebirse a sí misma como Pueblo, la Iglesia se define como una realidad en medio de la historia

que camina hacia una meta aún no alcanzada.

255

Por ser un Pueblo histórico, la naturaleza de la Iglesia exige visibilidad a nivel de estructuración social

(Cfr. LG 8b). El Pueblo de Dios considerado como "Familia" connotaba ya una realidad visible, pero en un

plano eminentemente vital. La acentuación del rasgo histórico destaca la necesidad de expresar dicha

realidad como institución.

256

Tal carácter social-institucional se manifiesta en la Iglesia a través de una estructura visible y clara,

que ordena la vida de sus miembros, precisa sus funciones y relaciones, sus derechos y deberes.

257

La Iglesia como Pueblo de Dios, reconoce una sola autoridad: Cristo, El es el único Pastor que la guía.

Sin embargo, los lazos que a El la atan son mucho más profundos que los de la simple labor de

conducción. Cristo es autoridad de la Iglesia en el sentido más profundo de la palabra: porque es su autor.

Porque es la fuente de su vida y unidad, su Cabeza. Esta capitalidad es la misteriosa relación vital que lo

vincula a todos sus miembros. Por eso, la participación de su autoridad a los pastores, a lo largo de la

historia, arranca de esta misma realidad. Es mucho más que una simple potestad jurídica. Es participación

en el misterio de su capitalidad. Y, por lo mismo, una realidad de orden sacramental.

258

Los Doce presididos por Pedro, fueron escogidos por Jesús para participar de esa misteriosa relación

suya con la Iglesia. Fueron constituidos y consagrados por El como sacramentos vivos de su presencia,

para hacerlo visiblemente presente Cabeza y Pastor, en medio de su Pueblo. De esta comunión profunda

en el misterio, fluye como consecuencia, el poder de "atar y desatar" (Cfr. Mt. 16,19). Considerado en su

totalidad, el ministerio jerárquico es una realidad de orden sacramental, vital y jurídico como la Iglesia.

259

Tal ministerio fue confiado a Pedro y a los demás apóstoles, cuyos sucesores son hoy día el Romano

Pontífice y los Obispos, a quienes se unen, como colaboradores, los Presbíteros y diáconos. Los pastores

de la Iglesia no sólo la guían en nombre del Señor. Ejercen también la función de maestros de la verdad y

presiden sacerdotalmente el culto divino. El deber de obediencia del Pueblo de Dios frente a los Pastores

que le conducen, se funda, antes que en consideraciones jurídicas, en el respeto creyente a la presencia

sacramental del Señor en ellos. Esta es su realidad objetiva de fe, independiente de toda consideración

personal.

260

En América Latina, desde el Concilio y Medellín, se nota un cambio grande en el modo de ejercer la

autoridad dentro de la Iglesia. Se ha acentuado su carácter de servicio y sacramento, como también su

dimensión de afecto personal. Esta última ha encontrado su expresión, no sólo a nivel del consejo

presbiteral diocesano, sino también a través de las Conferencias Episcopales y el CELAM.

261

Esta visión de la Iglesia, como Pueblo histórico y socialmente estructurado, es un marco al cual

necesariamente debe referirse también la reflexión teológica sobre las Comunidades Eclesiales de Base en

nuestro continente, pues introduce elementos que permiten complementar el acento de dichas

comunidades en el dinamismo vital de las bases y en la fe compartida más espontáneamente en

comunidades pequeñas. La Iglesia, como Pueblo histórico e institucional, representa la estructura más

amplia, universal y definida dentro de la cual deben inscribirse vitalmente las Comunidades Eclesiales de

Base para no correr el riesgo de degenerar hacia la anarquía organizativa por un lado y hacia el elitismo

cerrado o sectario por otro.(Cfr. EN 58).

262

Algunos aspectos del problema de la "iglesia popular" o de los "magisterios paralelos" se insinúan en

dicha línea: la secta tienda siempre al auto-abastecimiento, tanto jurídico como doctrinal. Ingresadas en el

Pueblo total de Dios, las Comunidades Eclesiales de Base evitarán, sin duda, estos escollos y responderán

a las esperanzas que la Iglesia latinoamericana tiene puestas en ellas.

263

El problema de la Iglesia popular", que nace del Pueblo, presenta diversos aspectos. Si se entiende

como una Iglesia que busca encarnarse en los medios populares del continente y que, por lo mismo surge

de la respuesta de fe que esos grupos den al Señor, se evita el primer obstáculo: la aparente negación de la

verdad fundamental que enseña que la Iglesia nace siempre de una primera iniciativa "desde arriba"; del

Espíritu que la suscita y del Señor que la convoca. Pero el nombre parece poco afortunado, Sin embargo,

la "Iglesia popular" aparece como distinta a la "otra", identificada con la Iglesia "oficial" o "institucional", a

la que se acusa de "alienante". Esto implicaría una división en el seno de la Iglesia y una inaceptable

negación de la función de la jerarquía. Dichas posiciones, según Juan Pablo II, podrían estar inspiradas

por conocidos condicionamientos ideológicos (Cfr. Discurso inaugural I, 8.AAS LXXI, p. 194).

264

Otro problema candente en América Latina y relacionado con la condición histórica del Pueblo de

Dios, es el de los cambios en la Iglesia. Al avanzar por la historia, la Iglesia necesariamente cambia, pero

sólo en lo exterior y accidental. No puede hablarse, por lo tanto, de una contraposición entre la "nueva

Iglesia" y la "vieja Iglesia", como algunos lo pretenden (Juan Pablo II, Catedral de México). El problema de

los cambios ha hecho sufrir a muchos cristianos que han visto derrumbarse una forma de vivir la Iglesia

que creían totalmente inmutable. Es importante ayudarlos a distinguir los elementos divinos y humanos de

la Iglesia. Cristo, en cuanto Hijo de Dios, permaneció siempre idéntico a sí mismo, pero en su aspecto

humano fue cambiando sin cesar: de porte, de rostro, de aspecto. Igual sucede con la Iglesia.

265

En el otro extremo están los que quisieron vivir un cambio continuo. No es ese el sentido de ser

peregrinos. No estamos buscándolo todo. Hay algo que ya poseemos en la esperanza con seguridad y de

lo cual debemos dar testimonio. Somos peregrinos, pero también testigos. Nuestra actitud es de reposo y

alegría por lo que ya encontramos y de esperanza por lo que aún nos falta. Tampoco es cierto que todo el

camino se hace al andar. El camino personal, en sus circunstancias concretas, sí, pero el ancho camino

común del Pueblo de Dios ya está abierto y recorrido por Cristo y por los santos, especialmente los santos

de nuestra América Latina: los que murieron, defendiendo la integridad de la fe y la libertad de la Iglesia,

sirviendo a los pobres, a los indios, a los esclavos. También los que alcanzaron las más altas cumbres de

la contemplación. Ellos caminan con nosotros. Nos ayudan con su intercesión.

266

 

Ser peregrino comporta siempre una cuota inevitable de inseguridad y riesgo. Ella se acrecienta por la

conciencia de nuestra debilidad y nuestro pecado. Es parte del diario morir en Cristo. La fe nos permite

asumirlo con esperanza pascual. Los últimos diez años han sido violentos en nuestro continente. Pero

caminamos seguros de que el Señor sabrá convertir el dolor, la sangre y la muerte que en el camino de la

historia van dejando nuestros pueblos y nuestra Iglesia, en semillas de resurrección para América Latina.

Nos reconforta el Espíritu y la Madre fiel, siempre presentes en la marcha del Pueblo de Dios.

Pueblo Enviado de Dios.

267

En la fuerza de la consagración mesiánica del bautismo, el Pueblo de Dios es enviado a servir al

crecimiento del Reino en los demás pueblos. Se le envía como Pueblo profético que anuncia el Evangelio o

discierne las voces del Señor en la historia. Anuncia dónde se manifiesta la presencia de su Espíritu.

Denuncia dónde opera el misterio de iniquidad, mediante hechos y estructuras que impiden una

participación más fraternal en la construcción de la sociedad y en el goce de los bienes que Dios creó para

todos.

268

En los últimos diez años comprobamos la intensificación de la función profética. Asumir tal función

ha sido labor dura para los Pastores. Hemos intentado ser voz de los que no tienen voz y testimoniar la

misma predilección del Señor por los pobres y los que sufren. Creemos que nuestros pueblos nos han

sentido más cerca. Ciertamente logramos iluminar y ayudar. Ciertamente también, pudimos haber hecho

más. Ahora, colegialmente, intentamos interpretar el paso del Señor por América Latina.

269

Otra forma privilegiada de evangelizar es la celebración de la fe en la Liturgia y los Sacramentos. Allí

aparece el Pueblo de Dios como Pueblo Sacerdotal, investido de un sacerdocio universal del cual todos los

bautizados participan pero que difiere esencialmente del sacerdocio jerárquico.

2.3. El Pueblo de Dios, al Servicio de la Comunión.

Un Pueblo Servidor.

270

El Pueblo de Dios, como Sacramento universal de salvación, está enteramente al servicio de la

comunión de los hombres con Dios y del género humano entre sí (Cfr. LG 1). La Iglesia es, por lo tanto,

un pueblo de servidores. Su modo propio de servir es Evangelizar; es un servicio que sólo ella puede

prestar. Determina su identidad y la originalidad de su aporte. Dicho servicio evangelizador de la Iglesia se

dirige a todos los hombres, sin distinción. Pero debe reflejar siempre en él la especial predilección de Jesús

por los más pobres y los que sufren.

271

Dentro del Pueblo de Dios, todos - jerarquía, laicos, religiosos- son servidores del Evangelio. Cada

uno según su papel y carisma propios. La Iglesia, como servidora del Evangelio, sirve a la vez a Dios y a

los hombres. Pero para conducir a éstos hacia el Reino de su Señor, el único de quien ella, junto con la

Virgen María, se proclama esclava y a quien subordina todo su servicio humano.

La Iglesia, Signo de Comunión.

272

La Iglesia evangeliza, en primer lugar, mediante el testimonio global de su vida. Así, en fidelidad a su

condición de sacramento, trata de ser más y más en signo transparente o modelo vivo de la comunión de

amor en Cristo que anuncia y se esfuerza por realizar. La pedagogía de la Encarnación nos enseña que los

hombres necesitan modelos preclaros que los guíen(*). América Latina también necesita tales modelos.

(*) Se dice que el hecho de mayor relevancia política de la Edad Media fue la fundación de los monjes

benedictinos, porque su forma de vida comunitaria se convirtió en el gran modelo de organización social

para la Europa naciente.

273

Cada comunidad eclesial debería esforzarse por constituir para el Continente un ejemplo de modo de

convivencia donde logren aunarse la libertad y la solidaridad. Donde la autoridad se ejerza con el espíritu

del Buen Pastor. Donde se viva una actitud diferente frente a la riqueza. Donde se ensayen formas de

organización y estructuras de participación, capaces de abrir camino hacia un tipo más humano de

sociedad. Y sobre todo, donde inequívocamente se manifieste que, sin una radical comunión puramente

humana resulta a la postre incapaz de sustentarse y termina fatalmente volviéndose contra el mismo

hombre.

La Iglesia Escuela de Forjadores de Historia.

274

Para los mismos cristianos, la Iglesia debería convertirse en el lugar donde aprenden a vivir la fe

experimentándola y descubriéndola encarnada en otros. Del modo más urgente, debería ser la escuela

donde se eduquen hombres capaces de hacer historia, para impulsar eficazmente con Cristo la historia de

nuestros pueblos hacia el Reino.

275

Ante los desafíos históricos que enfrentan nuestros pueblos encontramos entre los cristianos dos tipos

de reacción extremas. Los "pasivistas", que creen no poder o no deber intervenir, esperando que Dios solo

actúe y libere. Los "activistas", que en una perspectiva secularizada, consideran a Dios lejano, como si

hubiera entregado la completa responsabilidad de la historia a los hombres, quienes, por lo mismo, intentan

angustiada y frenéticamente empujarla hacia adelante.

276

La actitud de Jesús fue otra. En El culminó la sabiduría enseñada por Dios a Israel. Israel había

encontrado a Dios en medio de su historia. Dios lo invitó a forjarla juntos, en Alianza. El señalaba el

camino y la meta, y exigía la colaboración libre y creyente de su Pueblo. Jesús aparece igualmente,

actuando en la historia, de la mano de su Padre, su actitud es, a la vez, de total confianza y de máxima

corresponsabilidad y compromiso. Porque sabe que todo está en las manos del Padre que cuida de las

aves y de los lirios del campo (Lc. 12,22- 23). Pero sabe también que la acción del Padre busca pasar a

través de la suya.

277

Como el Padre es el protagonista principal, Jesús busca seguir caminos y sus ritmos. Su

preocupación de cada instante consiste en sintonizar fiel y rigurosamente con el querer del Padre. No

basta con conocer la meta y caminar hacia ella. Se trata de conocer y esperar la hora (Cfr. Jn. 2,4;13,1),

que para cada paso tiene señalada el Padre, escrutando los signos de su Providencia. De esta docilidad

filial dependerá toda la fecundidad de la obra.

278

Además, Jesús tiene claro que no sólo se trata de liberar a los hombres del pecado y sus dolorosas

consecuencias. El sabe bien lo que hoy tanto se calla en América Latina: que se debe liberar el dolor por el

dolor, esto es, asumiendo la Cruz y convirtiéndola en fuente de vida pascual.

279

Para que América Latina sea capaz de convertir sus dolores en crecimiento hacia una sociedad

verdaderamente participada y fraternal, necesita educar hombres capaces de forjar la historia según la

"praxis" de Jesús, entendida como la hemos precisado a partir de la teología bíblica de la historia. El

continente necesita hombres conscientes de que Dios los llama a actuar en alianza con El. Hombres de

corazón dócil, capaces de hacer suyos los caminos y el ritmo que la Providencia indique. Especialmente

capaces de asumir su propio dolor y el de nuestros pueblos y convertirlos, con espíritu pascual, en

exigencia de conversión personal, en fuente de solidaridad con todos los que comparten este sufrimiento y

en desafío para la iniciativa y la imaginación creadora.

La Iglesia, Instrumento de Comunión.

280

A través de la acción de cristianos evangélicamente comprometidos la Iglesia puede completar su

misión de Sacramento de salvación haciéndose instrumento del Señor que dinamice eficazmente hacia El la

historia de los hombres y de los pueblos.

281

La realización histórica de este servicio evangelizador resultará siempre ardua y dramática, porque el

pecado, fuerza de ruptura, obstaculizará permanentemente el crecimiento en el amor y la comunión, tanto

desde el corazón de los hombres, como desde las diversas estructuras por ellos creadas, en las cuales el

pecado de sus autores ha impreso su huella destructora. En este sentido, la situación de miseria,

marginación, injusticia y corrupción que hiere a nuestro continente, exige del Pueblo de Dios y de cada

cristiano un auténtico heroísmo en su compromiso evangelizador, a fin de poder superar semejantes

obstáculos. Ante tal desafío, la Iglesia se sabe limitada y pequeña, pero se siente animada por el Espíritu y

protegida por María. Su intercesión poderosa le permitirá superar las "estructuras de pecado" en la vida

personal y social y le obtendrá la "verdadera liberación" que viene de Cristo Jesús (Juan Pablo II, Zapopán

11).

2.4. María, Madre y Modelo de la Iglesia.

282

En nuestros pueblos, el Evangelio ha sido anunciado, presentando a la Virgen María como su

realización más alta. Desde los orígenes - en su aparición y advocación de Guadalupe -, María constituyó

el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo con quienes ella

nos invita a entrar en comunión. María fue también la voz que impulsó a la unión entre los hombres y los

pueblos. Como el de Guadalupe, los otros santuarios marianos del continente son signos del encuentro de

la fe de la Iglesia con la historia latinoamericana.

283

Pablo VI afirmó que la devoción a María es "un elemento cualificador" e "intrínseco" de la "genuina

piedad de la Iglesia" y del "culto cristiano" (Cfr. M.C.Intr., 56). Esto es una experiencia vital e histórica de

América Latina. Esa experiencia, lo señala Juan Pablo II, pertenece a la íntima "identidad propia de estos

pueblos" (Juan Pablo II, Zapopán 2).

284

El pueblo sabe que encuentra a María en la Iglesia Católica. La piedad mariana ha sido, a menudo, el

vínculo resistente que ha mantenido fieles a la Iglesia sectores que carecían de atención pastoral adecuada.

285

El pueblo creyente reconoce en la Iglesia la familia que tiene por madre a la Madre de Dios. En la

Iglesia confirma su instinto evangélico según el cual María es el modelo perfecto del cristiano, la imagen

ideal de la Iglesia.

María, Madre de la Iglesia.

286

La Iglesia "instruida por el Espíritu Santo venera" a María "como madre amantísima, con afecto de

piedad filial" (LG 13). En esa fe, el Papa Pablo VI quiso proclamar a María como "Madre de la Iglesia"

(Cfr. AAS, 1964,1007).

287

Se nos ha revelado la admirable fecundidad de María. Ella se hace Madre de Dios, del Cristo histórico

en el fiat de la anunciación, cuando el Espíritu Santo la cubre con su sombra. Es Madre de la Iglesia

porque es Madre de Cristo, Cabeza del Cuerpo místico. Además, es nuestra Madre "por haber cooperado

con su amor" (LG 53) en el momento en que del corazón traspasado de Cristo nacía la familia de los

redimidos; "por eso es nuestra madre en el orden de la gracia"(LG 61). Vida de Cristo que irrumpe

victoriosa en Pentecostés, donde María imploró para la Iglesia el Espíritu Santo vivificador.

288

 

La Iglesia, con la Evangelización, engendra nuevos hijos. Ese proceso que consiste en "transformar

desde dentro" en "renovar a la misma humanidad" (EN 18) es un verdadero volver a nacer. En ese parto,

que siempre se reitera, María es nuestra Madre. Ella, gloriosa en el cielo, actúa en la tierra. Participando

del señorío de Cristo Resucitado, "con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía

peregrinan"(LG 62); su gran cuidado es que los cristianos tengan vida abundante y lleguen a la madurez de

la plenitud de Cristo (Cfr. Jn. 10,10; Ef. 4,13).

289

María no sólo vela por la Iglesia. Ella tiene un corazón tan amplio como el mundo e implora ante el

Señor de la historia por todos los pueblos. Esto lo registra la fe popular que encomienda a María, como

Reina material, el destino de nuestras naciones.

290

Mientras peregrinamos, María será la Madre educadora de la fe (LG 63). Cuida de que el Evangelio

nos penetre, conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad. Ella tiene que ser cada vez más la

pedagoga del Evangelio en América Latina.

291

María es verdaderamente Madre de la Iglesia. Marca al Pueblo de Dios. Pablo VI hace suya una

concisa fórmula de la tradición: "No se puede hablar de la Iglesia si no está presente María" (MC 28). Se

trata de una presencia femenina que crea el ambiente familiar, la voluntad de acogida, el amor y el respeto

por la vida. Es presencia sacramental de los rasgos maternales de Dios. Es una realidad tan hondamente

humana y santa que suscita en los creyentes las plegarias de la ternura, del dolor y de la esperanza.

María, Modelo de la Iglesia.

292

Según el plan de Dios, en María "todo está referido a Cristo y todo depende de El" (MC 25). Su

existencia entera es una plena comunión con su Hijo. Ella dio su sí a ese designio de amor. Libremente lo

aceptó en la anunciación y fue fiel a su palabra hasta el martirio del Gólgota. Fue la fiel acompañante del

Señor en todos sus caminos. La maternidad divina la llevó a una entrega total. Fue un don generoso,

lúcido y permanente. Anudó una historia de amor a Cristo íntima y santa, única, que culmina en la gloria.

293

María, llevada a la máxima participación con Cristo, es la colaboradora estrecha en su obra. Ella fue

"algo del todo distinto de una mujer pasivamente remisiva o de religiosidad alienante" (MC 37). No es sólo

el fruto admirable de la redención; es también la cooperadora activa. En María se manifiesta preclarmente

que Cristo no anula la creatividad de quienes le siguen. Ella, asociada a Cristo, desarrolla todas sus

capacidades y responsabilidades humanas, hasta llegar a ser la nueva Eva junto al nuevo Adán. María, por

su cooperación libre en la historia. Por esta comunión y participación, la Virgen Inmaculada vive ahora

inmersa en el misterio de la Trinidad, alabando la gloria de Dios e intercediendo por los hombres.

Modelo para la Vida de la Iglesia y de los Hombres.

294

Ahora, cuando nuestra Iglesia latinoamericana quiere dar un nuevo paso de fidelidad a su Señor,

miramos la figura viviente de María. Ella nos enseña que la virginidad es un don exclusivo a Jesucristo, en

que la fe, la pobreza y la obediencia al Señor se hacen fecundas por la acción del Espíritu. Así también la

Iglesia quiere ser madre de todos los hombres, no a costa de su amor a Cristo, distrayéndose de El o

postergándolo, sino por su comunión íntima y total con El. La virginidad maternal de María conjuga en el

misterio de la Iglesia esas dos realidades: toda de Cristo y con El, toda servidora de los hombres. Silencio,

contemplación y adoración, que originan la más generosa respuesta al envío, la más fecunda

Evangelización de los pueblos.

295

María, Madre, despierta el corazón filial que duerme en cada hombre. En esta forma, nos lleva a

desarrollar la vida del bautismo por el cual fuimos hechos hijos. Simultáneamente, ese carisma maternal

hace crecer en nosotros la fraternidad. Así María hace que la Iglesia se sienta familia.

296

María es reconocida como modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe (Cfr. Mc. 3,31-34).

Ella es la creyente en quien resplandece la fe como don, apertura, respuesta y fidelidad.

297

 

Es la perfecta discípula que se abre a la Palabra y se deja penetrar por su dinamismo: cuando no la

comprende y queda sorprendida, no la rechaza o relega; la medita y la guarda (Cfr. Lc. 2,51). Y cuando

suena duro a sus oídos, persiste confiadamente en el diálogo de fe con el Dios que le habla; así en la

escena del hallazgo de Jesús en el templo y en Caná, cuando su Hijo rechaza inicialmente su súplica y a

asociarse a la cruz, como al único árbol de la vida. Por su fe es la Virgen fiel, en quien se cumple la

bienaventuranza mayor: "feliz la que ha creído" (Lc. 1,45) (Juan Pablo II, Homilía Guadalupe. AAS LXXI,

p. 164).

Bendita entre todas las Mujeres.

298

La Inmaculada Concepción nos ofrece en María el rostro del hombre nuevo redimido por Cristo, en el

cual Dios recrea "más maravillosamente aún" (Colecta de la Natividad de Jesús) el proyecto del paraíso.

En la Asunción se nos manifiesta el sentido y el destino del cuerpo santificado por la gracia. En el cuerpo

glorioso de María comienza la creación material a tener parte en el cuerpo resucitado de Cristo. María

Asunta es la integridad humana, cuerpo y alma que ahora reina intercediendo por los hombres, peregrinos

en la historia. Estas verdades y misterio alumbran un continente donde la profanación del hombre es una

constante y donde muchos se repliegan es un pasivo fatalismo.

299

María es mujer. Es "la bendita entre todas la mujeres". En ella Dios dignificó a la mujer en dimensiones

insospechadas. En María el Evangelio penetró la feminidad, la redimió y la exaltó. Esto es de capital

importancia para nuestro horizonte cultural, en el que la mujer debe ser valorada mucho más y donde sus

tareas sociales se están definiendo más clara y ampliamente. María es garantía de la grandeza femenina,

muestra la forma específica del ser mujer, con esa vocación de ser alma, entrega que espiritualice la carne

y encarne el espíritu.

Modelo del Servicio Eclesial en América Latina.

300

La Virgen María se hizo la sierva del Señor. La Escritura la muestra como la que, yendo a servir a

Isabel en la circunstancia del parto, le hace el servicio mucho mayor de anunciarle el Evangelio con las

palabras del Magnificat. En Caná está atenta a las necesidades de la fiesta y su intercesión provoca la fe de

los discípulos que "creyeron en El" (Jn. 2,11). Todo su servicio a los hombres es abrirlos al Evangelio e

invitarlos a su obediencia: "Haced lo que El os diga" (Jn. 2,5).

301

Por medio de María, Dios se hizo carne; entró a formar parte de un pueblo; constituyó el centro de la

historia. Ella es el punto de enlace del cielo con la tierra. Sin María, el Evangelio se desencarna, se

desfigura y se transforma en ideología, es racionalismo espiritualista.

302

Pablo VI señala la amplitud del servicio de María con palabras que tienen un eco muy actual en

nuestro continente: ella es "una mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio

Cfr.Mt. 3,13-23): situaciones estas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con

espíritu evangélico las energías liberadoras del hombre y de la sociedad. Se presentará María como mujer

que con su acción favoreció la fe de la comunidad apostólica en Cristo (Cfr. Jn. 2,1-12) y cuya función

maternal se dilató, asumiendo sobre el Calvario dimensiones universales" (MC 37).

303

El pueblo latinoamericano sabe todo esto. La Iglesia es consciente de que "lo que importa es

evangelizar no de una manera decorativa, como un barniz superficial" (EN 20). Esa Iglesia, que con nueva

lucidez y decisión quiere Evangelizar en lo hondo, en la raíz, en la cultura del pueblo, se vuelve a María

para que el Evangelio se haga más carne, más corazón de América Latina. Esta es la hora de María,

tiempo de un nuevo Pentecostés que ella preside con su oración, cuando, bajo el influjo del Espíritu Santo,

inicia la Iglesia un nuevo tramo en su peregrinar. Que María sea en este camino "estrella de la

Evangelización siempre renovada" (EN 81)

3. La verdad sobre el Hombre: la Dignidad Humana.

304

Visión cristiana del hombre, tanto a la luz de la fe como de la razón, para juzgar su situación en

América Latina en orden a contribuir a la edificación de una sociedad más cristiana y por tanto, más

humana.

1. Visiones Inadecuadas del Hombre en América Latina.

1.1. Introducción.

305

En el misterio de Cristo, Dios baja hasta el abismo del ser humano para restaurar desde dentro su

dignidad. La fe en Cristo nos ofrece, así, los criterios fundamentales para obtener una visión integral del

hombre que, a su vez, ilumina y completa la imagen concebida por la filosofía y los aportes de las demás

ciencias humanas, respecto al ser del hombre y a su realización.

306

Por su parte, la Iglesia tiene el derecho y el deber de anunciar a todos los pueblos la visión cristiana de

la persona humana, pues sabe que la necesita para iluminar la propia identidad y el sentido de la vida y

porque profesa que todo atropello a la dignidad del hombre es atropello al mismo Dios, de quien es

imagen. Por lo tanto, la Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina exige de la Iglesia

una palabra clara sobre la dignidad del hombre. Con ella se quiere rectificar o integrar tantas visiones

inadecuadas que se propagan en nuestro continente, de las cuales, unas atentan contra la identidad y la

genuina libertad; otras impiden la comunión; otras no promueven la participación con Dios y con los

hombres.

307

América Latina constituye el espacio histórico donde se da el encuentro de tres universos culturales: el

indígena, el blanco y el africano, enriquecidos después por diversas corrientes migratorias. Se da, al

mismo tiempo, una convergencia de formas distintas de ver el mundo, el hombre y Dios y de reaccionar

frente a ellos. Se ha fraguado una especie de mestizaje latinoamericano. Aunque en su espíritu permanece

una base de vivencias religiosas marcadas por el Evangelio, emergen también y se entremezclan

cosmovisiones ajenas a la fe cristiana. Con el tiempo, teorías e ideologías introducen en nuestro continente

nuevos enfoques sobre el hombre que parcializan o deforman aspectos de su visión integral o se cierran a

ella.

1.2. Visión Determinista.

308

No se puede desconocer en América Latina la erupción del alma religiosa primitiva a la que se liga una

visión de la persona como prisionera de las de las formas mágicas de ver el mundo y actuar sobre él. El

hombre no es dueño de sí mismo sino víctima de fuerzas ocultas. En esta visión determinista, no le cabe

otra actitud sino colaborar con esas fuerzas o anonadarse ante ellas (de aquí la práctica de la hechicería y

el interés creciente por los horóscopos en algunas regiones). Se agrega a veces, la creencia en la

reencarnación por parte de los adeptos de varias formas de espiritismo y de religiones orientales. No

pocos cristianos, al ignorar la autonomía propia de la naturaleza y de la historia, continúan creyendo que

todo lo que acontece es determinado e impuesto por Dios.

309

Una variante de esta visión determinista, pero más de tipo fatalista y social, se apoya en la idea errónea

de que los hombres no son fundamentalmente iguales. Semejante diferencia articula en las relaciones

humanas muchas discriminaciones y marginaciones incompatibles con la dignidad del hombre. Más que en

teoría, esa falta de respeto a la persona se manifiesta en expresiones y actitudes de quienes se juzgan

superiores a otros. De aquí, con frecuencia, la situación de desigualdad en que viven obreros, campesinos,

indígenas, empleadas domésticas y tantos otros sectores.

1.3. Visión Psicologista.

310

Restringida ahora a ciertos sectores de la sociedad latinoamericana, cobra cada vez más importancia la

idea de que la persona humana se reduce en última instancia a su psiquismo. En la visión psicologista del

hombre, según su expresión más radical, se nos presenta la persona como víctima del instinto

fundamental erótico o como un simple mecanismo de respuesta a estímulos, carente de libertad. Cerrada a

Dios y a los hombres, ya que la religión como la cultura y la propia historia serían apenas sublimaciones

del instinto sensual, la negación de la propia responsabilidad conduce no pocas veces al pansexualismo y

justifica el machismo latinoamericano.

1.4. Visiones Economicistas.

311

Bajo el signo de lo económico, se pueden señalar en América Latina tres visiones del hombre que,

aunque distintas, tienen una raíz común. De las tres, quizás la menos consciente y, con todo, la más

generalizada es la visión consumista. La persona humana está como lanzada en el engranaje de la máquina

de la producción industrial; se la ve apenas como instrumento de producción y objeto de consumo. Todo

se fabrica y se vende en nombre de los valores del tener, del poder y del placer como si fueran sinónimos

de la felicidad humana. Impidiendo así el acceso a los valores espirituales, se promueve, en razón del

lucro, una aparente y muy onerosa "participación" en el bien común.

312

Al servicio de la sociedad de consumo, pero proyectándose más allá de la misma, el liberalismo

económico, de praxis marxista, nos presenta una visión individualista del hombre. Según ella, la dignidad

de la persona consiste en la eficacia económica y en la libertad individual. Encerrada en sí misma y

aferrada frecuentemente a un concepto religioso de salvación individual, se ciega a las exigencias de la

justicia social y se coloca al servicio del imperialismo internacional del dinero, al cual se asocian muchos

gobiernos que olvidan sus obligaciones en relación al bien común.

313

Opuesto al liberalismo económico en su forma clásica y en lucha permanente contra sus injustas

consecuencias, el marxismo clásico substituye la visión individualista del hombre por una visión

colectivista, casi mesiánica, del mismo. La meta de la existencia humana se pone en el desarrollo de las

fuerzas materiales de producción. La persona no es originariamente su conciencia; está más bien

constituida por su existencia social. Despojada del arbitrio interno que le puede señalar el camino para su

realización personal, recibe normas de comportamiento únicamente de quienes son responsables del

cambio de las estructuras socio-político-económicas. Por eso, desconoce los derechos del hombre,

especialmente el derecho a la libertad religiosa, que está a la base de todas las libertades (Cfr. Juan Pablo

II, Disc. inaugural III, 1. AAS LXXI, p. 198). De esta forma, la dimensión religiosa cuyo origen estaría en

los conflictos de la infraestructura económica, se orienta hacia una fraternidad mesiánica sin relación a

Dios. Materialista y ateo, el humanismo marxista reduce el ser humano en última instancia a las

estructuras exteriores.

1.5. Visión Estatista.

314

Menos conocida pero actuante en la organización de no pocos gobiernos latinoamericanos, la visión

que podríamos llamar estatista del hombre tiene su base en la teoría de la Seguridad Nacional. Pone al

individuo al servicio ilimitado de la supuesta guerra total contra los conflictos culturales, sociales, políticos

y económicos y, mediante ellos, contra la amenaza del comunismo. Frente a este peligro permanente, real

o posible, se limitan, como en toda situación de emergencia, las libertades individuales y la voluntad del

estado se confunde con la voluntad de la nación. El desarrollo económico y el potencial bélico se

superponen a las necesidades de las masas abandonadas. Aunque necesaria a toda organización política, la

Seguridad Nacional vista bajo este ángulo se presenta como un absoluto sobre las personas; en nombre de

ella se institucionaliza la inseguridad de los individuos.

1.6. Visión Cientista.

315

La organización técnico-cientista de ciertos países está engendrando una visión cientista del hombre

cuya vocación es la conquista del universo. En esta visión, sólo se reconoce como verdad lo que la ciencia

puede demostrar; el mismo hombre se reduce a su definición científica. En nombre de la ciencia todo se

justifica, incluso lo que constituye una afrenta a la dignidad humana. Al mismo tiempo se someten las

comunidades nacionales a decisiones de un nuevo poder, la tecnocracia. Una especie de ingeniería social

puede controlar los espacios de libertad de individuos e instituciones, con el riesgo de reducirlos a meros

elementos de cálculo.

2. Reflexión Doctrinal.

2.1. Proclamación Fundamental.

316

Es grave obligación nuestra proclamar, ante los hermanos de América Latina, la dignidad que a todos,

sin distinción alguna les es propia (Cfr. Gén. 1,26-28; 9, 2-7; Eclo. 17, 2-4; Sab. 9,2-3-; Sal. 8,5-9) y que

sin embargo vemos conculcadas tantas veces en forma extrema. A reivindicar tal dignidad nos mueve la

revelación contenida en el mensaje y en la persona misma de Jesucristo: El "conocía lo que hay en el

hombre" (Jn. 2,25); con todo, no vaciló en "tomar la forma de esclavo" (Flp. 2,7) ni rechazó vivir hasta la

muerte junto a los postergados para hacerlos partícipes de la exaltación que El mismo mereció de Dios

Padre.

317

Profesamos, pues, que todo hombre y toda mujer (Cfr. Gál. 5,13-24) por más insignificantes que

parezcan, tienen en sí una nobleza inviolable que ellos mismos y los demás deben respetar y hacer respetar

sin condiciones; que toda vida humana merece por sí misma, en cualquier circunstancia, su dignificación;

que toda convivencia humana tiene que fundarse en el bien común, consistente en la realización cada vez

más fraterna de la común dignidad, lo cual exige no instrumentalizar a unos en favor de otros y estar

dispuestos a sacrificar aun bienes particulares.

318

Condenamos todo menosprecio, reducción o atropello de las personas y de sus derechos inalienables;

todo atentado contra la vida humana, desde la oculta en el seno materno, hasta la que se juzga como inútil

y la que se está agotando en la ancianidad; toda violación o degradación de la convivencia entre los

individuos, los grupos sociales y las naciones.

319

Es cierto que el misterio del hombre sólo se ilumina perfectamente por la fe en Jesucristo (Cfr. GS

22; Juan Pablo II, Discurso inaugural I, 9. AAS LXXI, p. 195) que ha sido para América Latina fuente

histórica del anhelo de dignidad, hoy clamoroso en nuestros pueblos creyentes y sufridos. Sólo la

aceptación y el seguimiento de Jesucristo nos abren a las certidumbres más confortantes y a las

exigencias más apremiantes de la dignidad humana, ya que ésta radica en la gratuita vocación a la vida que

el Padre Celestial va haciendo oír de modo nuevo, a través de los combates y las esperanzas de la historia.

Pero no nos cabe duda de que, al luchar por la dignidad, estamos unidos también a otros hombres lúcidos

que, con un esfuerzo sincero por liberarse de engaños y apasionamientos, siguen la luz del espíritu que el

Creador les ha dado, para reconocer en la propia persona y en la de los demás un don magnífico, un valor

irrenunciable, una tarea trascendente.

320

De este modo, nos sentimos urgidos a cumplir por todos los medios lo que puede ser el imperativo

original de esta hora de Dios en nuestro continente; una audaz profesión cristiana y una eficaz promoción

de la dignidad humana y de sus fundamentos divinos, precisamente entre quienes más lo necesitan, ya sea

porque la desprecian, ya sobre todo porque, sufriendo ese desprecio, buscan - acaso a tientas- la libertad

de los hijos de Dios y el advenimiento del hombre nuevo en Jesucristo.

2.2. Dignidad y Libertad.

321

Tiene que revalorarse entre nosotros la imagen cristiana de los hombres; tiene que volver a resonar

esa palabra en que viene recogiéndose ya de tiempo atrás un excelso ideal de nuestros pueblos:

LIBERTAD. Libertad que es a un tiempo don y tarea. Libertad que no se alcanza de veras sin liberación

integral (Cfr. Jn. 8,36) y que es, en un sentido válido, meta del hombre según nuestra fe, puesto que "para

la libertad, Cristo nos ha liberado" (Gál. 5,1), a fin de que tengamos vida y la tengamos en abundancia

(Cfr. Jn. 10,11) como "hijos de Dios y coherederos con el mismo Cristo" (Rom. 8,17).

322

La libertad implica siempre aquella capacidad que en principio tenemos todos para disponer de

nosotros mismos (Cfr. GS 17) a fin de ir construyendo una comunión y una participación que han de

plasmarse en realidades definitivas, sobre tres planos inseparables: la relación del hombre con el mundo,

como señor; con las personas como hermano y con Dios como hijo.

323

Por la libertad, proyectada sobre el mundo material de la naturaleza y de la técnica, el hombre -

siempre en comunidad de esfuerzos múltiples- logra la inicial realización de su dignidad: someter ese

mundo a través del trabajo y de la sabiduría y humanizarlo, de acuerdo con el designio del Creador.

324

Pero la dignidad del hombre verdaderamente libre, exige que no se deje encerrar (Cfr. Mt. 4,4,; Lc.

4,4,; Dt. 8,3) en los valores del mundo, particularmente en los bienes materiales, sino que, como ser

espiritual, se libere de cualquier esclavitud y vaya más allá, hacia el plano superior de las relaciones

personales, en donde se encuentra consigo mismo y con los demás. La dignidad de los hombres se realiza

aquí en el amor fraterno, entendido con toda amplitud que le ha dado el Evangelio y que incluye el servicio

mutuo, la aceptación y promoción práctica de los otros, especialmente de los más necesitados (Cfr. GS

24).

325

No sería posible, sin embargo, el auténtico y permanente logro de la dignidad humana en este nivel, si

no estuviéramos al mismo tiempo auténticamente liberados para realizarnos en el plano trascendente. Es el

plano del Bien Absoluto en el que siempre se juega nuestra libertad, incluso cuando parecemos ignorarlo;

en el plano de la ineludible confrontación con el misterio divino de alguien que como Padre llama a los

hombres, los capacita para ser libres, los guía providentemente y, ya que ellos pueden cerrarse a El e

incluso rechazarlo, los juzga y sanciona para vida o para muerte eterna, según lo que los hombres mismos

han realizado libremente. Inmensa responsabilidad que es otro signo de la grandeza, pero también del

riesgo que la dignidad humana incluye.

326

A través de la indisoluble unidad de estos tres planos aparecen mejor las exigencias de comunión y

participación que brotan de esa dignidad. Si sobre el plano trascendente se realiza en plenitud nuestra

libertad por la aceptación filial y fiel a Dios, entramos en comunión de amor con el misterio divino;

participamos de su misma vida (Cfr. Gs 18). Lo contrario es romper con el amor de hijos, rechazar y

menospreciar al Padre. Son dos posibilidades extremas que la revelación cristiana llama gracia y pecado;

pero estas no se realizan sino extendiéndose simultáneamente a los otros dos planos, con inmensas

consecuencias para la dignidad humana.

327

 

El amor de Dios que nos dignifica radicalmente, se vuelve por necesidad comunión de amor con los

demás hombres y participación fraterna; para nosotros, hoy, debe volverse, principalmente obra de justicia

para los oprimidos (Cfr. Lc. 4,18) esfuerzo de liberación para quienes más lo necesitan. En efecto, "nadie

puede amar a Dios, a quien no ve, si no ama al hermano a quien ve" (1 Jn. 4,20). Con todo, la comunión y

participación verdaderas sólo pueden existir en esta vida proyectadas sobre el plano muy concreto de las

realidades temporales, de modo que el dominio, uso y transformación de los bienes de la tierra; de la

cultura de la ciencia y de la técnica, vayan realizándose en un justo y fraternal señorío del hombre sobre el

mundo, teniendo en cuenta el respeto de la ecología. El Evangelio nos debe enseñar que, ante las realidades

que vivimos, no se puede hoy en América Latina amar de veras al hermano y por lo tanto a Dios, sin

comprometerse a nivel personal y en muchos casos, incluso, a nivel de estructuras, con el servicio y la

promoción de los grupos humanos y de los estratos sociales más desposeídos y humillados, con todas las

consecuencias que se siguen en el plano de esas realidades temporales.

328

Pero a la actitud personal del pecado, a la ruptura con Dios que envilece al hombre, corresponde

siempre en el plano de las relaciones interpersonales, la actitud de egoísmo, de orgullo, de ambición y

envidia que generan injusticia, dominación, violencia a todos los niveles; lucha entre individuos, grupos,

clases sociales y pueblos, así como corrupción, hedonismo, exacerbación del sexo y superficialidad en las

relaciones mutuas (Cfr. Gál. 5, 19-21). Consiguientemente se establecen situaciones de pecado que, a

nivel mundial, esclavizan a tantos hombres y condicionan adversamente a la libertad de todos.

329

Tenemos que liberarnos de este pecado; del pecado, destructor de la dignidad humana. Nos liberamos

por la participación en la vida nueva que nos trae Jesucristo y por la comunión con El, en el misterio de su

muerte y de su resurrección, a condición de que vivamos ese misterio en los tres planos ya expuestos, sin

hacer exclusivo ninguno de ellos. Así no lo reduciremos ni al verticalismo de una desencarnada unión

espiritual con Dios, ni a un simple personalismo existencial de lazos entre individuos o pequeños grupos, ni

mucho menos al horizontalismo socio-económico-político (Cfr. Juan Pablo II, Disc. inaugural III, 6.AAS

LXXI, p. 202-203).

2.3. El Hombre Renovado en Jesucristo.

330

El pecado está minando la dignidad humana que Cristo ha rescatado. A través de su mensaje, de su

muerte y resurrección, nos ha dado su vida divina: dimensión insospechada y eterna de nuestra existencia

terrena (Cfr. 1 Cor. 15,48-49. Jesucristo, viviente en su Iglesia, sobre todo entre los más pobres, quiere

hoy enaltecer esta semejanza de Dios en su pueblo: por la participación del Espíritu Santo en Cristo,

también nosotros podemos llamar Padre a Dios y nos hacemos radicalmente hermanos. El nos hace tomar

conciencia del pecado contra la dignidad humana que abunda en América Latina; en cuanto este pecado

destruye la vida divina en el hombre, es el mayor daño que una persona puede inferirse a sí misma y a los

demás. Jesucristo, en fin, nos ofrece su gracia, más abundante que nuestro pecado (Cfr. Rom. 5, 20). De

El nos viene el vigor para liberarnos y liberar a otros del misterio de iniquidad.

331

Jesucristo ha restaurado la dignidad original que los hombres habían recibido al ser creados por Dios a

su imagen (Cfr. Gén. 1), llamados a una santidad o consagración total al Creador y destinados a conducir

la historia hacia la manifestación definitiva de ese Dios (Cfr. Ef. 1; Col. 1), que difunde su bondad para

alegría eterna de sus hijos en un Reino que ya ha comenzado.

332

En Jesucristo llegamos a ser hijos de Dios, sus hermanos y partícipes de su destino, como agentes

responsables movidos por el Espíritu Santo a construir la Iglesia del Señor Cfr. 2 Cor. 5,17).

333

En Jesucristo hemos descubierto la imagen del "hombre nuevo" (Col. 3,10), con la que fuimos

configurados por el bautismo y sellados por la confirmación, imagen también de lo que todo hombre está

llamado a ser, fundamento último de su dignidad. Al presentar a la Iglesia, hemos mostrado cómo en ella

ha de expresarse y realizarse comunitariamente la dignidad humana. En María hemos encontrado la figura

concreta en que culmina toda liberación y santificación en la Iglesia. Estas figuras tienen que robustecer,

hoy, los esfuerzos de los creyentes latinoamericanos en su lucha por la dignidad humana.

334

Ante Cristo y María deben revalorizarse en América Latina los grandes rasgos de la verdadera imagen

del hombre y de la mujer: todos fundamentalmente iguales y miembros de la misma estirpe, aunque en

diversidad de sexos, lenguas, culturas y formas de religiosidad, tenemos por vocación común un único

destino que - por incluir el gozoso anuncio de nuestra dignidad- nos convierte en evangelizados y

evangelizadores de Cristo en este continente (Cfr. Génm. 2, 18-25).

335

En esta pluralidad e igualdad de todos, cada uno conserva su valor su puesto irrepetibles, pues

también cada hombre latinoamericano debe sentirse amado por Dios y elegido por El eternamente (Cfr. 1

Jn. 3,1), por más que lo envilezcan, o por poco que se estime a sí mismo. Personas en diálogo, no

podemos realizar nuestra dignidad sino como dueños corresponsables del destino común, para el que Dios

nos ha capacitado; inteligentes, esto es, aptos para discernir la verdad y seguirla frente al error y al

engaño; libres, no sometidos inexorablemente a los procesos económicos y políticos, aunque

humildemente nos reconocemos condicionados por estos y obligados a humanizarlos; sometidos, en

cambio, a una ley moral que viene de Dios y se hace oír en la conciencia de los individuos y de los

pueblos, para enseñar, para amonestar y reprender, para llenarnos de la verdadera libertad de los hijos de

Dios.

336

Por otra parte, Dios nos da la existencia en un cuerpo por el que podemos comunicarnos con los

demás y ennoblecer el mundo; por ser hombres necesitamos de la sociedad en que estamos inmersos y

que vamos transformando y enriqueciendo con nuestro aporte en todos los niveles, desde la familia y los

grupos intermedios, hasta el Estado cuya función indispensable ha de ejercerse al servicio de las personas

y la misma comunidad internacional. Su integración es necesaria, sobre todo la integración

latinoamericana.

337

Nos alegramos, pues, de que también en nuestros pueblos se legisle en defensa de los derechos

humanos.

338

La Iglesia tiene obligación de poner de relieve ese aspecto integral de la Evangelización, primero con la

constante revisión de su propia vida, y luego, con el anuncio fiel y la denuncia profética. Para que todo

esto se haga discernimiento de las situaciones y de los llamados concretos que el Señor hace en cada

tiempo, lo cual exige actitud de conversión y apertura y un serio compromiso con lo que se ha discernido

como auténticamente evangélico.

339

Sólo así se llegará a vivir lo más propio del mensaje cristiano sobre la dignidad humana, que consiste

en ser más y no tener más (Cfr. GS 35a); esto se vivirá tanto entre los hombres que, acosados por el

sufrimiento, la miseria, la persecución y la muerte, no vacilan en aceptar la vida con el espíritu de las

bienaventuranzas, cuanto entre aquellos que, renunciando a una vida placentera y fácil, se dedican a

practicar de un modo realista en el mundo de hoy las obras de servicio a los demás, criterio y medida con

que Dios ha de juzgar, incluso a quienes no lo hayan conocido (Cfr. Mt. 25).

Capítulo II. ¿Qué es Evangelizar?

340

Nuestro Pueblo clama por la salvación y comunión que el Padre le ha preparado y, en medio de su

lucha por vivir y encontrar el sentido profundo de la vida, espera de nosotros el anuncio de la Buena

Noticia.

341

¿Qué es, pues, evangelizar? ¿Quién espera nuestro anuncio? ¿Cuál es la transformación de personas y

culturas que la semilla del Evangelio ha de hacer germinar? ¿Qué nos enseña la Iglesia sobre la auténtica

liberación cristiana? ¿Cómo evangelizar la cultura y la religiosidad de nuestro Pueblo? ¿Qué dice el

Evangelio al hombre que anhela su promoción y quiere vivir su compromiso político-social?

Proponemos nuestra reflexión acerca de estos interrogantes.

CONTENIDO:

1. EVANGELIZACION, DIMENSION UNIVERSAL Y CRITERIOS

2. EVANGELIZACION Y CULTURA

3. EVANGELIZACION Y RELIGIOSIDAD POPULAR

4. EVANGELIZACION, LIBERACION Y PROMOCION HUMANA

5. EVANGELIZACION, IDEOLOGIAS Y POLITICA

1. Evangelización, Dimensión Universal y Criterios.

1.1. Situación.

342

Desde hace cinco siglos estamos evangelizando en América Latina. Hoy vivimos un momento grande

y difícil de Evangelización. Es verdad que la fe de nuestros pueblos se expresa con evidencia, pero

comprobamos que no siempre ha llegado a su madurez y que está amenazada por la presión secularista,

por las sacudidas que traen consigo los cambios culturales, por las ambigüedades teológicas que existen

en nuestro medio y por el influjo de sectas proselitistas y sincretismos foráneo. Nuestra Evangelización

está marcada por algunas preocupaciones particulares y acentos más fuertes:

343

- la redención integral de las culturas, antiguas y nuevas de nuestro continente, teniendo en cuenta la

religiosidad de nuestros pueblos (EN 18,20);

344

- la promoción de la dignidad del hombre y la liberación de todas las servidumbres e idolatrías (EN

29ss);

345

- la necesidad de hacer penetrar el vigor del Evangelio hasta los centros de decisión, "las fuentes

inspiradoras y los modelos de la vida social y política"(EN 19).

346

Nuestros evangelizadores padecen en algunos casos cierta confusión y desorientación acerca de su

identidad, del significado mismo de la Evangelización, de su contenido y de sus motivaciones profundas.

347

Para responder a esa situación y dar un nuevo impulso a la Evangelización, queremos decir una

palabra clara y esperanzadora que aliente a evangelizar con gozo y audacia a nuestros pueblos, en quienes

percibimos un anhelo profundo por recibir el Evangelio. Con este fin, recordamos el sentido de la

Evangelización, su dimensión y destino universal como también los criterios y signos que manifiestan su

autenticidad.

1.2. El Ministerio de la Evangelización.

348

La misión evangelizadora es de todo el Pueblo de Dios. Es su vocación primordial, "su identidad más

profunda" (EN 14). Es su gozo. El Pueblo de Dios con todos sus miembros, instituciones y planes, existe

para evangelizar. El dinamismo del Espíritu de Pentecostés lo anima y lo envía a todas las gentes. Nuestras

Iglesias particulares han de escuchar con renovado entusiasmo el mandamiento del Señor: "Id, pues, y

haced discípulos a todas las gentes" (Mt. 28,19).

349

La Iglesia se convierte cada día a la Palabra de verdad; sigue a Cristo encarnado, muerto y resucitado,

por los caminos de la historia y se hace servidora del Evangelio para transmitirlo a los hombres con plena

fidelidad.

350

A partir de la persona llamada a la comunión con Dios y con los hombres, el Evangelio debe penetrar

en su corazón, en sus experiencias y modelos de vida, en su cultura y ambientes, para hacer una nueva

humanidad con hombres nuevos y encaminar a todos hacia una nueva manera de ser, de juzgar, de vivir y

de convivir. Todo esto es un servicio que nos urge.

351

Afirmamos que la Evangelización "debe contener siempre una clara proclamación de que en

Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres,

como don de la gracia y de la misericordia de Dios" (EN 27). He aquí lo que es base, centro y a la vez

culmen de su dinamismo, el contenido esencial de la Evangelización".

352

La Evangelización da a conocer a Jesús como el Señor, que nos revela al Padre y nos comunica su

Espíritu. Nos llama a la conversión que es reconciliación y vida nueva, nos lleva a la comunión con el

Padre que nos hace hijos y hermanos. Hace brotar, por la caridad derramada en nuestros corazones,

frutos de justicia, de perdón, de respeto, de dignidad, de paz en el mundo.

353

La salvación que nos ofrece Cristo da sentido a todas las aspiraciones y realizaciones humanas pero

las cuestiona y las desborda infinitamente. Aunque "comienza ciertamente en esta vida, tiene su

cumplimiento en la eternidad" (EN 27). Se origina en Cristo, en su encarnación, en toda su vida, "se logra

de manera definitiva en su muerte y resurrección". Se continúa en la historia de los hombres (Cfr. EN 9)

por el misterio de la Iglesia bajo la influencia permanente del Espíritu que la precede, la acompaña, le da

fecundidad apostólica.

354

Esta misma salvación, centro de la Buena Nueva, "es liberación de lo que oprime al hombre, pero,

sobre todo liberación del pecado y del maligno, dentro de la alegría de conocer a Dios y de ser conocido

por El, de verlo y de entregarse a El (EN 9).

355

Sin embargo, tiene "lazos muy fuertes" con la promoción humana en sus aspectos de desarrollo y

liberación (Cfr. EN 31), parte integrante de la evangelización. Estos aspectos brotan de la riqueza misma

de la salvación, de la actividad de la caridad de Dios en nosotros a la que quedan subordinados. La Iglesia

"no necesita, pues, recurrir a sistemas e ideologías para amar, defender, colaborar en la liberación del

hombre: en el centro del mensaje del cual es depositaria y pregonera, ella encuentra inspiración para actuar

en favor de la fraternidad, de la justicia, de la paz; contra las dominaciones, esclavitudes, discriminaciones,

violencias, atentados a la libertad religiosa, agresiones contra el hombre y cuanto atenta contra la vida"

(Juan Pablo II, Discurso inaugural III, 2).

La Iglesia, mediante su dinamismo evangelizador, genera este proceso:

356

- Da testimonio de Dios, revelado en Cristo por el Espíritu que clama en nosotros Abba "Padre" (Cfr.

Gál. 4,6-7). Así comunica la experiencia de su fe en El.

357

- Anuncia la Buena Nueva de Jesucristo mediante la Palabra de vida: anuncio que suscita la fe, la

predicación y la catequesis progresiva que la alimenta y la educa.

358

- Engendra la fe que es conversión del corazón, de la vida; entrega a Jesucristo; participación en su

muerte para que su vida se manifiesta en cada hombre (Cfr. 1 Cor. 4,10). Esta fe que también denuncia lo

que se opone a la construcción del Reino, implica rupturas necesarias ya veces dolorosas.

359

- Conduce al ingreso en la comunidad de los fieles que perseveran en la oración, en la convivencia

fraterna y celebran la fe y los sacramentos de la fe, cuya cumbre es la Eucaristía (Cfr. He. 2,42).

360

 

- Envía como misioneros a los que recibieron el Evangelio, con el ansia de que todos los hombres

sean ofrecidos a Dios y que todos los pueblos le alaben (Cfr. Rom. 15,16).

361

Así la Iglesia, en cada uno de sus miembros es consagrada en Cristo por el Espíritu, enviada a

predicar la Buena Nueva a los pobres (Cfr. Lc. 4,18) y a "buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc.

19,10).

1.3. Dimensión y Destino Universal de la Evangelización.

362

La Evangelización ha de calar hondo en el corazón del hombre y de los pueblos; por eso, su dinámica

busca la conversión personal y la transformación social. La Evangelización ha de extenderse a todas las

gentes; por eso, su dinámica busca la universalidad del género humano. Ambos aspectos son de actualidad

para evangelizar hoy y mañana en América Latina.

363

El fundamento de esta universalidad es ante todo el mandato del Señor: "Id, pues, y haced discípulos a

todas las gentes" (Mt. 28,19) y la misma unidad de la familia humana, creada por el mismo Dios que la

salva y la marca con su gracia. Cristo, muerto por todos, los atrae a todos por su glorificación en el

Espíritu. Cuanto más convertidos a Cristo, tanto más somos arrastrados por su anhelo universal de

salvación. Asimismo, cuanto más vital sea la Iglesia particular, tanto más se hará presente y visible a la

Iglesia universal y más fuerte será su movimiento misionero hacia los otros pueblos.

 

364

Nuestro primer servicio, para formar una comunidad eclesial más viva, consiste en hacer a nuestros

cristianos más fieles, maduros en la fe, alimentándolos con una catequesis adecuada y una liturgia

renovada.Ellos serán fermento en el mundo y darán a la Evangelización vigor y extensión.

365

Otra tarea consiste en atender a situaciones más necesitadas de evangelización:

- Situaciones Permanentes: nuestros indígenas habitualmente marginados de los bienes de la sociedad

y en algunos casos o no evangelizados o evangelizados en forma insuficiente; los afroamericanos, tantas

veces olvidados.

366

- Situaciones nuevas (AG 6) que nacen de cambios socio- culturales y requieren una nueva

Evangelización: emigrantes a otros países; grandes aglomeraciones urbanas en el propio país; masas de

todo estrato social en precaria situación de fe; grupos expuestos al influjo de las sectas y de las ideologías

que no respetan su identidad, confunden y provocan divisiones.

367

- Situaciones particularmente difíciles: grupos cuya evangelización es urgente pero queda muchas

veces postergada: universitarios, militares, obreros, jóvenes, mundo de la comunicación social, etc.

368

Finalmente, ha llegado para América Latina la hora de intensificar los servicios mutuos entre Iglesias

particulares y de proyectarse más allá de sus propios fronteras, "ad gentes". Es verdad que nosotros

mismos necesitamos misioneros. Pero, debemos dar desde nuestra pobreza. Por otra parte, nuestras

Iglesias pueden ofrecer algo original e importante; su sentido de salvación y de la liberación, la riqueza de

su religiosidad popular, la experiencia de las Comunidades Eclesiales de Base, la floración de sus

ministerios, su esperanza y la alegría de su fe. Hemos realizado ya esfuerzos misioneros que pueden

profundizarse y deben extenderse.

369

No podemos dejar de agradecer la generosa ayuda de la Iglesia universal y en ella de las Iglesias

hermanas, pidiendo que nos sigan acompañando, especialmente en la formación de agentes autóctonos.

Así nos veremos siempre fortalecidos para asumir este compromiso universal y tendremos mayor

capacidad de responder al servicio propio de nuestra Iglesia particular.

1.4. Criterios y Signos de Evangelización.

370

El evangelizador participa de la fe y de la misión de la Iglesia que le envía. Necesita criterios y signos

que permitan discernir lo que efectivamente corresponde a la fe y misión de la Iglesia, es decir, a la

voluntad de su Señor. "Mire cada cual cómo construye; pues nadie puede poner otro cimiento que el ya

puesto, Jesucristo" (1 Cor.3,10-11). "Vivid, pues, en Cristo, tal como le habéis recibido; apoyados en la

fe, tal como se os enseñó, rebosando en acción de gracias" (Col. 2,6-7; cfr. 1 Tes. 5,19-22).

371

Estos criterios y signos son inspiradores de una evangelización auténtica y viva. Las distorsiones y

perplejidades frenan o paralizan su dinamismo.

Presentamos los siguientes criterios fundamentales:

372

- La Palabra de Dios contenida en la Biblia y en la Tradición viva de la Iglesia, particularmente

expresada en los Símbolos o Profesiones de la fe y dogmas de la Iglesia. La Escritura debe ser el alma de

la evangelización. Pero no adquiere por sí sola su plena claridad. Debe ser leída e interpretada dentro de la

fe viva de la Iglesia. Nuestros Símbolos o Profesiones de fe resumen la Escritura y explicitan la sustancia

del Mensaje, poniendo de relieve la "jerarquía de verdades" (Cfr. UR 11).

373

- La fe del Pueblo de Dios. Es la fe de la Iglesia universal que se vive y expresa concretamente en sus

comunidades particulares. Una comunidad particular concretiza en sí misma la fe de la Iglesia Universal y

deja así de ser comunidad privada y aislada; supera su propia particularidad en la fe de la Iglesia total.

374

- El Magisterio de la Iglesia. El sentido de la Escritura, de los Símbolos y de las formulaciones

dogmáticas del pasado no brota sólo del texto mismo, sino de la fe de la Iglesia. En el seno de la

comunidad encontramos la instancia de decisión y de interpretación auténtica y fiel de la doctrina de la fe

y de la ley moral; es el servicio del sucesor de Pedro que confirma a sus hermanos en la fe y de los

Obispos "sucesores de los apóstoles en el carisma de la verdad" (DV 8).

375

- Los teólogos ofrecen un servicio importante a la Iglesia: sistematizan la doctrina y las orientaciones

del Magisterio en una síntesis de más amplio contexto, vertiéndola en un lenguaje adaptado al tiempo;

someten a una nueva investigación los hechos y las palabras reveladas por Dios para referirlas a nuevas

situaciones socio-culturales (Cfr. AG 22) o nuevos hallazgos y problemas suscitados por las ciencias, la

historia o la filosofía (Cfr. GS 62). En su servicio, cuidarán de no ocasionar detrimento a la fe de los

creyentes, ya sea con explicaciones difíciles, ya sea lanzando al público cuestiones discutidas y

discutibles.

376

- La labor teológica implica cierta pluralidad resultante del uso de "métodos y modos diferentes para

conocer y expresar los divinos misterios" (Cfr. UR 17). Hay, pues, un pluralismo bueno y necesario que

busca expresar las legítimas diversidades, sin afectar la cohesión y la concordia. También existen

pluralismos que fomentan la división.

377

- Todos participamos de la misión profética de la Iglesia. Todos sabemos que el Espíritu nos

distribuye sus dones y carismas para bien de todo el Cuerpo. Debemos recibirlos con gratitud. Pero su

discernimiento, es decir, el juicio de su autenticidad y la regulación de su ejercicio, corresponde a la

autoridad en la Iglesia, a la cual compete, ante todo, no sofocar al Espíritu, sino probarlo todo y retener lo

bueno (Cfr. LG 12).

Algunas actitudes nos revelan la autenticidad de la Evangelización:

378

- Una vida de profunda comunión eclesial (Cfr. Gál. 2,2,).

379

- La fidelidad a los signos de la presencia y de la acción del Espíritu en los pueblos y en las culturas

que sean expresión de las legítimas aspiraciones de los hombres. Esto supone respeto, diálogo misionero,

discernimiento, actitud caritativa y operante.

380

- La preocupación porque la Palabra de verdad llegue al corazón de los hombres y se vuelva vida.

381

- El aporte positivo a la edificación de la comunidad.

382

- El amor preferencial y la solicitud por los pobres y necesitados (Cfr. Lc.4,18; EN 12).

383

- La santidad del evangelizador (EN 76), cuyas notas características son el sentido de la miseric ordia,

la firmeza y la paciencia en las tribulaciones y persecuciones, la alegría de saberse ministro del Evangelio

(EN 80).

384

En conclusión, lo que se pide al servidor del Evangelio es que sea encontrado fiel (Cfr. 1 Cor. 4,2). Su

fidelidad crea comunión; "de ella emana una gran fuerza apostólica" (PC 15) que enriquecerá con

abundantes frutos del Espíritu a la Iglesia (Cfr. Gál. 5,22; Juan Pablo II, Homilía Guadalupe, AAS LXXI,

p. 164).

2. Evangelización de la Cultura.

2.1. Cultura y Culturas.

385

Nuevo y valioso aporte pastoral de la Exhortación "Evangelii Nuntiandi" es el llamado de Pablo VI a

enfrentar la tarea de la evangelización de la cultura y de las culturas (EN 20).

386

Con la palabra "cultura" se indica el modo particular como, en un pueblo, los hombres cultivan su

relación con la naturaleza, entre sí mismos y con Dios (GS 53b) de modo que puedan llegar a "un nivel

verdadera y plenamente humano" (GS 53a). Es "el estilo de vida común" (GS 53c) que caracteriza a los

diversos pueblos; por ello se habla de "pluralidad de culturas" (GS 53c) (Cfr. EN 20).

387

La cultura así entendida, abarca la totalidad de la vida de un pueblo: el conjunto de valores que lo

animan y de desvalores que lo debilitan y que al ser participados en común por sus miembros, los reúne en

base a una misma "conciencia colectiva" (EN 18). La cultura comprende, asimismo, las formas a través

de las cuales aquellos valores o desvalores se expresan y configuran, es decir, las costumbres, la lengua,

las instituciones y estructuras de convivencia social, cuando no son impedidas o reprimidas por la

intervención de otras culturas dominantes.

388

En el cuadro de esta totalidad, la evangelización busca alcanzar la raíz de la cultura, la zona de sus

valores fundamentales, suscitando una conversión que pueda ser base y garantía de la transformación de

las estructuras y del ambiente social (Cfr. EN 18).

389

Lo esencial de la cultura está constituido por la actitud con que un pueblo afirma o niega una

vinculación religiosa con Dios, por los valores o desvalores religiosos. Estos tienen que ver con el sentido

último de la existencia y radican en aquella zona más profunda, donde el hombre encuentra respuestas a

las preguntas básicas y definitivas que lo acosan, sea que se las proporcionen con una orientación

positivamente religiosa o, por el contrario, atea. De aquí que la religión o la irreligión sean inspiradoras de

todos los restantes órdenes de la cultura - familiar, económico, político, artístico, etc.- en cuanto los libera

hacia lo trascendente o los encierra en su propio sentido inmanente.

390

La evangelización, que tiene en cuenta a todo el hombre, busca alcanzarlo en su totalidad, a partir de

su dimensión religiosa.

391

La cultura es una actividad creadora del hombre, con la que responde a la vocación de Dios que le

pide perfeccionar toda la creación (Gén) y en ella sus propias capacidades y cualidades espirituales y

corporales (Cfr. GS 53b; 57b).

392

La cultura se va formando y se transforma en base a la continua experiencia histórica y vital de los

pueblos; se transmite a través del proceso de tradición generacional. El hombre, pues, nace y se desarrolla

en el seno de una determinada sociedad, condicionado y enriquecido por una cultura particular; la recibe,

la modifica creativamente y la sigue transmitiendo. La cultura es una realidad histórica y social (Cfr. GS

53c).

393

Siempre sometidas a nuevos desarrollos, al recíproco encuentro e interpretación, las culturas pasan,

en su proceso histórico, por períodos en que se ven desafiadas por nuevos valores o desvalores, por la

necesidad se siente llamada a estar presente con el Evangelio, particularmente en los períodos en que

decaen y mueren viejas formas según las cuales el hombre ha organizado sus valores y su convivencia,

para dar lugar a nuevas síntesis (Cfr. GS 5c). Es mejor evangelizar las nuevas formas culturales en su

mismo nacimiento y no cuando ya están crecidas y estabilizadas. Este es el actual desafío global que

enfrenta la Iglesia ya que "se puede hablar con razón de una nueva época de la historia humana" (GS 54).

Por esto, la Iglesia latinoamericana busca dar un nuevo impulso a la Evangelización en nuestro Continente.

2.2. Opción Pastoral de la Iglesia Latinoamericana: la Evangelización de la propia

Cultura, en el Presente y hacia el Futuro.

Finalidad de la Evangelización.

394

Cristo envió a su Iglesia a anunciar el Evangelio a todos los hombres, a todos los pueblos (Cfr.

Mt.28,19; Mc. 16, 15). Puesto que cada hombre nace en el seno de una cultura, la Iglesia busca alcanzar,

con su acción evangelizadora, no solamente al individuo sino a la cultura del pueblo (Cfr. EN 18). Trata de

"alcanzar y transformar , con la fuerza del Evangelio, los criterios de juicio, los valores determinantes, los

puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la

humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación. Podríamos

expresar todo esto diciendo: "Lo que importa es evangelizar - no de una manera decorativa, como un

barniz superficial, sino de manera vital en profundidad- y hasta sus mismas raíces la cultura y las culturas

del hombre" (EN 19-20).

Opción Pastoral.

395

La acción evangelizadora de nuestra Iglesia latinoamericana ha de tener como meta general la

constante renovación y transformación evangélica de nuestra cultura. Es decir, la penetración por el

Evangelio, de los valores y criterios que la inspiran, la conversión de los hombres que viven según esos

valores y el cambio que, para ser más plenamente humanas, requieren las estructuras en que aquellos

viven y se expresan.

396

Para ello, es de primera importancia atender a la religión de nuestros pueblos, no sólo asumiéndola

como objeto de evangelización sino también, por estar ya evangelizada, como fuerza activamente

evangelizadora.

2.3. Iglesia, Fe y Cultura.

Amor a los Pueblos y Conocimiento de su Cultura.

397

Para desarrollar su acción evangelizadora con realismo, la Iglesia ha de conocer la cultura de América

Latina. Pero parte, ante todo, de una profunda actitud de amor a los pueblos. De esta suerte, no sólo por

vía científica, sino también por la connatural capacidad de comprensión afectiva que da el amor, podrá

conocer y discernir las modalidades propias de nuestra cultura, sus crisis y desafíos históricos y

solidarizarse, en consecuencia, con ella en el seno de su historia (Cfr. OA 1).

398

 

Un criterio importante que ha de guiar a la Iglesia en su esfuerzo de conocimiento es el siguiente: hay

que atender hacia dónde se dirige el movimiento general de la cultura más que a sus enclaves detenidos en

el pasado; a las expresiones actualmente vigentes más que a las meramente folklóricas.

399

La tarea de evangelización de la cultura en nuestro continente debe ser enfocada sobre el telón de

fondo de una arraigada tradición cultural, desafiada por el proceso en cambio cultural que América Latina

y el mundo entero vienen viviendo en los tiempos modernos y que actualmente llega a su punto de crisis.

Encuentro de la Fe con las Culturas.

400

La Iglesia, Pueblo de Dios, cuando anuncia el Evangelio y los pueblos acogen la fe, se encarna en ellos

y asume sus culturas. Instaura así, no una identificación sino una estrecha vinculación con ella. Por una

parte, en efecto, la fe transmitida por la Iglesia es vivida a partir de una cultura presupuesta, esto es, por

creyentes "vinculados profundamente a una cultura y la construcción del Reino no puede por menos de

tomar los elementos de la cultura y de las culturas humanas" (Cfr. EN 20). Por otra parte permanece

válido, en el orden pastoral, el principio de encarnación formulado por san Ireneo: "Lo que no es asumido

no es redimido".

El principio general de encarnación se concreta en diversos criterios particulares:

401

Las culturas no son terreno vacío, carente de auténticos valores. La Evangelización de la Iglesia no es

un proceso de destrucción, sino de consolidación y de fortalecimiento de dichos valores; una contribución

al crecimiento de los "gérmenes del Verbo" presentes en las culturas (Cfr. GS 57d,f).

402

Con mayor interés asume la Iglesia los valores específicamente cristianos que encuentra en los

pueblos ya evangelizados y que son vividos por éstos según su propia modalidad cultural.

403

La Iglesia parte, en su Evangelización, de aquellas semillas esparcidas por Cristo y de estos valores,

frutos de su propia Evangelización.

404

Todo esto implica que la Iglesia - obviamente la Iglesia particular -, se esmere en adaptarse, realizando

el esfuerzo de un traspasamiento del mensaje evangélico al lenguaje antropológico y a los símbolos de la

cultura en la que se inserta (Cfr. EN 53, 62, 63; GS 58a,b; DT 420- 423).

405

La Iglesia, al proponer la Buena Nueva, denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas;

purifica y exorciza los desvalores. Establece por consiguiente, una crítica de las culturas. Ya que al

reverso del anuncio del Reino de Dios es la crítica de las idolatrías, esto es, de los valores erigidos en

ídolos o de aquellos valores que, sin serlo, una cultura asume como absolutos. La Iglesia tiene la misión de

dar testimonio del "verdadero Dios y del único Señor".

406

Por lo cual, no puede verse como un atropello, la evangelización que invita a abandonar falsas

concepciones de Dios, conductas antinaturales y aberrantes manipulaciones del hombre por el hombre

(Cfr. DT 424).

407

La tarea específica de la evangelización consiste en "anunciar a Cristo" (Cfr. EN 53) e invitar a las

culturas no a quedar bajo un marco eclesiástico, sino a acoger por la fe, el señorío espiritual de Cristo,

fuera de cuya verdad y gracia no podrán encontrar su plenitud. De este modo, por la evangelización, la

Iglesia busca que las culturas sean renovadas, elevadas y perfeccionadas por la presencia activa del

Resucitado, centro de la historia, y de su Espíritu (EN 18,20,23; GS 58d; 61a).

2.4. Evangelización de la Cultura en América Latina.

Hemos indicado los criterios fundamentales que orientan la acción evangelizadora de las culturas.

408

Nuestra Iglesia, por su parte, realiza dicha acción en esta particular área humana de América Latina.

Su proceso histórico cultural ha sido ya descrito. (Cfr. Primera Parte). Retomamos ahora brevemente los

principales datos establecidos en la primera parte de este Documento, para poder discernir los desafíos y

problemas que el momento presente plantea a la evangelización.

 

Tipos de Cultura y Etapas del Proceso Cultural.

409

América Latina tiene su origen en el encuentro de la raza hispano-lusitana con las culturas

precolombinas y las africanas. El mestizaje racial y cultural ha marcado fundamentalmente este proceso y

su dinámica indica que lo seguirá marcando en el futuro.

410

Este hecho no puede hacernos desconocer la persistencia de diversas culturas indígenas o

afroamericanas en estado puro y la existencia de grupos con diversos grados de integración nacional.

411

Posteriormente, durante los dos últimos siglos, afluyen nuevas corrientes inmigratorias, sobre todo en

el Cono Sur, las cuales aportan modalidades propias, integrándose básicamente al sedimento cultural

preyacente.

412

En la primera época, del siglo XVI al XVII, se echan las bases de la cultura latinoamericana y de su

real sustrato católico. Su evangelización fue suficientemente profunda para que la fe pasara a ser

constitutiva de su ser y de su identidad, otorgándole la unidad espiritual que subsiste pese a la ulterior

división en diversas naciones, y a verse afectada por desgarramientos en el nivel económico, político y

social.

413

Esta cultura, impregnada de fe y con frecuencia sin una conveniente catequesis, se manifiesta en las

actitudes propias de la religión de nuestro pueblo, penetradas de un hondo sentido de la trascendencia y, a

la vez, de la cercanía de Dios. Se traduce en una sabiduría popular con rasgos contemplativos, que orienta

el modo peculiar como nuestros hombres viven su relación con la naturaleza y con los demás hombres; en

un sentido del trabajo y de las fiestas, de la solidaridad, de la amistad y el parentesco. También en el

sentimiento de su propia dignidad, que no ven disminuida por su vida pobre y sencilla.

414

Es una cultura que, conservada de un modo más vivo y articulador de toda la existencia en los

sectores pobres, está sellada particularmente por el corazón y su intuición. Se expresa, no tanto en las

categorías y organización mental características de las ciencias, cuanto en la plasmación artística, en la

piedad hecha vida y en los espacios de convivencia solidaria.

415

Esta cultura, la mestiza primero y luego, paulatinamente, la de los diversos enclaves indígenas y

afroamericanos, comienza desde el siglo XVIII, a sufrir el impacto del advenimiento de la civilización

urbano- industrial, dominada por lo físico-matemático y por la mentalidad de eficiencia.

416

Esta civilización está acompañada por fuertes tendencias a la personalización y a socialización.

Produce una acentuada aceleración de la historia que exige a todos los pueblos gran esfuerzo de

asimilación y creatividad, si no quieren que sus culturas queden postergadas o aun eliminadas.

417

La cultura urbano-industrial, con su consecuencia de intensa proletarización de sectores sociales y

hasta de diversos pueblos, es controlada por las grandes potencias poseedoras de la ciencia y de la

técnica. Dicho proceso histórico tiende a agudizar cada vez más el problema de la dependencia y de la

pobreza.

418

El advenimiento de la civilización urbano-industrial acarrea también problemas en el plano ideológico y

llega a amenazar las mismas raíces de nuestra cultura, ya que dicha civilización nos llega, de hecho, en su

real proceso histórico, impregnada de racionalismo e inspirada en dos ideologías dominantes: el liberalismo

y el colectivismo marxista. En ambas anida la tendencia no sólo a una legítima y deseable secularización

sino también al "secularismo".

419

En el cuadro de este proceso histórico surgen en nuestro continente fenómenos y problemas

particulares e importantes: la intensificación de las migraciones y de los desplazamientos de población del

agro hacia la ciudad; la presencia de fenómenos religiosos como el de la invasión de sectas, que no por

aparecer marginales, el evangelizador puede desconocer el enorme influjo de los Medios de Comunicación

Social como vehículos de nuevas pautas y modelos culturales; el anhelo de la mujer por su promoción, de

acuerdo con su dignidad y peculiaridad en el conjunto de la sociedad; la emergencia de un mundo obrero

que será decisivo en la nueva configuración de nuestra cultura.

La Acción Evangelizadora: Desafíos y Problemas

420

Los hechos recién indicados marcan los desafíos que ha de enfrentar la Iglesia. En ellos se

manifiestan los signos de los tiempos, los indicadores del futuro hacia donde va el movimiento de la

cultura. La Iglesia debe discernirlos, para poder consolidar los valores y derrocar los ídolos que alientan

este proceso histórico.

La Adveniente Cultura Universal.

421

La cultura urbano-industrial, inspirada por la mentalidad cietífico-técnica, impulsada por las grandes

potencias y marcada por las ideologías mencionadas, pretende ser universal. Los pueblos, las culturas

particulares, los diversos grupos humanos, son invitados, más aún, constreñidos a integrarse en ella.

422

En América Latina esta tendencia reactualiza el problema de la integración de las etnias indígenas en el

cuadro político y cultural de las naciones, precisamente por verse éstas compelidas a avanzar hacia un

mayor desarrollo, a ganar nuevas tierras y brazos para una producción más eficaz; para poder integrarse

con mayor dinamismo en el curso acelerado de la civilización universal.

423

Los niveles que presenta esta nueva universalidad son distintos: el de los elementos científicos y

técnicos como instrumentos de desarrollo; el de ciertos valores que se ven acentuados, como los del

trabajo y de una mayor posesión de bienes de consumo; el de un "estilo de vida" total que lleva consigo

una determinada jerarquía de valores y preferencias.

424

En esta encrucijada histórica, algunos grupos étnicos y sociales se repliegan, defendiendo su propia

cultura, en un aislacionismo infructuoso; otros, en cambio, se dejan absorber fácilmente por los estilos de

vida que instaura el nuevo tipo de cultura universal.

425

La Iglesia, en su tarea evangelizadora, procede con fino y laborioso discernimiento. Por sus propios

principios evangélicos, mira con satisfacción los impulsos de la humanidad hacia la integración y la

comunión universal. En virtud de su misión específica, se siente enviada, no para destruir sino para ayudar

a las culturas a consolidarse en su propio ser e identidad, convocando a los hombres de todas las razas y

pueblos a reunirse, por la fe, bajo Cristo, en el mismo y único Pueblo de Dios.

426

La Iglesia promueve y fomenta incluso lo que va más allá de esta unión católica en la misma fe y que

se concreta en formas de comunión entre las culturas y de integración justa en los niveles económicos,

social y político.

427

Pero ella pone en cuestión, como es obvio, aquella "universalidad", sinónimo de nivelación y

uniformidad, que no respeta las diferentes culturas, debilitándolas, absorbiéndolas o eliminándolas. Con

mayor razón la Iglesia no acepta aquella instrumentación de la universalidad que equivale a la unificación

de la humanidad por vía de una injusta e hiriente supremacía y dominación de unos pueblos o sectores

sociales sobre otros pueblos y sectores.

428

La Iglesia de América Latina se propone reanudar con renovado vigor la evangelización de la cultura

de nuestros pueblos y de los diversos grupos étnicos para que germine o sea reavivada la fe evangélica y

para que ésta, como base de comunión, se proyecte hacia formas de integración justa en los cuadros

respectivos de una nacionalidad, de una gran patria latinoamericana y de una integración universal que

permita a nuestros pueblos el desarrollo de su propia cultura, capaz de asimilar de modo propio los

hallazgos científicos y técnicos.

La Ciudad.

 

429

En el tránsito de la cultura agraria a la urbano- industrial, la ciudad se convierte en motor de la nueva

civilización universal. Este hecho requiere un nuevo discernimiento por parte de la Iglesia. Globalmente,

debe inspirarse en la visión de la Biblia, la cual a la vez que comprueba positivamente la tendencia de los

hombres a la creación de ciudades donde convivir de un modo más asociado y humano, es crítica de la

dimensión inhumana y del pecado que se origina en ellas.

430

Por lo mismo, en las actuales circunstancias, la Iglesia no alienta el ideal de la creación de megápolis

que se tornan irremediablemente inhumanas, como tampoco de una industrialización excesivamente

acelerada que las actuales generaciones tengan que pagar a costo de su misma felicidad, con sacrificios

desproporcionados.

431

Por otra parte, reconoce que la vida urbana y el cambio industrial ponen al descubierto problemas

hasta ahora no conocidos. En su seno se trastornan los modos de vida y las estructuras habituales de la

existencia: la familia, la vecindad, la organización del trabajo. Se trastornan, por lo mismo, las condiciones

de vida del hombre religioso, de los fieles y de la comunidad cristiana (Cfr. OA 10). Las anteriores

características constituyen rasgos del llamado "proceso de secularización", ligado evidentemente a la

emergencia de la ciencia y de la técnica y a la urbanización creciente.

432

No hay por qué pensar que las formas esenciales de la conciencia religiosa están exclusivamente

ligadas con la cultura agraria. Es falso que el paso a la civilización urbano-industrial acarrea

necesariamente la abolición de la religión. Sin embargo, constituye un evidente desafío, al condicionar con

nuevas formas y estructuras de vida, la conciencia religiosa y la vida cristiana.

433

La Iglesia se encuentra así ante el desafío de renovar su evangelización, de modo que pueda ayudar a

los fieles a vivir su vida cristiana en el cuadro de los nuevos condicionamientos que la sociedad urbanoindustrial

crea para la vida de santidad; para la oración y la contemplación; para las relaciones entre los

hombres, que se tornan anónimas y arraigadas en lo meramente funcional; para una nueva vivencia del

trabajo, de la producción y del consumo.

El Secularismo.

434

La Iglesia asume el proceso de secularización en el sentido de una legítima autonomía de lo secular

como justo y deseable según lo entienden la GS y la EN (Cfr. GS 36; EN 55). Sin embargo, el paso a la

civilización urbano-industrial, considerado no en abstracto sino en su real proceso histórico occidental,

viene inspirado por la ideología que llamamos "secularismo".

435

En su esencia, el secularismo separa y opone al hombre con respecto a Dios; concibe la construcción

de la historia como responsabilidad exclusiva del hombre, considerado en su mera inminencia. Se trata de

"una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo, sin que sea necesario

recurrir a Dios: Dios resultaría, pues, superfluo y hasta un obstáculo. Dicho secularismo, para reconocer

el poder del hombre, acaba por sobrepasar a Dios e incluso por renegar de El. Nuevas formas de ateísmo

- un ateísmo antropocéntrico, no ya abstracto y metafísico sino práctico y militante- parecen

desprenderse de él. En unión con este secularismo ateo se nos propone todos los días, bajo las formas

más distintas, una civilización de consumo, el hedonismo erigido en valor supremo, una voluntad de poder

y de dominio, de discriminaciones de todo género: constituyen otras tantas inclinaciones inhumanas de

este "humanismo" (EN 55).

436

La Iglesia, pues, en su tarea de evangelizar y suscitar la fe en Dios, Padre Providente y en Jesucristo,

activamente presente en la historia humana, experimenta un enfrentamiento radical con este movimiento

secularista. Ve en él una amenaza a la fe y a la misma cultura de nuestros pueblos latinoamericanos. Por

eso, uno de los fundamentales cometidos del nuevo impulso evangelizador ha de ser actualizar y

reorganizar el anuncio del contenido de la evangelización partiendo de la misma fe de nuestros pueblos, de

modo que estos puedan asumir los valores de la nueva civilización urbano-industrial, en una síntesis vital

cuyo fundamento siga siendo la fe en Dios y no el ateísmo, consecuencia lógica de la tendencia

secularista.

Conversión y Estructuras.

Se ha señalado la incoherencia entre la cultura de nuestros pueblos, cuyos valores están impregnados

de fe cristiana, y la condición de pobreza en que a menudo permanecen retenidos injustamente.

437

Sin duda las situaciones de injusticia y de pobreza aguda son un índice acusador de que la fe no ha

tenido la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones de los sectores responsables del

liderazgo ideológico y de la organización de la convivencia social y económica de nuestros pueblos. En

pueblos de arraigada fe cristiana se han impuesto estructuras generadoras de injusticia. Estas que están en

conexión con el proceso de expansión del capitalismo liberal y que en algunas partes se transforman en

otras inspiradas por el colectivismo marxista, nacen de las ideologías de culturas dominantes y son

incoherentes con la fe propia de nuestra cultura popular.

438

La Iglesia llama, pues, a una renovada conversión en el plano de los valores culturales, para que desde

allí se impregnen las estructuras de convivencia con espíritu evangélico. Al llamar a una revitalización de

los valores evangélicos, urge a una rápida y profunda transformación de las estructuras, ya que éstas

están llamadas, por su misma naturaleza, a contener el mal que nace del corazón del hombre, y que se

manifiesta también en forma social y a servir como condiciones pedagógicas para una conversión interior,

en el plano de los valores (Cfr. Med. Pastoral, 2).

Otros Problemas.

439

En el marco de esta situación general y de sus desafíos globales, se inscriben algunos problemas

particulares de importancia que la Iglesia ha de atender en su nuevo impulso evangelizador. Estos son: La

organización de una adecuada catequesis partiendo de un debido conocimiento de las condiciones

culturales de nuestros pueblos y de una compenetración con su estilo de vida, con suficientes agentes de

pastoral autóctonos y diversificados, que satisfagan el derecho de nuestros pueblos y de nuestros pobres a

no quedar sumido en la ignorancia o en niveles de formación rudimentarios de su fe.

440

Un planteamiento crítico y constructivo del sistema educativo en América Latina.

441

La necesidad de trazar criterios y caminos, basados en la experiencia y la imaginación, para una

pastoral de la ciudad, donde se gestan los nuevos modos de cultura, a la vez que el aumento del esfuerzo

evangelizador y promotor de los grupos indígenas y afroamericanos.

442

La instauración de una nueva presencia evangelizadora de la Iglesia en el mundo obrero, en las elites

intelectuales y entre las artísticas.

443

El aporte humanista y evangelizador de la Iglesia para la promoción de la mujer, conforme a su propia

identidad específica.

3. Evangelización y Religiosidad Popular.

3.1. Noción y Afirmaciones Fundamentales.

444

Por religión del pueblo, religiosidad popular o piedad popular (Cfr. EN 48), entendemos el conjunto de

hondas creencias selladas por Dios, de las actitudes básicas que de esas convicciones derivan y las

expresiones que las manifiestan, Se trata de la forma o de la existencia cultural que la religión adopta en un

pueblo determinado. La religión del pueblo latinoamericano, en su forma cultural más característica, es

expresión de la fe católica. Es un catolicismo popular.

445

Con deficiencias y a pesar del pecado siempre presente, la fe de la Iglesia ha sellado el alma de

América Latina (Cfr. Juan Pablo II, Zapopán, 2), marcando su identidad esencial y constituyéndose en la

matriz cultural del continente, de la cual nacieron los nuevos pueblos.

446

El Evangelio encarnado en nuestros pueblos los congrega en una originalidad cultural que llamamos

América Latina. Esa identidad se simboliza muy luminosamente en el rostro mestizo de María de

Guadalupe que se yergue al inicio de la Evangelización.

447

Esta religión del pueblo es vivida preferentemente por los "pobres y sencillos" (EN 48), pero abarca

todos los sectores sociales y es, a veces, uno de los pocos vínculos que reúne a los hombres en nuestras

naciones políticamente tan divididas. Eso sí, debe sostenerse que esa unidad contiene diversidades

múltiples según los grupos sociales, étnicos e, incluso, las generaciones.

448

La religiosidad del pueblo, en su núcleo, es un acervo de valores que responden con sabiduría

cristiana a los grandes interrogantes de la existencia. La sapiencia popular católica tiene una capacidad de

síntesis vital; así conlleva creadoramente lo divino y lo humano; Cristo y María, espíritu y cuerpo;

comunión e institución; persona y comunidad; fe y patria, inteligencia y afecto Esa sabiduría es un

humanismo cristiano que afirma radicalmente la dignidad de toda persona como Hijo de Dios, establece

una fraternidad fundamental, enseña a encontrar la naturaleza y a comprender el trabajo y proporciona las

razones para la alegría y el humor, aun en medio de una vida muy dura. Esa sabiduría es también para el

pueblo un principio de discernimiento, un instinto evangélico por el que capta espontáneamente cuándo se

sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y asfixia con otros intereses (Juan Pablo II, Discurso

inaugural III, 6. AAS LXXI, p.203).

449

Porque esta realidad cultural abarca muy amplios sectores sociales, la religión del pueblo tiene la

capacidad de congregar multitudes. Por eso, en el ámbito de la piedad popular la Iglesia cumple con su

imperativo de universalidad. En efecto, "sabiendo que el mensaje no está reservado a un pequeño grupo de

iniciados, de privilegiados o elegidos sino que está destinado a todos" (EN 57), la Iglesia logra esa amplitud

de convocación de las muchedumbres en los santuarios y las fiestas religiosas. Allí el mensaje evangélico

tiene oportunidad, no siempre aprovechada pastoralmente, de llegar "al corazón de las masas" (Idem).

450

La religiosidad popular no solamente es objeto de evangelización sino que, en cuanto contiene

encarnada la Palabra de Dios, es una forma activa con la cual el pueblo se evangeliza continuamente a sí

mismo.

451

Esta piedad popular católica, en América Latina no ha llegado a impregnar adecuadamente o aún no ha

logrado la evangelización en algunos grupos culturales autóctonos o de origen africano, que por su parte

poseen riquísimos valores y guardan "semillas del Verbo" en espera de la Palabra viva.

452

La religiosidad popular si bien sella la cultura de América Latina, no se ha expresado suficientemente

en la organización de nuestras sociedades y estados. Por ello deja un espacio para lo que S.S. Juan Pablo

II ha vuelto a denominar "estructuras de pecado" (Homilía Zapopán,3. AAS LXXI, p. 230). Así la brecha

entre ricos y pobres, la situación de amenaza que viven los más débiles, las injusticias, las postergaciones

y sometimientos indignos que sufren, contradicen radicalmente los valores de dignidad personal y de

hermandad solidaria. Valores éstos que el pueblo latinoamericano lleva en su corazón como imperativos

recibidos del Evangelio. De ahí que la religiosidad del pueblo latinoamericano se convierta muchas veces

en un clamor por una verdadera liberación. Esta es una exigencia aún no satisfecha. Por su parte el pueblo

movido por esta religiosidad, crea o utiliza dentro de sí, en su convivencia más estrecha, algunos espacios

para ejercer la fraternidad, por ejemplo: el barrio, la aldea, el sindicato, el deporte. Y entre tanto, no

desespera, aguarda confiadamente y con astucia los momentos oportunos para avanzar en su liberación

tan ansiada.

453

Por falta de atención de los agentes de pastoral y por otros complejos factores, la religión del pueblo

muestra en ciertos casos signos de desgaste y deformación: aparecen sustitutos aberrantes y sincretismos

regresivos. Además, se ciernen en algunas partes sobre ella serias y extrañas amenazas que se presentan

exacerbando la fantasía con tonos apocalípticos.

3.2. Descripción de la Religiosidad Popular.

454

Como elementos positivos de la piedad popular se pueden señalar: la presencia trinitaria que se percibe

en devociones y en ic onografías, el sentido de la providencia de Dios Padre; Cristo, celebrado en su

misterio de Encarnación (Navidad: el Niño), en su Crucifixión, en la Eucaristía y en la devoción al Sagrado

Corazón; amor a María: Ella y "sus misterios pertenecen a la identidad propia de estos pueblos y

caracterizan su piedad popular" (Juan Pablo II, Homilía Zapopán, 2. AAS LXXI, p. 228), venerada como

Madre Inmaculada de Dios y de los hombres, como Reina de nuestros distintos países y del continente

entero; los santos, como protectores; los difuntos; la conciencia de dignidad personal y de fraternidad

solidaria; la conciencia de pecado y de necesidad de expiación; la capacidad de expresar la fe en un

lenguaje total que supera los racionalismos (canto, imágenes, gesto, color, danza); la Fe situada en el

tiempo (fiestas) y en lugares (santuarios y templos); la sensibilidad hacia la peregrinación como símbolo

de la existencia humana y cristiana; el respeto filial a los pastores como representantes de Dios; la

capacidad de celebrar la fe en forma expresiva y comunitaria; la integración honda de los sacramentos y

de los sacramentales en la vida personal y social; el afecto cálido por la persona del Santo Padre; la

capacidad de sufrimiento y heroísmo para sobrellevar las pruebas y confesar la fe; el valor de la oración;

la aceptación de los demás.

 

455

La religión popular latinoamericana sufre, desde hace tiempo, por el divorcio entre elites y pueblos.

Eso significa que le falta educación, catequesis y dinamismo, debido a la carencia de una adecuada

pastoral.

456

Los aspectos negativos son de diverso origen. De tipo ancestral: superstición, magia, fatalismo,

idolatría del poder, fetichismo y ritualismo. Por deformación de la catequesis: arcaísmo estático, falta de

información e ignorancia, reinterpretación sincretista, reduccionismo de la fe a un mero contrato en la

relación con Dios. Amenazas: secularismo difundido por los medios de comunicación social; consumismo;

sectas; religiones orientales y agnósticas; manipulaciones ideológicas, económicas, sociales y políticas;

mesianismos políticos secularizados; desarraigo y proletarización urbana a consecuencia del cambio

cultural. Podemos afirmar que muchos de estos fenómenos son verdaderos obstáculos para la

Evangelización.

3.3. Evangelización de la Religiosidad Popular; Proceso, Actitudes y Criterios.

457

Como toda la Iglesia, la religión del pueblo debe ser evangelizada siempre de nuevo. En América

Latina, después de casi quinientos años de la predicación del Evangelio y del bautismo generalizado de sus

habitantes, esta evangelización ha de apelar a la "memoria cristiana de nuestros pueblos". Será una labor de

pedagogía pastoral, en la que el catolicismo popular sea asumido, purificado, completado y dinamizado por

el Evangelio. Esto implica en la práctica, reanudar un diálogo, a partir de los últimos eslabones que los

evangelizadores de antaño dejaron en el corazón de nuestro pueblo. Para ello se requiere conocer los

símbolos, el lenguaje silencioso, no verbal, del pueblo, con el fin de lograr, en un diálogo vital, comunicar

la Buena Nueva mediante un proceso de reinformación catequética.

458

Los agentes de la evangelización, con la luz del Espíritu Santo y llenos de "caridad pastoral", sabrán

desarrollar la "pedagogía de la evangelización" (EN 48). Esto exige, antes que todo, amor, y cercanía al

pueblo, ser prudentes y firmes, constantes y audaces para educar esa preciosa fe, algunas veces tan

debilitada.

459

Las formas concretas y los procesos pastorales deberán evaluarse según esos criterios característicos

del Evangelio vivido en la Iglesia: todo debe hacer a los bautizados más hijos en el Hijo, más hermanos en

la Iglesia, más responsablemente misioneros para extender el reino. En esa dirección ha de madurar la

religión del pueblo.

3.4. Tareas y Desafíos.

460

Estamos en una situación de urgencia. El cambio de una sociedad agraria a una urbano-industrial

somete la religión del pueblo a una crisis decisiva. Los grandes desafíos que nos plantea la piedad popular

para el final del milenio en América Latina configuran las siguientes tareas pastorales:

461

a) La necesidad de evangelizar y catequizar adecuadamente a las grandes mayorías que han sido

bautizadas y que viven un catolicismo popular debilitado.

462

b) Dinamizar los movimientos apostólicos, las parroquias, las comunidades Eclesiales de Base y los

militantes de la Iglesia en general, para que sean en forma más generosa "fermento en la masa". Habrá que

revisar las espiritualidades, las actitudes y las técnicas de las elites de la Iglesia con respecto a la

religiosidad popular. Como bien lo indicó Medellín, "esta religiosidad pone a la Iglesia ante el dilema de

continuar siendo Iglesia Universal o de convertirse en secta, al no incorporar vitalmente así, a aquellos

hombres que se expresan con ese tipo de religiosidad" (Pastoral Popular, 3). Debemos desarrollar en

nuestros militantes una mística de servicio evangelizador de la religión de su pueblo. Esta tarea, es ahora

más actual que entonces: las elites deben asumir el espíritu de su pueblo, purificarlo, aquilatarlo y

encarnado en forma preclara. Deben participar en las convocaciones y en las manifestaciones populares

para dar su aporte.

463

c) Adelantar una creciente y planificada transformación de nuestros santuarios para que puedan ser

"lugares privilegiados" (Juan Pablo II, Homilía Zapopán, 5. AAS LXXI, p.231) de evangelización, Esto

requiere purificarlos de todo tipo de manipulación y de actividades comerciales. Una especial tarea cabe a

los santuarios nacionales, símbolos de la interacción de la fe con la historia de nuestros pueblos.

464

d) Atender pastoralmente la piedad popular campesina e indígena para que, según su identidad y su

desarrollo, crezcan y se renueven con los contenidos del Concilio Vaticano II. Así se prepararán mejor

para el cambio cultural generalizado.

465

e) Favorecer la mutua fecundación entre Liturgia y piedad popular que pueda encauzar con lucidez y

prudencia los anhelos de oración y vitalidad carismática que hoy se comprueba en nuestros países. Por

otra parte, la religión del pueblo, con su gran riqueza simbólica y expresiva, puede proporcionar a la

liturgia un dinamismo creador. Este, debidamente discernido, puede servir para encarnar más y mejor la

oración universal de la Iglesia en nuestra cultura.

466

f) Buscar las reformulaciones y reacentuaciones necesarias de la religiosidad popular en el horizonte

de una civilización urbano-industrial. Proceso que ya se percibe en las grandes urbes del continente, donde

la piedad popular está expresándose espontáneamente en modos nuevos y enriqueciéndose con nuevos

valores madurados en su propio seno. En esa perspectiva, deberá procurarse porque la fe desarrolle una

personalización creciente y una solidaridad liberadora. Fe que alimente una espiritualidad capaz de asegurar

la dimensión contemplativa, de gratuidad frente a Dios y de encuentro poético, sapiencial, con la creación.

Fe que sea fuente de alegría popular y motivo de fiesta aun en situaciones de sufrimiento. Por esta vía

pueden plasmarse formas culturales que rescaten a la industrialización urbana del tedio opresor y del

economicismo frío y asfixiante.

467

g) Favorecer las expresiones religiosas populares con participación masiva por la fuerza

evangelizadora que poseen.

468

h) Asumir las inquietudes religiosas que, como angustia histórica, se están despertando en el final del

milenio. Asumirlas en el señorío de Cristo y en la Providencia del Padre, para que los hijos de Dios

obtengan la paz necesaria mientras luchan en el tiempo.

469

Si la Iglesia no reinterpreta la religión del pueblo latinoamericano, se producirá un vacío que lo

ocuparán las sectas, los mesianismos políticos secularizados, el consumismo que produce hastío y la

indiferencia o el pansexualismo pagano. Nuevamente la Iglesia se enfrenta con el problema: lo que no

asume en Cristo, no es redimido y se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja.

4. Evangelización, Liberación y Promoción Humana

La evangelización en su relación con la promoción humana, la liberación y la doctrina social de la

Iglesia.

4.1. Palabras de Aliento.

470

Reconocemos los esfuerzos realizados por muchos cristianos de América Latina para profundizar en

la fe e iluminar con la Palabra de Dios las situaciones particularmente conflictivas de nuestros pueblos.

Alentamos a todos los cristianos a seguir prestando este servicio evangelizador y a discernir sus criterios

de reflexión y de investigación, poniendo particular cuidado en conservar y promover la comunión

eclesial, tanto a nivel local como universal.

471

Somos conscientes de que, a partir de Medellín, los agentes de pastoral han logrado avances muy

significativos y han tropezado con no pocas dificultades. Estas no deben desanimarnos; deben llevarnos

más bien a nuevas búsquedas y mejores realizaciones.

4.2. Enseñanza Social de la Iglesia.

472

El aporte de la Iglesia a la liberación y promoción humana se ha venido concretando en un conjunto de

orientaciones doctrinales y criterios de acción que solemos llamar "enseñanza social de la Iglesia". Tienen

su fuente en la Sagrada Escritura, en la enseñanza de los Padres y grandes teólogos de la Iglesia y en el

Magisterio, especialmente de los últimos Papas. Como aparece desde su origen, hay en ellas elementos de

validez permanente que se fundan en una antropología nacida del mismo mensaje de Cristo y en los

valores perennes de la ética cristiana. Pero hay también elementos cambiantes que responden a las

condiciones propias de cada país y de cada época (GS, Nota 1).

473

Siguiendo a Pablo VI (OA 4) podemos formularla así: Atenta a los signos de los tiempos, interpretados

a la luz del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, todo la comunidad cristiana es llamada a hacerse

responsable de las opciones concretas y de su efectiva actuación para responder a las interpelaciones que

las cambiantes circunstancias le presentan. Esta enseñanza social tiene, pues, un carácter dinámico y en

su elaboración y aplicación los laicos han de ser, no pasivos ejecutores, sino activos colaboradores de los

Pastores, a quienes aportan su experiencia cristiana, su competencia profesional y científica (GS 42).

474

Queda claro, pues, que toda la comunidad cristiana, en comunión con sus legítimos pastores y guiada

por ellos, se constituye en sujeto responsable de la evangelización, de la liberación y promoción humana.

475

El objeto primario de esta enseñanza social es la dignidad personal del hombre, imagen de Dios y la

tutela de sus derechos inalienables (PP 14-21). La Iglesia ha sido explicitando sus enseñanzas en los

diversos campos de la existencia, lo social, lo económico, lo político, lo cultural, según sus necesidades.

Por tanto, la finalidad de esta doctrina de la Iglesia - que aporta su visión propia del hombre y de la

humanidad (PP 13)- es siempre la promoción y liberación integral de la persona humana, en su dimensión

terrena y trascendente, contribuyendo así a la construcción del Reino último y definitivo, sin confundir sin

embargo progreso terrestre y crecimiento del Reino de Cristo (Cfr. GS 39).

476

Para que nuestra enseñanza social sea creíble y aceptada por todos, debe responder de manera eficaz

a los desafíos y problemas graves que surgen de nuestra realidad latinoamericana. Hombres disminuidos

por carencias de toda índole reclaman acciones urgentes en nuestro esfuerzo promocional que hacen

siempre necesarias las obras asistenciales. No podemos proponer eficazmente esta enseñanza sin ser

interpelados por ella nosotros mismos, en nuestro comportamiento personal e institucional. Ella exige de

nosotros coherencia, creatividad, audacia y entrega total. Nuestra conducta social es parte integrante de

nuestro seguimiento de Cristo. Nuestra reflexión sobre la proyección de la Iglesia en el mundo, como

sacramento de comunión y salvación, es parte de nuestra reflexión teológica, porque "la evangelización no

sería completa si no tuviera en cuenta la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se

establece entre el Evangelio y la vida concreta, personal y social del hombre" (EN 29).

477

La promoción humana implica actividades que ayudan a despertar la conciencia del hombre en todas

sus dimensiones y a valerse por sí mismo para ser protagonista de su propio desarrollo humano y

cristiano. Educa para la convivencia, da impulso a la organización, fomenta la comunicación cristiana de

bienes, ayuda de modo eficaz a la comunión y a la participación.

478

Para lograr la coherencia del testimonio de la comunidad cristiana en el empeño de liberación y de

promoción humana, cada país y cada Iglesia particular organizará su pastoral social con medios

permanentes y adecuados que sostengan y estimulen el compromiso comunitario, asegurando la necesaria

coordinación de iniciativas, en diálogo constante con todos los miembros de la Iglesia. Las Caritas y otros

organismos que vienen trabajando con eficacia desde hace muchos años, pueden ofrecer un buen servicio.

479

La teología, la predicación, la catequesis, para ser fieles y completas, exigen tener ante los ojos a todo

el hombre y a todos los hombres y comunicarles en forma oportuna y adecuada "un mensaje

particularmente vigoroso en nuestros días sobre la liberación" (EN 29), "siempre en el designio global de la

salvación" (EN 38). Parece, pues, necesario que digamos una palabra esclarecedora sobre el mismo

concepto de liberación en el momento actual del continente.

4.3. Discernimiento de la Liberación en Cristo.

480

En Medellín se despliega un proceso dinámico de liberación integral cuyos ecos positivos recoge la

EN y el Papa Juan Pablo II en su Mensaje a esta Conferencia. Es un anuncio que urge a la Iglesia y que

pertenece a la entraña misma de una evangelización que tiende hacia la realización auténtica del hombre.

481

Hay, sin embargo, distintas concepciones y aplicaciones de la liberación. Aunque entre ellas se

descubren rasgos comunes, hay enfoques difíciles de llevar a una adecuada convergencia. Por ello, lo

mejor es dar ciertos criterios que emanan del Magisterio y que sirven para el necesario discernimiento

acerca de la original concepción de la liberación cristiana.

482

Aparecen dos elementos complementarios e inseparables: la liberación de todas las servidumbres del

pecado personal y social, de todo lo que desgarra al hombre y a la sociedad y que tiene su fuente en el

egoísmo, en el misterio de iniquidad y de liberación para el crecimiento progresivo en el ser, por la

comunión con Dios y con los hombres que culmina en la perfecta comunión del cielo, donde Dios es todo

en todos y no habrá más lágrimas.

483

Es una liberación que se va realizando en la historia, la de nuestros pueblos y la nuestra personal y que

abarca las diferentes dimensiones de la existencia: lo social, lo político, lo económico, lo cultural y el

conjunto de sus relaciones. En todo esto ha de circular la riqueza transformadora del Evangelio, con su

aporte propio y específico, el cual hay que salvaguardar. De lo contrario, como advierte Pablo VI: "La

Iglesia perdería su significación más profunda; su mensaje no tendría ninguna originalidad y se prestaría a

ser acaparado y manipulado por los sistemas ideológicos y los partidos políticos" (EN 32).

484

Debe ponerse en claro que esta liberación se funda en los tres grandes pilares que el Papa Juan Pablo

II nos trazó como definida orientación: la verdad sobre Jesucristo, la verdad sobre la Iglesia, la verdad

sobre el hombre.

485

Así, si no llegamos a la liberación del pecado con todas sus seducciones e idolatrías; si no ayudamos a

concretar la liberación que Cristo conquistó en la Cruz, mutilamos la liberación de modo irreparable,

también la mutilamos si olvidamos el eje de la evangelización liberadora, que es la que transforma al

hombre en sujeto de su propio desarrollo, individual y comunitario. La mutilamos igualmente, si olvidamos

la dependencia y las esclavitudes que hieren derechos fundamentales que no son otorgados por gobiernos

o instituciones por poderosas que sean sino que tienen como autor al propio Creador y Padre.

486

Es una liberación que sabe utilizar medios evangélicos, con su peculiar eficacia y que no acude a

ninguna clase de violencia ni a la dialéctica de la lucha de clases sino a la vigorosa energía y acción de los

cristianos, que movidos por el Espíritu, acuden a responder al clamor de millones y millones de hermanos.

487

Los pastores de América Latina tenemos razones gravísimas para urgir la evangelización liberadora,

no sólo porque es necesario recordar el pecado individual y social, sino también porque de Medellín para

acá, la situación se ha agravado en la mayoría de nuestros países.

488

Nos alegra comprobar ejemplos numerosos de esfuerzos por vivir la evangelización liberadora en su

plenitud. Una de las principales tareas para seguir alentando la liberación cristiana es la búsqueda creativa

de caminos que se aparten de ambigüedades y reduccionismos (EN 32) en plena fidelidad a la Palabra de

Dios que nos es dada en la Iglesia y que nos mueve al alegre anuncio a los pobres, como uno de los signos

mesiánicos del Reino de Cristo.

489

Como muy bien lo señaló Juan Pablo II en el discurso inaugural: "Hay muchos signos que ayudan a

discernir cuándo se trata de una liberación cristiana y cuándo, en cambio, se nutre más bien de ideologías

que le sustraen la coherencia con una visión evangélica del hombre, de las cosas, de los acontecimientos

(EN 35). Son signos que derivan, ya de los contenidos que anuncian o de las actitudes concretas que

asumen los evangelizadores. Es preciso observar, a nivel de contenidos, cuál es la fidelidad a la Palabra de

Dios, a la Tradición viva de la Iglesia, a su Magisterio. En cuanto a las actitudes, hay que ponderar cuál es

su sentido de comunión con los Obispos, en primer lugar, y con los demás sectores del Pueblo de Dios:

cuál es el aporte que se da a la construcción efectiva de la comunidad y cuál la forma de volcar con amor

su solicitud hacia los pobres, los enfermos, los desposeídos, los desamparados, los agobiados y cómo,

descubriendo en ellos la imagen de Jesús "pobre y paciente", se esfuerza en remediar sus necesidades y

procura servir en ellos a Cristo. No nos engañemos: los fieles humildes y sencillos, como por instinto

evangélico captan espontáneamente cuándo se sirve en la Iglesia al Evangelio y cuándo se lo vacía y

asfixia con otros intereses" (LG 8) (Cfr. Juan Pablo II, Discurso inaugural III, 6. AAS LXXI, p. 202).

490

Quien tiene sobre el hombre la visión que el cristianismo da, asume a su vez el compromiso de no

reparar sacrificios para asegurar a todos la condición de auténticos hijos de Dios y hermanos en

Jesucristo. Así, la evangelización liberadora tiene su plena realización en la comunión de todos en Cristo

según la voluntad del Padre de todos los hombres.

4.3. Evangelización Liberadora para una Convivencia Humana Digna de Hijos de Dios.

491

Nada es divino y adorable fuera de Dios. El hombre cae en la esclavitud cuando diviniza o absolutiza la

riqueza, el poder, el Estado, el sexo, el placer o cualquier creación de Dios, incluso su propio ser o razón

humana. Dios mismo es la fuente de liberación radical de todas las formas de idolatría, porque la

adoración de lo no adorable y la absolutización de lo relativo, lleva a la violación de lo más íntimo de la

persona humana: su relación con Dios y su realización personal. He aquí la palabra liberadora por

excelencia: "Al Señor Dios adorarás, sólo a El darás culto" (Mt. 4,10; cfr.Dt. 5,6ss). La caída de los

ídolos restituye al hombre su campo esencial de libertad. Dios, libre por excelencia, quiere entrar en

diálogo con un ser libre, capaz de hacer sus opciones y ejercer sus responsabilidades individualmente y en

comunidad. Hay, pues, una historia humana que, está llamada a ser consagrada por el hombre a Dios. La

verdadera liberación, en efecto, libera de una opresión para poder acceder a un bien superior.

 

El Hombre y los Bienes de la Tierra.

492

Los bienes y riquezas del mundo, por su origen y naturaleza, según voluntad del Creador, son para

servir efectivamente a la utilidad y provecho de todos y cada uno de los hombres y los pueblos. De ahí

que a todos y a cada uno les compete un derecho primario y fundamental, absolutamente inviolable, de

usar solidariamente esos bienes, en la medida de lo necesario, para una realización digna de la persona

humana. Todos los demás derechos, también el de propiedad y libre comercio, le están subordinados.

Como nos enseña Juan Pablo II: "Sobre toda propiedad privada grava una hipoteca social" (Discurso

inaugural III, 4. AAS LXXI, p. 200). La propiedad compatible con aquel derecho primordial es más que

nada un poder de gestión y administración, que si bien no excluye el dominio, no lo hace absoluto ni

ilimitado. Debe ser fuente de libertad para todos, jamás de dominación ni privilegios. Es un deber grave y

urgente hacerlo retornar a su finalidad primera (Cfr. PP 28).

Liberación del Idolo de la Riqueza.

493

Los bienes de la tierra se convierten en ídolos y en serio obstáculo para el Reino de Dios (Cfr. Mt.

19,23- 26), cuando el hombre concentra toda su atención en tenerlos o aun en codiciarlos. Se vuelven

entonces absolutos. "No podéis servir a Dios y al dinero" (Lc.16,13).

494

La riqueza absolutizada es obstáculo para la verdadera libertad. Los crueles contrastes de lujo y

extrema pobreza, tan visibles a través del continente, agravados, además, por la corrupción que a menudo

invade la vida pública y profesional, manifiestan hasta qué punto nuestros países se encuentran bajo el

dominio del ídolo de la riqueza.

495

Estas idolatrías se concentran en dos formas opuestas que tienen una misma raíz: el capitalismo liberal

y, como reacción, el colectivismo marxista. Ambos son formas de lo que puede llamarse "injusticia

institucionalizada".

496

Finalmente, como ya se dijo, hay que tomar conciencia de los efectos devastadores de una

industrialización descontrolada y de una urbanización que va tomando proporciones alarmantes. El

agotamiento de los recursos naturales y la contaminación del ambiente constituirán un problema

dramático. Afirmamos una vez más la necesidad de una profunda revisión de la tendencia consumista de

las naciones más desarrolladas: deben tenerse en cuenta las necesidades elementales de los pueblos pobres

que forman la mayor parte del mundo.

497

El nuevo humanismo proclamado por la Iglesia que rechaza toda idolatría, permitirá "al hombre

moderno hallarse a sí mismo, asumiendo los valores del amor, de la amistad, de la oración y de la

contemplación. Así podrá realizar en toda su plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada

uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas" (PP 20). De este

modo se planificará la economía al servicio del hombre y no el hombre al servicio de la economía (Cfr. PP

34), como sucede en las dos formas de idolatría, la capitalista y la colectivista. Será la única manera de

que el "tener" no ahogue al "ser" (Cfr. GS 35).

El Hombre y el Poder.

498

Las diversas formas del poder en la sociedad pertenecen fundamentalmente al orden de la creación.

Por tanto, llevan en sí la bondad esencial del servicio que deben prestar a la comunidad humana.

499

La autoridad, necesaria en toda sociedad, viene de Dios (Cfr. Rom. 13, 1; Jn. 19,11) y consiste en la

facultad de mandar según la recta razón. Por consiguiente, su fuerza obligatoria procede del orden moral

(Cfr. PT 47) y dentro de éste debe desarrollarse para que obligue en conciencia. "La autoridad es sobre

todo una fuerza moral" (Cfr. PT 48; GS 74).

500

El pecado corrompe el uso que los hombres hacen del poder, llevándolo al abuso de los derechos de

los demás, a veces en formas más o menos absolutas. Esto ocurre más notoriamente en el ejercicio del

poder político, por tratarse del campo de las decisiones que determinan la organización global del bienestar

temporal de la comunidad y por prestarse más fácilmente, no sólo a los abusos de los que detentan el

poder, sino a la absolutización del poder mismo (Cfr. GS 73), apoyados en la fuerza pública. Se diviniza el

poder político cuando en la práctica se lo tiene como absoluto. Por eso, el uso totalitario del poder es una

forma de idolatría y como tal la Iglesia lo rechaza enteramente (GS 75). Reconocemos con dolor la

presencia de muchos regímenes autoritarios y hasta opresivos en nuestro continente. Ellos constituyen

uno de los más serios obstáculos para el pleno de los derechos de la persona, de los grupos y de las

mismas naciones.

501

Desafortunadamente, en muchos casos esto llega hasta el punto que los mismos poderes políticos y

económicos de nuestras naciones más allá de las normales relaciones recíprocas, están sometidos a

centros más poderosos que operan a escala internacional. Agrava la situación el hecho de que estos

centros de poder se encuentran estructurados en formas encubiertas, presentes por doquiera, y se

substraen fácilmente al control de los gobiernos y de los mismos organismos internacionales.

502

Es urgente liberar a nuestros pueblos del ídolo del poder absolutizado para lograr una convivencia

social en justicia y libertad. En efecto, para que los pueblos latinoamericanos puedan cumplirla misión que

les asigna la historia como pueblos jóvenes, ricos en tradiciones y cultura, necesitan de un orden político

respetuoso de la dignidad del hombre, que asegure la concordia y la paz del interior de la comunidad civil y

en sus relaciones con las demás comunidades. Entre los anhelos y exigencias de nuestros pueblos para

que esto sea una realidad, sobresalen:

503

- La igualdad de todos los ciudadanos con el derecho y el deber de participar en el destino de la

sociedad, con las mismas oportunidades, contribuyendo a las cargas equitativamente distribuidas y

obedeciendo las leyes legítimamente establecidas.

504

- El ejercicio de sus libertades, amparadas en instituciones fundamentales que aseguren el bien común,

en el respeto a los derechos de las personas y asociaciones.

505

- La legítima autodeterminación de nuestros pueblos que les permita organizarse según su propio

genio y la marcha de su historia (GS 74) y cooperar en un nuevo orden internacional.

506

- La urgencia de restablecer la justicia no sólo teórica y formalmente reconocida, sino llevada

eficazmente a la práctica por instituciones adecuadas y realmente vigentes.

5. Evangelización, Ideologías y Política.

 

5.1. Introducción.

507

En los últimos años se advierte un deterioro creciente del cuadro político-social en nuestras países.

508

En ellos se experimenta el peso de crisis institucionales y económicas y claros síntomas de corrupción

y violencia.

509

Dicha violencia es generada y fomentada, tanto por la injusticia, que se puede llamar institucionalizada

en diversos sistemas sociales, políticos y económicos, como por las ideologías que la convierten en medio

para la conquista del poder.

510

Esto último provoca, a su vez, la proliferación de regímenes de fuerza, muchas veces inspirados en la

ideología de la Seguridad Nacional.

511

La Iglesia como Madre y Maestra, experta en humanidad, debe discernir e iluminar, desde el Evangelio

y su enseñanza social, las situaciones, los sistemas, las ideologías y la vida política del continente. Debe

hacerlo, aun sabiendo que se intenta instrumentalizar su mensaje.

512

Por eso, proyecta la luz de su palabra sobre la política y las ideologías, como un servicio más a sus

pueblos y como guía orientadora y segura para cuantos, de un modo u otro, deben asumir

responsabilidades sociales.

5.2. Evangelización y Política.

513

La dimensión política, constitutiva del hombre, representa un aspecto relevante de la convivencia

humana. Posee un aspecto englobante, porque tienen como fin el bien común de la sociedad. Pero no por

ello agota la gama de las relaciones sociales.

514

La fe cristiana no desprecia la actividad política; por el contrario, la valoriza y la tiene en alta estima.

515

La Iglesia - hablando todavía en general, sin distinguir el papel que compete a sus diversos miembrossiente

como su deber y derecho estar presente en este campo de la realidad: porque el cristianismo debe

evangelizar la totalidad de la existencia humana, incluida la dimensión política. Critica por esto, a quienes

tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal o familiar, excluyendo el orden profesional,

económico, social y político, como si el pecado, el amor, la oración y el perdón no tuviesen allí relevancia.

516

En efecto, la necesidad de la presencia de la Iglesia en lo político, proviene de lo más íntimo de la fe

cristiana: del señorío de Cristo que se extiende a toda la vida. Cristo sella la definitiva hermandad de la

humanidad; cada hombre vale tanto como otro: "Todos sois uno en Cristo Jesús" (Gál. 3,28).

517

Del mensaje integral de Cristo se deriva una antropología y teología originales que abarcan "la vida

concreta, personal y social del hombre" (EN 29). Es un mensaje que libera porque salva de la esclavitud

del pecado, raíz y fuente de toda opresión, injusticia y discriminación.

518

Estas son algunas de las razones de la presencia de la Iglesia en el campo de lo político, para iluminar

las conciencias y anunciar una palabra transformadora de la sociedad.

519

La Iglesia reconoce la debida autonomía de lo temporal (GS 36) lo que vale para los gobiernos,

partidos, sindicatos y demás grupos en el campo social y político. El fin que el Señor asignó a su Iglesia

es de orden religioso y, por lo tanto, al intervenir en este campo no la anima ninguna intención de orden

político, económico o social "Precisamente de esta misma misión religiosa derivan funciones, luces y

energías que pueden servir para establecer y consolidar la comunidad humana según la ley divina" (GS

42).

520

Interesa especialmente distinguir en este campo de la política aquello que corresponde a los laicos, lo

que compete a los religiosos y lo que compete a los ministros de la unidad de la Iglesia, el Obispo con su

presbiterio.

5.3. Conceptos de Política y de Compromiso Político.

521

Deben distinguirse dos conceptos de política y de compromiso político: primero, la política en su

sentido más amplio que mira al bien común, tanto en lo nacional como en lo internacional. Le corresponde

precisar los valores fundamentales de toda comunidad - la concordia interior y la seguridad exteriorconciliando

la igualdad con la libertad, la autoridad pública con la legítima autonomía y participación de las

personas y grupos, la soberanía nacional con la convivencia y solidaridad internacional. Define también los

medios y la ética de las relaciones sociales. En este sentido amplio, la política interesa a la Iglesia y, por

tanto, a sus Pastores, ministros de la unidad. Es una forma de dar culto al único Dios, desacralizado y a la

vez consagrando el mundo a El (LG 34).

522

La Iglesia contribuye así a promover los valores que deben inspirar la política, interpretando en cada

nación las aspiraciones de sus pueblos, especialmente los anhelos de aquellos que una sociedad tienda a

marginar. Lo hace mediante su testimonio, su enseñanza y su multiforme acción pastoral.

523

Segundo: la realización de esta tarea política fundamental se hace normalmente a través de grupos de

ciudadanos que se proponen conseguir y ejercer el poder político para resolver las cuestiones económicas,

políticas y sociales según sus propios criterios o ideologías. En este sentido se puede hablar de "política de

partido". Las ideologías elaboradas por esos grupos, aunque se inspiren en la doctrina cristiana, pueden

llegar a diferentes conclusiones. Por eso, ningún partido político por más inspirado que esté en la doctrina

de la Iglesia, puede arrogarse la representación de todos los fieles, ya que su programa concreto no podrá

tener nunca valor absoluto para todos (Cfr. Pío XII, La Acción Católica y la Política, 1937; Juan Pablo II,

Discurso inaugural I, 4.AAS LXXI, p. 190).

524

La política partidista es el campo propio de los laicos (GS 43). Corresponde a su condición laical el

constituir y organizar partidos políticos, con ideología y estrategia adecuada para alcanzar sus legítimos

fines.

525

El laico encuentra en la enseñanza social de la Iglesia los criterios adecuados, a la luz de la visión

cristiana del hombre. Por su parte, la jerarquía le otorgará su solidaridad, favoreciendo su formación y su

vida espiritual y estimulándolo en su creatividad para que busque opciones cada vez más conformes con el

bien común y las necesidades de los más débiles.

526

Los Pastores, por el contrario, puesto que deben preocuparse de la unidad, se despojarán de toda

ideología político-partidista que pueda condicionar sus criterios y actitudes. Tendrán, así, libertad para

evangelizar lo político como Cristo, desde un Evangelio sin partidismos ni ideologizaciones. El Evangelio

de Cristo no habría tenido tanto impacto en la historia, si El no lo hubiese proclamado como un mensaje

religioso. "Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era más tentación lo que alterara su

misión de Servidor de Yahvé (Cfr. Mt. 4,8; Lc.4,5). No acepta la posición de quienes mezclaban las cosas

de Dios con actitudes meramente políticas" (Cfr. 22,21; Mc. 12,17; Jn. 18,36) (Juan Pablo II, Discurso

inaugural I,4.AAS LXXI, p. 190).

527

Los sacerdotes, también ministros de la unidad y los diáconos deberán someterse a idéntica renuncia

personal. Se militaran en política partidista, correrían el riesgo de absolutizarla y radicalizarla, dada su

vocación a ser "los hombres de lo absoluto". "Pero en el orden económico y social y principalmente en el

orden político, en donde se presentan diversas opciones concretas, al Sacerdote como tal no le incumbe

directamente la decisión, ni el liderazgo, ni tampoco la estructuración de soluciones" (Med. Sac. 19). "Al

asumir una función directiva (leadership) "militar" activamente en un partido político, es algo que debe

excluirse cualquier Presbítero a no ser que, en circunstancias concretas y excepcionales, lo exija

realmente el bien de la comunidad, obteniendo el consentimiento del Obispo, consultado el Consejo

Presbiterial y - si el caso lo requiere- también la Conferencia Episcopal" (Sínodo 1971, II parte, 2b).

Ciertamente, la tendencia actual de la Iglesia no va en este sentido.

528

Los religiosos, por su forma de seguir a Cristo, según la función peculiar que les cabe dentro de la

misión de la Iglesia, de acuerdo con su carisma específico, también cooperan en la evangelización de lo

político En una sociedad poco fraternal, dada al consumismo y que se propone como fin último el

desarrollo de sus fuerzas productivas materiales, los religiosos tienen que ser testigos de una real

austeridad de vida, de comunión con los hombres y de intensa relación con Dios, Deberán, pues, resistir,

igualmente, a la tentación de comprometerse en política partidista, para no provocar la confusión de los

valores evangélicos con una ideología determinada.

529

 

Una atenta reflexión de Obispos, sacerdotes y religiosos sobre las palabras del Santo Padre, será

preciosa orientación para su servicio en este campo: "El alma que vive en contacto habitual con Dios y se

mueve dentro del ardiente rayo de su amor, sabe defenderse con facilidad de la tentación de

particularismos y antítesis, que crean el riesgo de dolorosas divisiones; sabe interpretar, a la justa luz del

Evangelio, las opciones por los más pobres y por cada una de las víctimas del egoísmo humano, sin ceder

a radicalismos socio- políticos, que a la larga se manifiestan inoportunos, contraproducentes y

generadores ellos mismos de nuevos atropellos. Sabe acercarse a la gente e insertarse en medio del pueblo,

sin poner en cuestión la propia identidad religiosa, ni oscurecer la "originalidad específica" de la propia

vocación que deriva del peculiar "seguimiento de Cristo". pobre, casto y obediente. Un rato de verdadera

adoración tiene más valor y fruto espiritual que la más intensa actividad, aunque se tratase de la misma

actividad apostólica. Esta es la "contestación" más urgente que los religiosos deben oponer a una sociedad

donde la eficacia ha venido a ser un ídolo, sobre cuyo altar no pocas veces se sacrifica hasta la misma

dignidad humana" (Juan Pablo II a los Superiores Mayores Religiosos, 24/11/78).

530

Los laicos dirigentes de la acción pastoral no deben usar su autoridad en función de partidos o

ideologías.

5.4. Reflexiones sobre la Violencia Política.

531

Ante la deplorable realidad de violencia en América Latina, queremos pronunciarnos con claridad. La

tortura física y sicológica, los secuestros, la persecución de disidentes políticos o de sospechosos y la

exclusión de la vida pública por causas de las ideas, son siempre condenables. Si dichos regímenes son

realizados por la autoridad encargada de tutelar el bien común, envilecen a quienes los practican,

independientemente de las razones aducidas.

532

Con igual decisión la Iglesia rechaza la violencia terrorista y guerrillera, cruel e incontrolable cuando se

desata. De ningún modo se justifica el crimen como camino de liberación. La violencia engendra

inexorablemente nuevas formas de opresión y esclavitud, de ordinario más graves que aquellas de las que

se pretende liberar. Pero, sobre todo, es un atentado contra la vida que sólo depende del Creador.

Debemos recalcar también que cuando una ideología apela a la violencia, reconoce con ello su propia

insuficiencia y debilidad.

533

Nuestra responsabilidad de cristianos es promover de todas maneras los medios no violentos para

restablecer la justicia en las relaciones socio-políticas y económicas, según la enseñanza del Concilio que

vale tanto para la vida nacional como para la vida internacional: "No podemos dejar de alabar a aquellos

que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa que, por

otra parte, están al alcance incluso de los más débiles, con tal de que esto sea posible sin lesión de los

derechos y obligaciones de otros y de la sociedad" (GS 78).

534

"Debemos decir y reafirmar que la violencia no es ni cristiana ni evangélica y que los cambios bruscos

y violentos de las estructuras serán engañosos, ineficaces en sí mismos y ciertamente no conformes con

la dignidad del pueblo" (Pablo VI, discurso en Bogotá, 23/8/68). En efecto, "la Iglesia es consciente de que

las mejores estructuras y los sistemas más idealizados se convierten pronto en inhumanos si las

inclinaciones del hombre no son saneadas, si no hay conversión de corazón y de mente por parte de

quienes viven en esas estructuras o las rigen" (EN 36).

5.5. Evangelización e Ideologías.

Discernimiento sobre las Ideologías en América Latina y los Sistemas que en ellas se Inspiran.

535

Entre las múltiples definiciones que pueden proponerse, llamamos aquí ideología a toda concepción

que ofrezca una visión de los distintos aspectos de la vida, desde el ángulo de un grupo determinado de la

sociedad. La ideología manifiesta las aspiraciones de ese grupo, llama a cierta solidaridad y combatividad y

funda su legitimación en valores específicos. Toda ideología es parcial, ya que ningún grupo particular

puede pretender identificar sus aspiraciones con las que la sociedad global. Una ideología será, pues,

legítima si los intereses que defiende lo son y si respeta los derechos fundamentales de los demás grupos

de la nación. En este sentido positivo, las ideologías aparecen como necesarias para el quehacer social, en

cuanto son mediaciones para la acción.

536

Las ideologías llevan en sí mismas la tendencia a absolutizar los intereses que defienden, la visión que

proponen y la estrategia que promueven. En tal caso, se transforman en verdaderas "religiones laicas". Se

presentan como "una explicación última y suficiente de todo y se construye así un nuevo ídolo, del cual se

acepta a veces, sin darse cuenta, el carácter totalitario y obligatorio" (OA 28). En esta perspectiva no debe

extrañar que las ideologías intentan instrumentar personas e instituciones al servicio de la eficaz

consecución de sus fines. Ahí está el lado ambiguo y negativo de las ideologías.

537

Las ideologías no deben analizarse solamente desde el punto de vista de sus contenidos conceptuales.

Más allá de ellos, constituyen fenómenos vitales de dinamismo arrollador, contagioso. Son corrientes de

aspiraciones con tendencia hacia la absolutización, dotadas también de poderosa fuerza de conquista y

fervor redentor. Esto les confiere una "mística" especial y la capacidad de penetrar los diversos ambientes

de modo muchas veces irresistible. Sus slogans, sus expresiones típicas, sus criterios, llegan a impregnar

con facilidad aun a quienes distan de adherir voluntariamente a sus principios doctrinales. De este modo,

muchos viven y militan prácticamente dentro del marco de determinadas ideologías sin haber tomado

conciencia de ello. Es este otro aspecto que exige constante revisión y vigilancia. Todo esto se aplica tanto

a las ideologías que legitiman la situación actual, como a aquellas que pretenden cambiarla.

538

Para el necesario discernimiento y juicio crítico sobre las ideologías, los cristianos deben apoyarse en

el "rico y complejo patrimonio que la "Evangelii Nuntiandi" denomina Doctrina Social o Enseñanza Social

de la Iglesia" (Juan Pablo II, Discurso inaugural III, 7.AAS LXXI,p. 203).

539

Esta Doctrina o Enseñanza Social de la Iglesia expresa "lo que ella posee como propio: una visión

global del hombre y de la humanidad" (PP 13). Se deja interpelar y enriquecer por las ideologías en lo que

tienen de positivo y, a su vez, las interpela, relativiza y critica.

540

Ni el Evangelio ni la Doctrina o Enseñanza Social que de él proviene son ideologías. Por el contrario,

representan para éstas una poderosa fuente de cuestionamientos de sus límites y ambigüedades. La

originalidad siempre nueva del mensaje evangélico debe ser permanentemente clarificada y defendida

frente a los intentos de ideologización.

541

 

La exaltación desmedida y los abusos del Estado no pueden, sin embargo, hacer olvidar la necesidad

de las funciones del Estado moderno, respetuoso de los derechos y de las libertades fundamentales.

Estado que se apoye sobre una amplia base de participación popular, ejercida a través de diversos grupos

intermedios. Propulsor de un desarrollo autónomo, acelerado y equitativo, capaz de afirmar el ser nacional

ante indebidas presiones o interferencias, tanto a nivel interno como internacional. Capaz de adoptar una

posición de activa cooperación con los esfuerzos de integración continental y en al ámbito de la

comunidad internacional. Estado, finalmente, que evite el abuso de un poder monolítico, concentrado en

manos de pocos.

En América Latina es necesario analizar diversas ideologías.

542

a) El liberalismo capitalista, idolatría de la riqueza en su forma individual. Reconocemos el aliento que

infunde a la capacidad creadora de la libertad humana y que ha sido impulsor del progreso. Sin embargo,

"considera el lucro como motor esencial del progreso económico; la concurrencia como ley suprema de la

economía, la propiedad privada de los medios de producción, como un derecho absoluto, sin límites ni

obligaciones sociales correspondientes" (PP 26). Los privilegios ilegítimos derivados del derecho absoluto

de propiedad, causan contrastes escandaloso y una situación de dependencia y opresión, tanto en lo

nacional como en lo internacional. Aunque es evidente que en algunos países se ha atenuado su expresión

histórica original, debido al influjo de una necesaria legislación social y de precisas intervenciones del

Estado, en otros lugares manifiesta aún persistencia o, incluso, retroceso hacia sus formas primitivas y de

menor sensibilidad social.

543

b) El colectivismo marxista conduce igualmente - por sus presupuestos materialistas- a una idolatría

de la riqueza pero en su forma colectiva. Aunque nacido de una positiva crítica al fetichismo de la

mercancía y al desconocimiento del valor humano del trabajo, no logró ir a la raíz de esta idolatría que

consiste en el rechazo del Dios de amor y justicia, único Dios adorable.

544

El motor de su dialéctica es la lucha de clases. Su objetivo, la sociedad sin clases, lograda a través de

una dictadura proletaria que, en fin de cuentas, establece la dictadura de partido. Todas sus experiencias

históricas concretas como sistema de gobierno, se han realizado dentro del marco de regímenes

totalitarios cerrados a toda posibilidad de crítica y rectificación. Algunos creen posible separar diversos

aspectos del marxismo, en particular su doctrina y su análisis. Recordamos con el Magisterio Pontificio

que "sería ilusorio y peligroso llegar a olvidar el lazo íntimo que los une radicalmente; el aceptar los

elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología; al entrar en la práctica de la

lucha de clases y de su interpretación marxista, dejando de percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta

a que conduce este proceso" (OA 34)

545

Se debe hacer notar aquí el riesgo de ideologización a que se expone la reflexión teológica, cuando se

realiza partiendo de una praxis que recurre al análisis marxista. Sus consecuencias son la total politización

de la existencia cristiana, la disolución del lenguaje de la fe en el de las ciencias sociales y el vaciamiento

de la dimensión trascendental de la salvación cristiana.

546

Ambas ideologías señaladas - liberalismo capitalista y marxismo- se inspiran en humanismos cerrados

a toda perspectiva trascendente. Una, debido a su ateísmo práctico; la otra, por la profesión sistemática de

un ateísmo militante.

547

c) En los últimos años se afianza en nuestro continente la llamada "Doctrina de la Seguridad

Nacional", que es de hecho, más una ideología que una doctrina. Está vinculada a un determinado modelo

económico-político, de características elitistas y verticalistas que suprime la participación amplia del

pueblo en las decisiones políticas. Pretende incluso justificarse en ciertos países de América Latina como

doctrina defensora de la civilización occidental cristiana. Desarrolla un sistema represivo, en concordancia

con su concepto de "guerra permanente". En algunos casos expresa una clara intencionalidad del

protagonismo geopolítico.

548

Una convivencia fraterna lo entendemos bien, necesita de un sistema de seguridad, para imponer el

respeto de un orden social justo que permita a todos cumplir su misión en relación al bien común. Este,

por tanto, exige que las medidas de seguridad estén bajo control de un poder independiente, capaz de

juzgar sobre las violaciones de la ley y de garantizar medidas que las corrijan.

549

La Doctrina de la Seguridad Nacional entendida como ideología absoluta, no se armonizaría con una

visión cristiana del hombre en cuanto responsable de la realización de un proyecto temporal ni del Estado,

en cuanto administrador del bien común. Impone en efecto, la tutela del pueblo por elites de poder,

militares y políticas, y conduce a una acentuada desigualdad de participación en los resultados del

desarrollo.

550

En pleno acuerdo con Medellín insistimos en que "el sistema liberal capitalista y la tentación del

sistema marxista parecieran agotar en nuestro continente las posibilidades de transformar las estructuras

económicas. Ambos sistemas atentan contra la dignidad de la persona humana; pues uno tiene como

presupuesto la primacía del capital, su poder y su discriminatoria utilización en función del lucro; el otro,

aunque ideológicamente sustenta un humanismo, mira más bien al hombre colectivo y, en la práctica, se

traduce en una concentración totalitaria del poder del Estado. Debemos denunciar que Latinoamérica se ve

encerrada entre estas dos opciones y permanece dependiente de uno u otro de los centros de poder que

canalizan su economía" (Med., Justicia, 10).

551

Ante la realidad, "la Iglesia quiere mantenerse libre frente a los opuestos sistemas, para optar sólo por

el hombre. Cualesquiera sean las miserias o sufrimientos que aflijan al hombre, no será a través de la

violencia, de los juegos de poder, de los sistemas políticos, sino mediante la verdad sobre el hombre,

como la humanidad encontrará su camino hacia un futuro mejor" (Juan Pablo II, Discurso inaugural III,

3. AAS LXXI p. 199). Sobre la base de este humanismo, los cristianos obtendrán aliento para superar la

porfiada alternativa y contribuir a la construcción de una nueva civilización, justa, fraterna y abierta a lo

trascendente. Será, además, testimonio de que las esperanzas escatológicas animan y dan sentido a las

esperanzas humanas.

552

Para esta acción audaz y creativa, el cristiano fortalecerá su identidad en los valores originales de la

antropología cristiana. La Iglesia, "no necesita, pues, recurrir a sistemas e ideologías para amar, defender

y colaborar en la liberación del hombre: en el centro del mensaje del cual es depositaria y pregonera, ella

encuentra inspiración para actuar en favor de la fraternidad, de la justicia, de la paz, contra todas las

dominaciones, esclavitudes, discriminaciones, atentados a la libertad religiosa, opresiones contra el hombre

y cuanto atenta contra la vida" (Juan Pablo II, Discurso inaugural III, 2. AAS LXXI p. 199).

553

Inspirándose en estos contenidos de la antropología cristiana, es indispensable el compromiso de los

cristianos en la elaboración de proyectos históricos conformes a las necesidades de cada momento y de

cada cultura.

554

Atención y discernimiento especiales debe merecer al cristiano su eventual compromiso en

movimientos históricos nacidos de diversas ideologías que, por otra parte, son distintos de ellas. Según la

doctrina de Pacem in Terris (Nos. 55 y 152) retomada en Octogésima Adveniens, no se puede identificar

las teorías filosóficas falsas con los movimientos históricos originados en ellas, en la medida en que estos

movimientos históricos pueden ser influenciados en su evolución. El compromiso de los cristianos en

estos movimientos en todo caso, les plantea ciertas exigencias de fidelidad perseverante que facilitarán su

papel evangelizador:

555

a) Discernimiento eclesial, en comunión con los Pastores, según OA 4.

556

b) Fortalecimiento de su identidad, nutriéndola en las verdades de la fe y su explicitación en la

Doctrina o Enseñanza Social de la Iglesia y el soporte de una rica vida sacramental y de oración.

557

c) Conciencia crítica de las dificultades, limitaciones, posibilidades y valores de estas convergencias.

5.6. Riesgos de Instrumentalización de la Iglesia y de la Actuación de sus Ministros.

558

Las ideologías y los partidos, al proponer una visión absolutizada del hombre a la que someten todo,

incluso el mismo pensamiento humano, tratan de utilizar a la Iglesia o de quitarle su legítima

independencia. Esta instrumentalización, que es siempre un riesgo en la vida política, puede provenir de los

propios cristianos y aún de sacerdotes y religiosos, cuando anuncian un Evangelio sin incidencias

económicas, sociales, culturales y políticas. En la práctica, esta mutilación equivale a cierta colusión -

aunque inconsciente- con el orden establecido.

559

La tentación de otros grupos, por el contrario, es considerar una política determinada como la primera

urgencia, como una condición previa para que la Iglesia pueda cumplir su misión. Es identificar el mensaje

cristiano con una ideología y someterlo a ella, invitando a una "relectura" del Evangelio a partir de una

opción política (Cfr. Juan Pablo II, Discurso inaugural I, 4.AAS LXXI p. 190). Ahora bien, es preciso leer

lo político a partir del Evangelio y no al contrario.

560

El integrismo tradicional espera el Reino, ante todo, del retroceso de la historia hacia la reconstrucción

de una cristiandad en el sentido medieval: alianza estrecha entre el poder civil y el poder eclesiástico.

561

2La radicalización de grupos opuestos cae en la misma trampa, esperando el Reino de un alianza

estratégica de la Iglesia con el marxismo, excluyendo cualquiera otra alternativa. No se trata para ellos

solamente de ser marxista (Véase Nos. 543-546) sino de ser marxista en nombre de la Fe.

5.7. Conclusión.

562

La misión de la Iglesia en medio de los conflictos que amenazan al género humano y al continente

latinoamericano, frente a los atropellos contra la justicia y la libertad, frente a la injusticia institucionalizada

de regímenes que se inspiran en ideologías opuestas y frente a la violencia terrorista es inmensa y más que

nunca necesaria. Para cumplir esta misión, se requiere la acción de la Iglesia toda - pastores, ministros

consagrados, religiosos, laicos- cada cual en su propia misión. Unos y otros, unidos a Cristo en la oración

y en la abnegación, se comprometerán, sin odios ni violencias, hasta las últimas consecuencias, en el logro

de una sociedad más justa, libre y pacífica, anhelo de los pueblos de América Latina y fruto indispensable

de una evangelización liberadora.

Tercera Parte.

La Evangelización en la Iglesia de América Latina.

Comunión y Participación.

563

Dios llama en América Latina a una vida en Cristo Jesús. Urge anunciarla a todos los hermanos. La

Iglesia evangelizadora tiene esta misión: predicar la conversión, liberar al hombre e impulsarlo hacia el

misterio de comunión con la Trinidad y de comunión con todos los hermanos, transformándolos en

agentes y cooperadores del designio de Dios. ¿Cómo debe la Iglesia vivir su misión?

564

Caba bautizado se siente atraído por el Espíritu de Amor, quien le impulsa a salir de sí mismo, a

abrirse a los hermanos y a vivir en comunidad. En la unión entre nosotros se hace presente el Señor Jesús

resucitado que celebra su Pascua en América Latina.

565

Veamos cómo el don maravilloso de la vida nueva se realiza de modo excelente en cada Iglesia

particular y también, de manera creciente en la familia, en pequeñas comunidades y en las parroquias.

Desde estos centros de evangelización, el Pueblo de Dios en la Historia, por el dinamismo del Espíritu y la

participación de los cristianos, va creciendo en gracia y santidad. En su seno surgen carismas y servicios.

¿Cómo se diversifican entre sí y se integran en la vida eclesial los ministros jerárquicos, las mujeres y

hombres consagrados por el Señor y en fin, todos los miembros del Pueblo de Dios en su misión

evangelizadora?

566

Los bautizados ¿por qué medios actúan? La acción del Espíritu se expresa en la oración y al escuchar

la Palabra de Dios; se profundiza en la catequesis, se celebra en la liturgia, se testimonia en la vida, se

comunica en la educación y se comparte en el diálogo que busca ofrecer a todos los hermanos la vida

nueva que, sin mérito de nuestra parte, recibimos en la Iglesia como operarios de la primera hora.

Capítulo I: Centros de comunión y participación

Capítulo II: Agentes de comunión y participación

Capítulo III: Medios para la comunión y participación.

Capítulo I. Centros de Comunión y Participación.

567

El misterio de la Iglesia como comunidad fraterna de caridad teologal, fruto del encuentro de la

Palabra de Dios y de la celebración del Misterio Pascual de Cristo Salvador en la Eucaristía y en los demás

sacramentos, confiada al Colegio Apostólico, presidido por Pedro para evangelizar al mundo, logra su

arraigo y tiende a desarrollar su dinamismo transformador de la vida humana, tanto personal como social,

en diversos niveles y circunstancias que constituyen centros o lugares preferenciales de evangelización, en

orden a edificar la Iglesia y a su irradiación misionera.

CONTENIDO:

1. La familia

2. Las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), la Parroquia y la Iglesia Particular.

1. Familia.

La Familia.

 

568

La familia latinoamericana para llegar a ser realmente centro de comunión y participación, debe

encontrar caminos de renovación interna y de comunión con la Iglesia y el mundo.

569

Nos complace abordar el tema de la familia como sujeto y objeto de evangelización. Conscientes de su

complejidad, pero obedientes a la voz del Señor, hecha presente por la palabra del Santo Padre en su

homilía sobre la familia (Puebla, 28 enero, 1979), deseamos unidos a su inquietud, ayudarla a ser fiel a su

misión evangelizadora en esta ahora.

La familia, sujeto y objeto de Evangelización, centro evangelizador de comunión y participación.

1.1. Introducción.

570

En el gran sentido de familia que tienen nuestros pueblos, los Padres de la Conferencia de Medellín

vieron un rasgo primordial de la cultura latinoamericana. "Pasaron diez años, la Iglesia en América Latina

se siente feliz por todo lo que ha podido realizar en favor de la familia. Pero reconoce con humildad cuánto

le falta por hacer, mientras que percibe que la Pastoral Familiar, lejos de haber perdido su carácter

prioritario, aparece hoy todavía más urgente, como elemento muy importante de la Evangelización" (Cfr.

Juan Pablo II, Homilía Puebla 2. AAS LXXI p. 184).

 

1.2. Situación de la Familia en América Latina.

571

La familia es una de las instituciones en que más ha influido el proceso de cambio de los últimos

tiempos. La Iglesia es consciente - nos ha recordado el Papa- de que en la familia "repercuten los

resultados más negativos del subdesarrollo: índices verdaderamente deprimentes de insalubridad, pobreza

y aun miseria, ignorancia y analfabetismo, condiciones inhumanas de vivienda, subalimentación crónica y

tantas otras realidades no menos tristes" (Juan Pablo II, Homilía Puebla, 3. AAS LXXI p. 184).

572

Es preciso reconocer además que la realidad de la familia no es ya uniforme, pues en cada familia

influyen de manera diferente - independientemente de la clase social -, factores ligados al cambio, a saber:

factores sociológicos (injusticia social, principalmente); culturales (calidad de vida); políticos (dominación

y manipulación); económicos (salarios, desempleo, pluriempleo); religiosos (influencia secularista), entre

muchos otros.

573

La familia aparece también como víctima de quienes convierten en ídolos el poder, la riqueza y el

sexo. A esto contribuyen las estructuras injustas, sobre todo los medios de comunicación, no sólo con sus

mensajes de sexo, lucro, violencia poder, ostentación, sino también destacando lo que contribuye a

propagar el divorcio, la infidelidad conyugal y el aborto o la aceptación del amor libre y de las relaciones

pre-matrimoniales.

574

No pocos veces, la desorientación de las conciencias se debe a la falta de unidad de criterios entre

sacerdotes en la aceptación y aplicación de la doctrina pontificia acerca de importantes aspectos de la

moral familiar y social.

575

La familia rural y la suburbana sufren particularmente los efectos de los compromisos internacionales

de los gobiernos por lo que hace a planeación familiar, extendida como imposición antinatalista y a

experimentaciones que no tienen en cuenta la dignidad de la persona ni el auténtico desarrollo de los

pueblos.

576

En estos sectores populares la crónica y generalizada situación de desempleo afecta la estabilidad

familiar, ya que la necesidad de trabajo obliga a la emigración, al ausentismo de los padres, a la dispersión

de los hijos.

577

En todos los niveles sociales, la familia sufre también el impacto deletéreo de la pornografía, el

alcoholismo, las drogas, la prostitución y la trata de blancas, así como el problema de las madres solteras

y de los niños abandonados. Ante el fracaso de los anticonceptivos químicos y mecánicos, se ha pasado a

la esterilización humana y al aborto provocado, para lo cual se emplean insidiosas campañas.

578

Urge un diligente cuidado pastoral para evitar los males provenientes de la falta de educación en el

amor, la falta de preparación al matrimonio, el descuido de la evangelización de la familia y de la formación

de los esposos para la paternidad responsable. Además, no podemos desconocer que un gran número de

familias de nuestro Continente no ha recibido el sacramento del matrimonio. Muchas de estas familias, no

obstante, viven en cierta unidad, fidelidad y responsabilidad. Esta situación plantea interrogantes teológicos

y exige un adecuado acompañamiento pastoral.

579

A la inversa, es satisfactorio comprobar que, cada día son más los cristianos que procuran vivir su fe

en y desde el seno familiar, dando un valioso testimonio evangélico y aun educando con dignidad una

familia razonablemente numerosa. Son también muchos los novios que se preparan con seriedad al

matrimonio y tratan de dar a su celebración un verdadero sentido cristiano. Se nota, además, el empeño

por vigorizar y adecuar la pastoral familiar a los desafíos y circunstancias de la vida moderna.

580

En todos los países han surgido iniciativas interesantes, orientadas a fortalecer los valores y la

espiritualidad de la familia como Iglesia doméstica, en participación y compromiso con la Iglesia

particular. En todo eso aparece el fruto de la acción callada y constante de los movimientos cristianos en

favor de la familia.

581

Podemos visitar en toda América Latina "casas donde no falta el pan y el bienestar pero falta quizás

concordia y alegría; casas donde las familias viven más bien modestamente y en la inseguridad del

mañana, ayudándose mutuamente a llevar una existencia difícil pero digna; pobres habitaciones en las

periferias de vuestras ciudades, donde hay mucho sufrimiento escondido aunque en medio de ellas existe

la sencilla alegría de los pobres; humildes chozas de campesinos, de indígenas, de emigrantes, etc." (Juan

Pablo II, Homilía Puebla, 4.AAS LXXI p. 186). Concluiremos subrayando que los mismos hechos que

acusan la desintegración de la familia, "terminan por poner de manifiesto, de diversos modos, la auténtica

índole de esa institución" (GS 47), "que no fue abolida ni por la pena del pecado original ni por el castigo

del diluvio" (Liturgia del Matrimonio), pero que sigue padeciendo por la dureza del corazón humano (Cfr.

Mt. 19,8).

1.3. Reflexión Teológica sobre la Familia.

582

La familia es imagen de Dios que "en su misterio más íntimo no es una soledad, sino una familia"

(Juan Pablo II, Homilía Puebla, 2. AAS LXXI p. 184). Es una alianza de personas a la que se llega por

vocación amorosa del Padre que invita a los esposos a una "íntima comunidad de vida y de amor" (GS

48), cuyo modelo es el amor de Cristo a su Iglesia. La ley del amor conyugal es comunión y participación,

no dominación. Es exclusiva, irrevocable y fecunda entrega a la persona amada sin perder la propia

identidad. Un amor así entendido, en su rica realidad sacramental es más que un contrato; tiene las

características de la Alianza (Cfr. GS 48).

583

La pareja santificada por el sacramento del matrimonio es un testimonio de presencia pascual del

Señor. La familia cristiana cultiva el espíritu de amor y de servicio. Cuatro relaciones fundamentales de la

persona encuentran su pleno desarrollo en la vida de la familia: paternidad, filiación, hermandad,

nupcialidad. Estas mismas relaciones componen la vida de la Iglesia: experiencia de Dios como Padre,

experiencia de Cristo como hermano, experiencia de hijos en, con y por el Hijo, experiencia de Cristo

como esposo de la Iglesia. La vida en familia reproduce estas cuatro experiencias fundamentales y las

participa en pequeño; son cuatro rostros del amor humano (Cfr. GS 49).

584

Cristo, al nacer, asumió la condición de los niños: nació pobre y sometido a sus padres. Todo niño -

imagen de Jesús que nace -, debe ser acogido con cariño y bondad. Al trasmitir la vida a un hijo, el amor

conyugal produce una persona nueva, singular, única e irrepetible. Allí empieza para los padres el

ministerio de evangelización. En él deben fundar su paternidad responsable: en las circunstancias sociales,

económicas, culturales, demográficas en que vivimos, ¿son los esposos capaces de educar y evangelizar

en nombre de Cristo a un hijo más? La respuesta de los padres sensatos será fruto del recto

discernimiento y no de la ajena opinión de las personas, de la moda o de los impulsos. Así el instinto y el

capricho, cederán lugar a la disciplina consciente y libre de la sexualidad, por amor a Cristo cuyo rostro

aparece en el rostro del niño que se desea y se trae libremente a la vida.

585

La lenta y gozosa educación de la familia representa siempre un sacrificio, recuerdo de la cruz

redentora. Pero la felicidad íntima que comunica a los padres, recuerda también la resurrección. En este

espíritu de pascua los padres evangelizan a sus hijos y son por ellos evangelizados (Cfr. EN 71). El

reconocimiento de las faltas y la sincera manifestación del perdón, son elementos de conversión

permanente y de permanente resurrección. El ambiente de pascua florece en la vida cristiana entera y se

convierte en profetismo, al contacto con la divina Palabra. Pero evangelizar, no es sólo leer la Biblia, sino

desde ella, darse una palabra de admiración, de consuelo, de corrección, de luz, de seguridad.

586

La estabilidad en la relación de padres e hijos es comunicativa. Cuando las demás familias ven cómo

se aman, nace el deseo y la práctica de un amor que vincula a las familias entre sí, como signo de la

unidad del género humano (Cfr. LG 1). Allí crece la Iglesia mediante la integración de las familias por el

bautismo que a todos hace hermanos. Donde la catequesis robustece la fe, todos se enriquecen con el

testimonio de las virtudes cristianas. Un ambiente sano de vinculación de familias es lugar único de

nutrición, fortalecimiento físico y mental para los hijos, en sus primeros años. Los padres son allí

maestros, catequistas y los primeros ministros de la oración y del culto a Dios. Se renueva la imagen de

Nazaret: "Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc. 2,52).

587

Para que funcione bien, la sociedad requiere las mismas exigencias del hogar; formar personas

conscientes, unidas en comunidad de fraternidad para fomentar el desarrollo común. La oración, el trabajo

y la actividad educadora de la familia, como célula social, deben, pues, orientarse a trocar las estructuras

injustas, por la comunión y participación entre los hombres y por la celebración de la fe en la vida

cotidiana. "En la interpelación recíproca que en el curso de los tiempos se establece entre el Evangelio y la

vida concreta personal y social" (EN 29), la familia sabe leer y vivir el mensaje explícito sobre los

derechos y deberes de la vida familiar. Por eso, denuncia y anuncia, se compromete en el cambio del

mundo en sentido cristiano y contribuye al progreso, a la vida comunitaria, al ejercicio de la justicia

distributiva, a la paz.

588

En la Eucaristía la familia encuentra su plenitud de comunión y participación. Se prepara por el deseo

y la búsqueda del Reino, purificando el alma de todo lo que aparta de Dios. En actitud oferente, ejerce el

sacerdocio común y participa de la Eucaristía para prolongarla en la vida por el diálogo en que comparte la

palabra, las inquietudes, los planes, profundizando así, la comunión familiar. Vivir la Eucaristía es

reconocer y compartir los dones que por Cristo recibimos del Espíritu Santo. Es aceptar la acogida que

nos brindan los demás y dejarlos entrar en nosotros mismos. Vuelve a surgir el espíritu de la Alianza: es

dejar que Dios entre en nuestra vida y se sirva de ella según su voluntad. Aparece, entonces, en el centro

de la vida familiar la imagen fuerte y suave de Cristo, muerto y resucitado.

589

De allí surgirá la misión de la familia. Esta Iglesia doméstica, convertida por la fuerza liberadora del

Evangelio en "escuela del más rico humanismo" (GS 2), sabiéndose peregrina con Cristo y comprometida

con El al servicio de la Iglesia particular, se lanza hacia el futuro, dispuesta a superar las falacias del

racionalismo y de la sabiduría mundana que desorientan al hombre moderno. Viendo y actuando sobre la

realidad, como Dios la ve y la gobierna, busca mayor fidelidad al Señor, para no adorar ídolos sino al Dios

vivo del amor.

1.4. Opciones Pastorales.

Opción Básica.

590

Teniendo en cuenta las enseñanzas de Medellín, de Pablo VI y el reciente magisterio de Juan Pablo II

acerca de la familia: "Haced todos los esfuerzos para que haya una pastoral de la familia. Atended a campo

tan prioritario con la certeza de que la evangelización en el futuro depende en gran parte de la "Iglesia

doméstica"(Discurso inaugural, IV a. AAAAS LXXI p. 204), rectificamos la prioridad de la pastoral

familiar dentro de la Pastoral orgánica en América Latina.

Proponemos un esquema elemental de Pastoral Familiar:

591

a) La Pastoral Familiar se inserta admirablemente en la pastoral de toda la Iglesia: es evangelizadora,

profética y liberadora.

592

- Anuncia el Evangelio del amor conyugal y familiar como experiencia pascual vivida en la Eucaristía.

593

- Denuncia las falacias y corruptelas que impiden o ensombrecen el Evangelio del amor conyugal y

familiar.

594

- Busca caminos para que las parejas y las familias puedan avanzar en su vocación al amor y en su

misión de formar personas, educar en la fe, contribuir al desarrollo. En los casos tan frecuentes de

familias incompletas, se han de buscar caminos pastorales para su adecuada atención.

595

- Acoge a las parejas y familias, cualquiera sea la situación concreta de cada una, y las acompaña con

paso de Buen Pastor que comprende su debilidad al ritmo de su pobreza humana y de su ignorancia.

596

b) Son agentes de esta Pastoral quienes se comprometen a vivir el Evangelio de la familia y

promueven pequeñas o amplias comunidades eclesiales familiares.

597

c) Desarrollan la Pastoral Familiar

- en los momentos cargados de gracia salvífica que acontecen en las parejas y en las familias:

noviazgo, desposorio, boda, paternidad y educación de los hijos, aniversarios, bautismos, primeras

Comuniones, fiestas y celebraciones familiares, sin excluir crisis de la convivencia familiar, momentos de

dolor como la enfermedad y la muerte.

598

- Está íntimamente relacionada con la Pastoral Social en: # el trabajo por la creación de estructuras y

ambientes que hagan posible la vida en familia; # en la recreación, procurando ambientes seguros y

constructivos para los hijos y para todos los jóvenes; # en la cultura, comunicando valores recibidos de la

historia familiar y de la historia local; # en el apostolado, vinculándose en comunidades en íntima relación

con la Jerarquía y en compromiso con la Iglesia particular.

599

d) Partiendo de la Palabra, ofrece principios y pautas para la acción: preferencia de "ser más", sobre la

tendencia de tener, poder, saber "más", sin servir más. Dar más que recibir.

600

e) La Pastoral Familiar se desarrolla:

- En ambientes de confianza en la verdad.

- En la integración de los valores naturales de la familia con la fe.

- Con discernimiento cristiano de las circunstancias para la toma de decisiones.

Líneas de Acción.

601

a) Enriquecer y sistematizar la teología de la familia para facilitar su conocimiento y profundización

como "Iglesia doméstica" (Cfr. LG 11), con el fin de iluminar las nuevas situaciones de las familias

latinoamericanas.

602

b) Afirmar que en toda pastoral familiar deberá considerarse a la familia como sujeto y agente

insustituible de evangelización y como base de la comunión de la sociedad.

603

c) Promover en el seno de las familias un profundo espíritu de comunión entre sus miembros, con

expresiones de apertura y generoso servicio mutuo, procurando así la realización de la Buena Nueva.

604

d) Recalcar la necesidad de una educación de todos los miembros de la familia en la justicia y en el

amor, de tal manera que puedan ser agentes responsables, solidarios y eficaces para promover soluciones

cristianas de la compleja problemática social latinoamericana.

605

e) Considerar la catequesis pre-sacramental y su celebración litúrgica como momentos privilegiados

para el anuncio y respuesta al Evangelio del amor conyugal y familiar.

606

f) Procurar, como parte importante de la educación progresiva en el amor, la educación sexual que

debe ser oportuna e integral y que hará descubrir la belleza del amor y el valor humano del sexo.

607

g) Acompañar a los esposos para ayudarlos a crecer en la fe y a profundizar en el misterio del

matrimonio cristiano. Así les ayudará a ser felices, enseñándoles a cultivar el amor, entrar en diálogo,

tener delicadezas y atenciones; a centrar en el hogar todos los intereses de la vida.

608

h) Atender, en una actitud pastoral profundamente evangélica, al sentido problema de las uniones

matrimoniales de facto, de las familias incompletas, con un profundo sentido de comprensiva prudencia.

609

i) Educar preferentemente a los esposos para una paternidad responsable que los capacite no sólo para

una honesta regulación de la fecundidad y para incrementar el gozo de su complementariedad, sino

también para hacerles buenos formadores de sus hijos.

610

j) Proporcionar a las familias, ante las campañas antinatalistas de origen gubernamental o promovidas

desde otros países, suficientes conocimientos sobre los múltiples efectos negativos de las técnicas

imperantes en las filosofías neomalthusianas y proceder a aplicar integralmente las normas éticas clara y

repetidamente anunciadas por el magisterio.

611

Para lograr una honesta regulación de la fecundidad, se requiere promover la existencia de centros en

donde se enseñen científicamente los métodos naturales por parte de personal calificado. Esta alternativa

humanista evita los males éticos y sociales de la anticoncepción y la esterilización, que históricamente, han

sido pasos previos a la legalización del aborto.

612

k) No circunscribir la pastoral para el respeto del derecho básico de la vida al crimen abominable del

aborto, sino extenderla a la defensa de la integridad y la salud en los demás momentos y circunstancias de

la existencia humana.

613

l) Seguir fielmente esta recomendación: "En defensa de la familia...la Iglesia se compromete a dar su

ayuda, e invita a los Gobiernos para que pongan como punto clave de su acción una política socio-familiar

inteligente, audaz, perseverante, reconociendo que ahí se encuentra sin duda el porvenir - la esperanza- del

Continente" (Juan Pablo II, Homilía Puebla, 3. AAS LXXI, p. 185).

614

m) Impartir, tanto en los Seminarios como en Institutos Religiosos y otros Centros una suficiente

formación en Pastoral Familiar y, posteriormente, en la formación permanente de los sacerdotes y demás

agentes de la evangelización.

615

n) Promover y fortalecer los movimientos y formas del apostolado familiar, respetando sus propios

carismas dentro de la Pastoral de Conjunto.

616

o) Crear o vitalizar, para asegurar el éxito de estas líneas de acción, Centros de Coordinación

diocesana, nacional y latinoamericana para la Pastoral Familiar con participación de los padres de familia.

2. Comunidades Eclesiales de Base, Parroquias, Iglesia Particular.

617

Además de la familia cristiana, primer centro de evangelización, el hombre vive su vocación fraterna

en el seno de la Iglesia Particular, en comunidades que hacen presente y operante el designio salvífico del

Señor, vivido en comunión y participación. Así, dentro de la Iglesia Particular, hay que considerar las

parroquias, las Comunidades Eclesiales de Base y otros grupos eclesiales.

COMUNIDADES ECLESIALES DE BASE, PARROQUIA, IGLESIA PARTICULAR

618

La Iglesia es el Pueblo de Dios que expresa su vida de comunión y servicio evangelizador en diversos

niveles y bajo diversas formas históricas.

2.1. Situación.

En general.

619

En nuestra Iglesia de América Latina hay grande anhelo de relaciones más profundas y estables en la

fe, sostenidas y animadas por la Palabra de Dios. Se ha intensificado la oración en común y el esfuerzo del

pueblo por participar más consciente y fructuosamente en la liturgia.

620

Comprobamos un crecimiento en la corresponsabilidad de los fieles tanto en la organización como en

la acción pastoral.

621

Hay conciencia y ejercicios más amplios de los derechos y deberes que competen a los laicos como

miembros de la comunidad.

622

Se percibe un gran anhelo de justicia y un sincero sentido de solidaridad, en un ambiente social

caracterizado por el avance del secularismo y los demás fenómenos propios de una sociedad en

transformación.

623

La Iglesia, poco a poco, se ha ido desligando de quienes detentan el poder económico o político,

liberándose de dependencias y prescindiendo de privilegios.

624

La Iglesia en América Latina quiere seguir dando un testimonio de servicio desinteresado y abnegado,

frente a un mundo dominado por el afán de lucro, por el ansia de poder y por la explotación.

625

En la línea de una mayor participación, surgen ministerios ordenados, como el diaconado permanente,

no ordenado y otros servicios como celebradores de la Palabra, animadores de comunidades. Se advierte

también mejor colaboración entre sacerdotes, religiosos y laicos.

626

Se manifiesta más claramente en nuestras comunidades como fruto del Espíritu Santo, un nuevo estilo

de relaciones entre Obispos y Presbíteros y de ellos con su pueblo, caracterizadas por mayor sencillez,

comprensión y amistad en el Señor.

627

Todo esto es un proceso en el cual aún hay sectores amplios que presentan alguna resistencia y que

requieren comprensión y estímulo, así como una gran docilidad al Espíritu Santo. Se necesita todavía

mayor apertura del clero a la acción de los laicos, superación del individualismo pastoral y de la

autosuficiencia. Por otra parte, el influjo del ambiente secularizado ha producido, a veces, tendencias

centrífugas respecto de la comunidad y pérdida del auténtico sentido eclesial.

628

No se han encontrado siempre los medios eficaces para superar la escasa educación en la fe de

nuestro pueblo que permanece indefenso ante la difusión de doctrinas teológicas inseguras, frente al

proselitismo sectario y a movimientos pseudo espirituales.

En Particular.

629

Se comprueba que las pequeñas comunidades, sobre todo las Comunidades Eclesiales de Base crean

mayor interrelación personal, aceptación de la Palabra de Dios, revisión de vida y reflexión sobre la

realidad, a la luz del Evangelio; se acentúa el compromiso con la familia, con el trabajo, el barrio y la

comunidad local. Señalamos con alegría, como importante hecho eclesial particularmente nuestro y como

"esperanza de la Iglesia" (EN 58), la multiplicación de pequeñas comunidades. Esta expresión eclesial se

advierte más en la periferia de las grandes ciudades y en el campo. Son ambiente propicio para el

surgimiento de los nuevos servicios laicales. En ellas se ha difundido mucho la catequesis familiar y la

educación de la fe de los adultos, en la forma más adecuada al pueblo sencillo.

630

 

Sin embargo, no se ha prestado suficiente atención a la formación de líderes educadores en la fe y

cristianos responsables en los organismos intermedios del barrio, del mundo obrero y campesino. No han

faltado, quizá por eso, miembros de comunidad o comunidades enteras que, atraídos por instituciones

puramente laicas o radicalizadas ideológicamente, van perdiendo el sentido auténtico eclesial.

631

La parroquia va logrando diversas formas de renovación, adecuadas a los cambios de estos últimos

años. Hay cambio de mentalidad entre los pastores; se llama a los laicos para los consejos de pastoral y

demás servicios; constante actualización de la catequesis, presencia mayor del Presbítero en el seno del

pueblo, principalmente por medio de una red de grupos y comunidades.

632

En la línea de la Evangelización, la parroquia presenta una doble relación de comunicación y comunión

pastoral: a nivel diocesano se integran las parroquias en zonas, vicarías, decanatos; al interior de sí

mismas, se diversifica la pastoral según los distintos sectores y se abre a la creación de comunidades

menores.

633

Con todo, subsisten aún actitudes que obstaculizan este dinamismo de renovación: primacía de lo

administrativo sobre lo pastoral, rutina, falta de preparación a los sacramentos, autoritarismo de algunos

sacerdotes y encerramiento de la parroquia sobre sí misma, sin mirar a las graves urgencias apostólicas

del conjunto.

634

En la Iglesia Particular, se registra un notable esfuerzo por adecuar el territorio para una mayor

atención al Pueblo de Dios, por la creación de nuevas Diócesis. Hay empeño de dotar a las Iglesias de

aquellos organismos que promueven la corresponsabilidad, mediante canales adecuados para el diálogo,

como Consejos Presbiteriales, Consejos de Pastoral, Comisiones Diocesanas, que animan una pastoral más

orgánica y adaptada a la realidad peculiar de cada diócesis.

635

Hay también, por parte de las comunidades religiosas y de los movimientos laicales, una mayor

conciencia de la necesidad de insertarse, con espíritu eclesial, en la misión de la Iglesia Particular.

636

A nivel nacional, es notable el esfuerzo en pro de un mejor ejercicio de la colegialidad en el seno de las

conferencias Episcopales, cada día mejor organizadas y dotadas de organismos subsidiarios. Mención

especial merece el desarrollo y la eficacia del servicio que el CELAM ofrece a la comunión eclesial en todo

el ámbito de América Latina.

637

A nivel universal, se destacan las relaciones de fraterno intercambio por el envío de personal

apostólico y la ayuda económic a, establecidas con los episcopados de Europa y de América del Norte, con

apoyo de la CAL, cuya continuación y profundización ofrecen oportunidades más amplias de participación

inter-eclesial, signo notable de comunión universal.

2.2. Reflexión Doctrinal.

638

El cristiano vive en comunidad bajo la acción del Espíritu Santo, principio invisible de unidad y

comunión, como también de la unidad y variedad de estados de vida, ministerios y carismas.

639

En su familia, Iglesia doméstica, el bautizado es llamado a la primera experiencia de comunión en la fe,

en el amor y en el servicio a los demás.

640

En las pequeñas comunidades, sobre todo en las mejor constituidas, crece la experiencia de nuevas

relaciones interpersonales en la fe, la profundización de la Palabra de Dios, la participación en la

Eucaristía, la comunión con los Pastores de la Iglesia Particular y un compromiso mayor con la justicia en

la realidad social de sus ambientes. Se pregunta cuándo una pequeña comunidad puede ser considerada

verdadera comunidad eclesial de base en América Latina.

641

La Comunión Eclesial de Base, como comunidad, integra familias, adultos y jóvenes, en íntima

relación interpersonal en la fe. Como eclesial es comunidad de fe, esperanza y caridad; celebra la Palabra

de Dios y se nutre con la Eucaristía, culmen de todos los Sacramentos; realiza la Palabra de Dios en la

vida, a través de la solidaridad y compromiso con el mandamiento nuevo del Señor y hace presente y

actuante la misión eclesial y la comunión visible con los legítimos pastores, a través del servic io de

coordinadores aprobados. Es de base, por estar constituida por pocos miembros, en forma permanente y

a manera de célula de la gran comunidad. "Cuando merecen su título de eclesialidad, ellas pueden

conducir, en fraternal solidaridad, su propia existencia espiritual y humana" (EN 58).

642

Los cristianos unidos en comunidad eclesial de base, fomentando su adhesión a Cristo, procuran una

vida más evangélica en el seno del pueblo, colaboran para interpelar las raíces egoístas y consumistas de la

sociedad y explicitan la vocación de comunión con Dios y con sus hermanos, ofreciendo un valioso punto

de partida en la construcción de una nueva sociedad, "la civilización del amor".

643

Las Comunidades Eclesiales de Base son expresión del amor preferente de la Iglesia por el pueblo

sencillo; en ellas se expresa, valora y purifica su religiosidad y se le da posibilidad concreta de

participación en la tarea eclesial y en el compromiso de transformar el mundo.

644

La parroquia realiza una función en cierto modo integral de Iglesia, ya que acompaña a las personas y

familias a lo largo de su existencia, en la educación y crecimiento de su fe. Es centro de coordinación y de

animación de comunidades, de grupos y de movimientos. Aquí se abre más el horizonte de comunión y

participación. La celebración de la Eucaristía y demás sacramentos hace presente de modo más claro, la

globalidad de la Iglesia. Su vínculo con la comunidad diocesana está asegurado por la unión con el Obispo

que confía a su representante (normalmente el párroco), la atención pastoral de la comunidad. La

parroquia viene a ser para el cristiano el lugar de encuentro, de fraterna comunicación de personas y de

bienes, superando las limitaciones propias de las pequeñas comunidades. En la parroquia se asumen, de

hecho, una serie de servicios que no están al alcance de las comunidades menores, sobre todo en la

dimensión misionera y en la promoción de la dignidad de la persona humana, llegando así, a los migrantes

más o menos estables, a los marginados, a los alejados, a los no creyentes y, en general, a los más

necesitados.

645

En la Iglesia Particular, formada a imagen de la Iglesia Universal, se encuentra y opera

verdaderamente la Iglesia de Cristo que es una, santa, católica y apostólica (Cfr. LG 23 y CD 11). Es una

porción del Pueblo de Dios, definida por un contexto socio-cultural más amplio, en el cual se encarna. Su

primacía en el conjunto de las comunidades eclesiales se debe al hecho de estar presidida por un Obispo,

dotado, en forma plena y sacramental, del triple ministerio de Cristo, cabeza del cuerpo místico, profeta,

sacerdote y pastor. El Obispo es, en cada Iglesia Particular, principio y fundamento de su unidad.

646

Por ser sucesores de los Apóstoles, a través de su comunión con el Colegio Episcopal y de manera

especial con el Romano Pontífice, hacen presente la apostolicidad de toda la Iglesia; garantizan la fidelidad

al Evangelio; realizan la comunión con la Iglesia Universal y promueven la colaboración de su Presbiterio y

el desarrollo del Pueblo de Dios, encomendado a sus cuidados.

647

 

Responsabilidad del Obispo será discernir los carismas y fomentar los ministerios indispensables para

que la Diócesis crezca hacia su madurez, como comunidad evangelizada y evangelizadora, de tal manera

que sea luz y fermento de la sociedad, sacramento de unidad y de liberación integral, apta para el

intercambio con las demás Iglesias particulares, animada por el espíritu misionero, que la haga irradiar la

riqueza evangélica lograda en su interior.

2.3. Líneas Pastorales.

648

Como pastores, queremos decididamente promover, orientar y acompañar las Comunidades Eclesiales

de Base, según el espíritu de Medellín (Cfr. Pastoral de Conjunto, 10) y los criterios de la "Evangelii

Nuntiandi" 58; favorecer el descubrimiento y la formación gradual de animadores para ellas. Hay que

buscar, en especial, cómo las pequeñas comunidades, que se multiplican sobre todo en la periferia y las

zonas rurales, puedan adecuarse también a la pastoral de las grandes ciudades de nuestro Continente.

649

Es necesario continuar en las Parroquias el esfuerzo de renovación superando los aspectos meramente

administrativos; buscando la participación mayor de los laicos, especialmente en el Consejo de Pastoral;

dando prioridad a los apostolados organizados y formando a los seglares para que asuman, como

cristianos, sus responsabilidades en la comunidad y en el ambiente social.

650

Se debe insistir en una opción más decidida por la pastoral de conjunto, especialmente con la

colaboración de las comunidades religiosas, promoviendo grupos, comunidades y movimientos;

animándolas en un esfuerzo constante de comunión, haciendo de la Parroquia el centro de promoción y de

servicios que las comunidades menores no pueden asegurar.

651

Han de impulsar las experiencias para desarrollar la acción pastoral de todos los agentes en las

parroquias y alentar la pastoral vocacional de los ministerios ordenados, de los servicios laicales y de la

vida religiosa.

652

Dignos de especial reconocimiento y de una voz de aliento son los Presbíteros y demás agentes de

pastoral, a quienes la comunidad diocesana deben respaldo, estímulo y solidaridad, también en lo referente

a la congrua sustentación y seguridad social, dentro del espíritu de pobreza.

653

Entre los Presbíteros, queremos destacar la figura del Párroco, como Pastor a semejanza de Cristo,

promotor de comunión con Dios y con sus hermanos a cuyo servicio se entrega, con sus cohermanos

Presbíteros en torno al Obispo; atento a discernir los signos de los tiempos con su Pueblo; animador de

comunidades.

654

En el ámbito de la Iglesia Particular, procúrese asegurar la constante formación y renovación de los

agentes de pastoral, impulsando la espiritualidad y los cursos de capacitación mediante centros de retiro y

jornadas de oración. Es urgente que las curias diocesanas lleguen a ser centros más eficaces de

promoción pastoral en sus tres niveles de Catequesis, Liturgia y Servicios de justicia y de caridad,

reconociendo el valor pastoral del servicio administrativo. Se debe intentar, con especial empeño, la

integración de los Consejos diocesanos de pastoral y demás organismos diocesanos que, aunque presenten

algunas dificultades, son instrumentos indispensables para la planeación, implementación y

acompañamiento constante de la acción pastoral en la vida de la Diócesis.

655

La Iglesia Particular ha de poner de relieve su carácter misionero y la comunión eclesial, compartiendo

valores y experiencias, así como favoreciendo el intercambio de personas y de bienes.

656

A través de sus pastores por la colegialidad episcopal y la unión al Vicario de Cristo, la comunidad

diocesana debe intensificar la estrecha comunión con el centro de unidad de la Iglesia y la aceptación leal

del servicio que ofrece, por su Magisterio, en la fidelidad al Evangelio y la vivencia de la caridad. En esto

se incluye la colaboración en la acción - a nivel continental- por medio del CELAM y sus programas.

657

Nos empeñamos para que esta colegialidad, de la que Puebla, como las dos Conferencias Generales

que la precedieron constituye un momento privilegiado, sea el signo más fuerte de credibilidad del anuncio

y servicio del Evangelio, en favor de la comunión fraterna en toda América Latina.

 

Capítulo II. Agentes de Comunión y Participación.

Nos dirigimos ahora a los principales agentes de evangelización. Con ellos queremos reflexionar y

tomar nuevo aliento y nuevas opciones para llevar a cabo nuestra tarea pastoral.

658

Somos responsables de esta difícil pero honrosa misión de evangelizar a todas las personas y todos

los ambientes. Nos referimos a los Presbíteros, diáconos, religiosos, religiosas y laicos comprometidos y

comenzamos por nosotros mismos, los Obispos.

CONTENIDO:

1. Ministerio Jerárquico

2. Vida consagrada

3. Laicos

4. Pastoral vocacional

1. Ministerio Jerárquico.

659

El Ministerio Jerárquico, signo sacramental de Cristo Pastor y Cabeza de la Iglesia, es el principal

responsable de la edificación de la Iglesia en la comunión y de la dinamización de su acción

evangelizadora.

1.1. Introducción.

660

Ha sido muy activa en estos años la reflexión teológica sobre la identidad sacerdotal, urgida por crisis

y desajustes que la golpearon con cierta fuerza. Hace falta, entonces, y por ello invitamos a teólogos y

pastoralistas, profundizar en un campo tan importante, según las directrices del magisterio, en particular

del Concilio Vaticano II, Medellín, Sínodo de Obispos de 1971 y el Directorio para el Ministerio Pastoral

de los Obispos. Una visión de síntesis, en la que aparezca la convergencia de elementos, a veces

presentados como contrapuestos, cobra gran interés.

661

El sacerdocio, en virtud de su participación sacramental con Cristo, Cabeza de la Iglesia, es, por

Palabra y la Eucaristía, servicio de la Unidad de la Comunidad (Cfr. Ef. 4, 15-17). El Ministerio de la

comunidad implica la participación en el poder o autoridad que Cristo comunica mediante la ordenación y

que constituye al Sacerdote en la triple dimensión del ministerio de Cristo Profeta, Liturgo y Rey, en

alguien que actúa en su Nombre, al servicio de la Comunidad.

662

El ser y el obrar del sacerdote, en la identidad de su servicio, está referido a la Eucaristía, raíz y quicio

de toda comunidad (Cfr. PO 5), centro de la vida sacramental, hacia la cual lleva la Palabra. Por eso, se

puede decir que donde hay Eucaristía hay Iglesia. Como ésta es servida por el Obispo, en unión con el

Presbiterio, es igualmente cierto decir "Donde esté el Obispo está la Iglesia".

663

En virtud de la fraternidad sacramental, la plena unidad entre los Ministros de la Comunidad es ya un

hecho evangelizador, cuya exigencia es recordada por el Papa en su Discurso inaugural (Cfr. II, 1 y

2.AAS LXXI, pp. 196-197). De aquí deriva la misma unidad pastoral.

1.2. Situación.

664

De acuerdo con las necesidades de los tiempos, se advierte un cambio en la mentalidad y actitud de

los ministros jerárquicos y, consiguientemente, en su imagen.

665

Se va tomando conciencia más profunda del carácter evangelizador y misionero de la tarea pastoral.

666

La forma de vida de muchos pastores ha crecido en sencillez y pobreza, en mutuo afecto y

comprensión, en acercamiento al pueblo, en apertura al diálogo y en corresponsabilidad.

667

Se ha afianzado la comunión eclesial, tanto de los Obispos con el Santo Padre, como de los Obispos

entre sí; igualmente la de los Presbíteros y religiosos con el Obispo y entre las diversas familias eclesiales.

Especial reconocimiento merecen las Iglesias particulares de diversos países que, no sólo incrementan

nuestra labor evangelizadora con el envío de Presbíteros, religiosos y demás agentes de evangelización,

sino que también contribuyen generosamente con su comunicación cristiana de bienes.

668

Es admirable y alentador comprobar el espíritu de sacrificio y abnegación con que muchos pastores

ejercen su ministerio en servicio del Evangelio, sea en la predicación, sea en la celebración de los

sacramentos o en la defensa de la dignidad humana, afrontando la soledad, el aislamiento, la

incomprensión y, a veces, la persecución y la muerte (Cfr. PO 13).

669

Se nota en casi todos los ministros un creciente interés de actualización no sólo intelectual sino

espiritual y pastoral y un deseo de aprovechamiento de todos los medios que la favorecen.

670

Se advierte una mayor clarificación con respecto a la identidad sacerdotal que ha conducido a una

nueva afirmación de la vida espiritual del ministerio jerárquico y a un servicio preferencial a los pobres.

671

Los pastores han contribuido sensiblemente a una mayor toma de conciencia en la acción de los

laicos, tanto en su vocación específica secular, como en una participación más responsable en la vida de

la Iglesia, inclusive mediante los diversos ministerios.

672

Fenómeno estimulante es el de los diáconos permanentes con su variado ministerio, especialmente en

parroquias rurales y campesinas, sin olvidar las Comunidades Eclesiales de Base y otros grupos de fieles.

Con todo, se hace necesaria una profundización teológica sobre la figura del diácono para lograr una

mayor aceptación de su ministerio.

Dentro de este panorama alentador, también aparecen aspectos negativos. Proponemos algunos.

673

a) Falta unidad en los criterios básicos de pastoral, con las consiguientes "tensiones" de la obediencia

y serias repercusiones en "pastoral de conjunto".

674

b) A pesar del reciente aumento de vocaciones, hay una preocupante escasez de ministros, debida -

entre otras causas- a una deficiente conciencia misionera.

675

c) La distribución del clero, a nivel continental, es inadecuada y se ve agravada, en algunos casos,

porque los sacerdotes cumplen tareas supletorias.

676

d) Falta suficiente actualización pastoral, espiritual y doctrinal; eso produce inseguridad ante los

avances teológicos y ante doctrinas erróneas, provoca un sentimiento de frustración pastoral y aun ciertas

crisis de identidad.

677

e) A veces la insuficiente sustentación y la falta de una modesta previsión social de los Presbíteros,

provoca la búsqueda de trabajos remunerados, en detrimento de su ministerio.

678

f) Falta en algunas ocasiones la oportuna intervención magisterial y profética de los Obispos, así

como también una mayor coherencia colegial.

1.3 Iluminación Teológico-Pastoral.

679

El gran ministerio o servicio que la Iglesia presta al mundo y a los hombres en él es la evangelización

(ofrecida con hechos y palabras) (Cfr. DV 2), la Buena Nueva de que el Reino de Dios, Reino de justicia y

paz, llega a los hombres en Jesucristo.

680

Desde el principio hubo en la Iglesia diversidad de ministerios, en orden a la evangelización. Los

escritos del Nuevo Testamento muestran la vitalidad de la Iglesia que se expresó en múltiples servicios.

Así san Pablo menciona, entre otros, los siguientes: la profecía, la diaconía, la enseñanza, la exhortación,

el dar limosna, el presidir, el ejercer la misericordia (Cfr. Rom. 12, 6-8); y en otros contextos habla de

ministerios como las palabras de la sabiduría, el discernimiento de espíritus y algunos otros (Cfr. 1Cor.12,

8-11; Ef. 4, 11-12; 1 Tes. 5, 12s.; Flp. 1,1). Igualmente en otros escritos del Nuevo Testamento se

describen varios ministerios.

681

"El ministerio eclesiástico, de institución divina, es ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya

desde antiguo vienen llamándose Obispos, Presbíteros y diáconos" (LG 28). Constituyen el ministerio

jerárquico y se reciben mediante la "imposición de las manos", en el Sacramento del Orden. Como lo

enseña el Vaticano II, por el Sacramento del Orden - Episcopal y presbiteral- se confiere un sacerdocio

ministerial, esencialmente distinto del sacerdocio común del que participan todos los fieles por el

Sacramento del Bautismo (Cfr. LG 10); quienes reciben el ministerio jerárquico quedan constituidos,

"según sus funciones", "pastores" en la Iglesia. Como el Buen Pastor (Cfr. Jn. 10, 1-16), van delante de

las ovejas; dan la vida por ellas para que tengan vida y la tengan en abundancia; las conocen y son

conocidas por ellas.

682

"Ir delante de las ovejas" significa estar atentos a los caminos por los que los fieles transitan, a fin de

que, unidos por el Espíritu, den testimonio de la vida, los sufrimientos, la Muerte y la Resurrección de

Jesucristo, quien, pobre entre los pobres, anunció que todos somos hijos de un mismo Padre y por

consiguiente hermanos.

683

"Dar la vida" señala la medida del "ministerio jerárquico" y es la prueba del mayor amor; así lo vive

Pablo que muere todos los días (Cfr. 2 Cor. 4, 11) en el cumplimiento de su ministerio.

684

"Conocer las ovejas y ser conocidos por ellas" no se limita a saber de las necesidades de los fieles.

Conocer es involucrar el propio ser, amar como quien vino no a ser servido sino a servir (Cfr. Mt. 20,

25-28).

685

Renovamos nuestra adhesión a todas las enseñanzas que sobre los Pastores nos han sido dado el

Concilio Vaticano II, el Sínodo Episcopal de 1971, Medellín y el Directorio de los Obispos. Proponemos

ahora, por creerlas especialmente útiles para la Evangelización en el presente y en el futuro de América

Latina, algunas "reflexiones" sobre el Ministerio de los Obispos, de los Presbíteros y de los Diáconos:

686

El Obispo como miembro del Colegio Episcopal presidido por el Papa, es sucesor de los Apóstoles y -

por su participación plena del sacerdocio de Cristo- es signo visible y eficaz del mismo Cristo, de quien

hace las veces como Maestro, Pastor y Pontífice (Cfr. LG 21). Esta triple e inseparable función está al

servicio de la unidad de su Iglesia particular y crea exigencias de carácter espiritual y pastoral que hoy

merecen acentuarse.

687

El Obispo es maestro de la verdad (Cfr. Juan Pablo II, Discurso inaugural I, 6.AAS LXXI, p. 192).

En una Iglesia totalmente al servicio de la Palabra, es el primer evangelizador, el primer catequista; ninguna

otra tarea lo puede eximir de esta misión sagrada. Medita religiosamente la Palabra, se actualiza

doctrinalmente, predica personalmente al pueblo; vela porque su comunidad avance continuamente en el

conocimiento y práctica de la Palabra de Dios, alentando y guiando a todos los que enseñan en la Iglesia (a

fin de evitar "magisterios paralelos" de personas o grupos), y promoviendo la colaboración de los teólogos

que ejercitan su carisma específico dentro de la Iglesia, desde la metodología propia de la teología, para lo

cual busca la actualización teológica a fin de poder discernir la Verdad y mantiene una actitud de diálogo

con ellos. Todo esto en comunión con el Papa y con sus hermanos Obispos, especialmente los de su

propia Conferencia Episcopal.

688

El Obispo es signo y constructor de la unidad (Cfr. Juan Pablo II, Discurso inaugural II, 1. AAS

LXXI, p. 196). Hace de su autoridad, envagélicamente ejercida, un servicio a la unidad; promueve la

misión de toda la comunidad diocesana; fomenta la participación y corresponsabilidad a diferentes niveles;

infunde confianza en sus colaboradores (especialmente los Presbíteros para quienes debe ser padre,

hermano y amigo) (Cfr. LG 28); crea en la diócesis un clima tal de comunión eclesial orgánica y espiritual

que permita a todos los religiosos y religiosas vivir su pertenencia peculiar a la familia diocesana; discierne

y valora la multiplicidad y variedad de los carismas derramados en los miembros de su Iglesia, de modo

que concurran eficazmente integrados, al crecimiento y vitalidad de la misma; está presente en las

principales circunstancias de la vida de su Iglesia particular.

689

 

El Obispo es Pontífice y santificador. Ejercer personalmente su función de presidente y promotor de

la liturgia; apoyado en su propio testimonio promueve la santidad de todos los fieles como primer

testimonio promueve la santidad de todos los fieles como primer medio de evangelización (Cfr. EN 21, 41,

69); busca en la gracia propia del sacramento del orden el fundamento para un constante cultivo de la vida

espiritual que, en el amor personal a Cristo, impulse su amor a la Iglesia y su entrega al pastoreo generoso

de las ovejas; se ocupa de la vida espiritual de sus Presbíteros y religiosos; hace de su vida gozosa,

austera, sencilla y lo más cercana posible de su pueblo, un testimonio de Cristo Pastor y un medio de

diálogo con todos los hombres.

690

Los Presbíteros, por el sacramento del orden, quedan constituidos en los colaboradores principales de

los Obispos para su triple ministerio; hacen presente a Cristo-Cabeza en medio de la comunidad (Cfr PO

2); forman, junto con su Obispo y unidos en íntima fraternidad sacramental, un solo presbiterio dedicado

a variadas tareas para servicio de la Iglesia y del mundo (Cfr. LG 28). Estas realidades hacen de ellos

"piezas centrales de la tarea eclesial" (Juan Pablo II, Alocución Sacerdotes 1. AAS LXXI, p. 179).

691

Por ser inseparables de los Obispos, los rasgos de espiritualidad pastoral antes descritos se aplican

también al Presbítero. En la actual situación de la Iglesia en América Latina se ve prioritario lo siguiente:

692

El Presbítero anuncia el Reino de Dios que se inicia en este mundo y que tendrá su plenitud cuando

Cristo venga al final de los tiempos. Por el servicio de ese Reino, abandona todo para seguir a su Señor.

signo de esa entrega radical es el celibato ministerial, don de Cristo mismo y garantía de una dedicación

generosa y libre al servicio de los hombres.

693

El Presbítero es un hombre de Dios. Sólo puede ser profeta en la medida en que haya hecho la

experiencia del Dios vivo. Sólo esta experiencia lo hará portador de una Palabra poderosa para transformar

la vida personal y social de los hombres de acuerdo con el designio del Padre.

694

La oración en todas sus formas - y de manera especial la Liturgia de las Horas que le confía la Iglesiaayudará

a mantener esa experiencia de Dios que quedará compartir con sus hermanos.

695

Como el Obispo y en comunión con él, el Presbítero evangeliza, celebra el Santo Sacrificio y sirve a la

unidad.

696

Como Pastor que se empeña en la liberación integral de los pobres y de los oprimidos, obra siempre

con criterios evangélicos (Cfr. EN 18). Cree en la fuerza del Espíritu para no caer en la tentación de

hacerse líder político, dirigente social o funcionario de un poder temporal; esto le impedirá "ser signo y

factor de unidad y de fraternidad" (Juan Pablo II, Alocución Sacerdotes 8. AAS LXXI, p. 182).

697

 

El diácono, colaborador del Obispo y del Presbítero, recibe una gracia sacramental propia. El carisma

del diácono, signo sacramental del "Cristo Siervo", tiene gran eficacia para la realización de una Iglesia

servidora y pobre que ejerce su función misionera en orden a la liberación integral del hombre.

698

La misión y función del diácono no se han de medir con criterios meramente pragmáticos, por estas o

aquellas acciones que pudieran ser ejercidos por ministros no ordenados (Cfr. EN 73) o por cualquier

bautizado; ni tampoco sólo como una solución a la escasez numérica de Presbíteros (Cfr. Lg 29) que

afecta a América Latina. Su conveniencia se desprende de una contribución eficaz a que la Iglesia cumpla

mejor su misión salvífica (Cfr. AG 16) por medio de una más adecuada atención a la tarea evangelizadora.

699

La implantación del diaconado permanente, pedida ya a la Santa Sede por la mayoría de nuestras

Conferencias Episcopales, deberá hacerse buscando "lo nuevo y lo viejo". No se trata simplemente de

restaurar el diaconado primitivo sino de profundizar en la Tradición de la Iglesia Universal y en las

realidades particulares de nuestro Continente, buscando mediante esta doble atención (Cfr. EN 73) una

fidelidad al patrimonio eclesial y una sana creatividad pastoral con proyección evangelizadora.

700

La espiritualidad ministerial común a todos los miembros de la Jerarquía debe centrarse en la

Eucaristía y estar marcada por una auténtica devoción a la Santísima Virgen María, tan arraigada en el

pueblo a quien evangelizamos y garantía de una permanente fidelidad, característica clave del

evangelizador (Cfr. Juan Pablo II, Homilía México, AAS LXXI, p. 164).

1.4. Orientaciones Pastorales.

Obispos.

Nos comprometemos a:

701

Cumplir siempre con gozo, intrepidez y humildad el ministerio evangelizador como tarea prioritaria del

oficio episcopal en el camino abierto e iluminado por los insignes pastores y misioneros del continente.

702

Asumir la colegialidad episcopal en todas sus dimensiones y consecuencias, a nivel regional y

universal.

703

Promover a toda costa la unidad de la Iglesia particular, con discernimiento del Espíritu para no

extinguir ni uniformar la riqueza de carismas y dar especial importancia a la promoción de la pastoral

orgánica y a la animación de las comunidades.

704

Dar a los consejos presbiteriales y pastorales y a otros organismos pastorales la consistencia y

funcionalidad requeridas por el Concilio y promover solícitamente el crecimiento espiritual y pastoral de

los Presbíteros.

705

Buscar formas de agrupación de los Presbíteros situados en regiones lejanas, a fin de evitar su

aislamiento y favorecer una mayor eficacia pastoral. Se recomienda tener en cuenta, en forma especial a

los "Capellanes castrenses" a fin de que, en los lugares donde presten su ministerio sacerdotal, se integren

pastoralmente al presbiterio diocesano.

706

Empeñaremos, por exigencia evangélica y de acuerdo con nuestra misión, en promoverla justicia y en

defender la dignidad y los derechos de la persona humana (Cfr. Juan Pablo II, Discurso inaugural, III.

AAS LXXI, p. 198).

707

En total fidelidad al Evangelio y sin perder de vista nuestro carisma de signo de unidad y pastor Hacer

comprender por nuestra vida y actitudes, nuestra preferencia por evangelizar y servir a los pobres.

708

Prestar atención preferencial al Seminario, dada su importancia en la formación de los Presbíteros de

quienes depende, en gran parte, "la deseada renovación de toda la Iglesia" (OT proemio), darles los

mejores sacerdotes adecuadamente capacitados; buscar por todos los medios un mejor conocimiento de

los formadores y de los alumnos y un mayor contacto con ellos.

709

Buscar eficazmente la solución a la situación económica, difícil de los Presbíteros, mediante una

remuneración y previsión social adecuadas; acudiendo, si fuera necesario, a iniciativas de carácter

supradiocesano, nacional o internacional, en el espíritu de la comunicación cristiana de bienes.

710

Estudiar objetivamente el fenómeno del abandono del ministerio Presbiterial con sus causas e

incidencia en la vida de la Iglesia, teniendo presente el criterio trazado por el Sínodo de 1971, que pide que

desde el punto de vista pastoral sean tratados "equitativa y fraternalmente" y pueden colaborar en el

servicio de la Iglesia, aunque "no sean admitidos al ejercicio de actividades sacerdotales" (El Sacerdocio

Ministerial, II, 4,d).

Presbíteros.

711

Den los Presbíteros prioridad en su ministerio al anuncio del Evangelio a todos pero muy

especialmente a los más necesitados (obreros, campesinos, indígenas, marginados, grupos

afroamericanos), integrando la promoción y defensa de su dignidad humana.

712

Renuévese la vitalidad misionera en los sacerdotes y fórmeseles en una actitud de generosa

disponibilidad, para que pueda darse una respuesta eficaz a la desigual distribución del clero actualmente

existente.

713

Den prioridad al trabajo evangelizador en la familia y la juventud y a la promoción de las vocaciones

sacerdotales y religiosas.

714

Comprométanse en la incorporación del laicado y de las religiosas en la acción pastoral cada vez con

más activa participación, dándoles el debido acompañamiento espiritual y doctrinal.

Diáconos Permanentes.

715

Que el diácono se inserte plenamente en la comunidad a la que sirve y promueva continuamente la

comunión de la misma con el Presbítero y el Obispo. Además, respete y fomente los ministerios ejercidos

por laicos.

716

Tenga la comunidad un papel importante en la cuidadosa selección de los candidatos al diaconado.

Que exista la formación adecuada y continua del mismo y una debida preparación de su propia familia, de

la comunidad que lo acoge, del presbiterio y de los laicos.

717

Prevéase la justa remuneración de los diáconos permanentes, dedicados completamente al ministerio

pastoral.

718

Promuévase estudios para profundizar los aspectos teológicos, canónicos y pastorales del diaconado

permanente y procúrese la adecuada divulgación de tales estudios.

Formación Permanente.

719

La gracia recibida en la ordenación, que ha de reavivarse continuamente (Cfr. 2 Tim. 1, 6-7), y la

misión evangelizadora exigen de los ministros jerárquicos una seria y continua formación, que no puede

reducirse a lo intelectual sino que se extenderá a todos los aspectos de su vida.

 

720

Objeto de esta formación, que tendrá en cuenta la edad y las condiciones de las personas, ha de ser:

capacitar a los ministros jerárquicos para que, de acuerdo con las exigencias de su vocación y misión y la

realidad latinoamericana, vivan personal y comunitariamente un continuo proceso que los haga

pastoralmente competentes para el ejercicio del ministerio.

2. Vida Consagrada.

721

La vida consagrada es en sí misma evangelizadora en orden a la comunión y participación en América

Latina.

2.1. Tendencias de la Vida Consagrada en América Latina.

722

Es un motivo de gozo para nosotros los Obispos verificar la presencia y el dinamismo de tantas

personas consagradas que en América Latina dedican su vida a la misión evangelizadora como lo hicieron

ya en el pasado. Podemos decir con Pablo VI: "Se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la

misión y afrontando los más grandes riesgos para su santidad y su propia vida. Sí, en verdad la Iglesia les

debe muchísimo" (EN 69). Esto nos mueve a promover y acompañar la vida consagrada según sus notas

características (Cfr. MR 9).

723

De toda la experiencia de Vida Religiosa en América Latina queremos recoger sólo las tendencias más

significativas y renovadoras que el Espíritu suscita en la Iglesia, así como señalar algunas de las

dificultades que manifiesta la crisis en los últimos años.

724

Si bien nos referimos directamente a la vida religiosa, queremos decir a los Institutos seculares y a

otras formas de Vida Consagrada que aquí encuentran muchas ideas y experiencias que también les

pertenecen (Por lo demás, de los Institutos seculares se trata en el Nº 774). La Iglesia de América Latina

estima su estilo de consagración a Dios y su "secularidad" como un medio especialmente valioso para

llevar la presencia y el mensaje de Cristo a toda clase de ambientes humanos.

725

El conjunto de la Vida Religiosa constituye el modo específico de evangelizar propio del religioso. Por

eso, al señalar estos aspectos, recogemos el aporte de los religiosos a la Evangelización. Descubrimos

especialmente las siguientes tendencias:

a) Experiencia de Dios.

726

Hay ciertos signos que expresan un deseo de interiorización y de profundización en la vivencia de la fe

al comprobar que, sin el contacto con el Señor, no se da una Evangelización convincente y perseverante.

727

Se intenta que la oración llegue a convertirse en actitud de vida, de modo que oración y vida se

enriquezcan mutuamente: oración que conduzca a comprometerse en la vida real y vivencia de la realidad

que exija momentos fuertes de oración. Además de buscar la oración íntima, se tiende de modo especial a

la oración comunitaria, con comunicación de la experiencia de fe, con discernimiento sobre la realidad,

orando juntamente con el pueblo.

728

Oración que ha de ser visible y estimulante. También se está encontrando de nuevo el sentido de la

gran tradición de la Iglesia de orar con salmos y textos litúrgicos, sobre todo en la Eucaristía participada.

Lo mismo sucede con otras devociones tradicionales como el Rosario.

729

Hay que reconocer que algunos religiosos no han logrado la integración entre vida y oración,

especialmente si están absorbidos por la actividad, si en la inserción faltan espacios de intimidad o si viven

una falsa espiritualidad.

b) Comunidad Fraterna.

730

Se busca poner énfasis en las relaciones fraternas: interpersonales en que se valora la amistad, la

sinceridad, la madurez, como base humana indispensable para la convivencia; con dimensión de fe, pues

es el Señor quien llama: con un estilo de vida más sencillo y acogedor; con diálogo y participación.

731

Se dan diversos estilos de vida comunitaria. Para ciertas obras y de acuerdo con los diversos carismas

fundacionales, existen comunidades numerosas. También surgen "pequeñas comunidades" que nacen

generalmente del deseo de insertarse en barrios modestos o en el campo, o de una misión evangelizadora

particular. La experiencia muestra que estas pequeñas comunidades deben asegurar ciertas condiciones

para tener éxito: motivación evangélica, comunicación personal, oración comunitaria, trabajo apostólico,

evaluaciones, integración en el Instituto y la Diócesis a través del servicio indispensable de la autoridad.

732

Se experimentan hoy especiales dificultades por la cercanía personal y la diversidad de mentalidades,

cuando disminuye el sentido de fe o cuando no se respeta el debido pluralismo.

c) Opción Preferencial por los Pobres.

733

La apertura pastoral de las obras y la opción preferencial por los pobres es la tendencia más notable de

la vida religiosa latinoamericana. De hecho, cada vez más, los religiosos se encuentran en zonas

marginadas y difíciles, en misiones entre indígenas, en labor callada y humilde. Esta opción no supone

exclusión de nadie, pero sí una preferencia y un acercamiento al pobre.

734

Esto ha llevado a la revisión de obras tradicionales para responder mejor a las exigencias de la

evangelización. Asimismo ha puesto en una luz más clara su relación con la pobreza de los marginados,

que ya no supone sólo el desprendimiento interior y la austeridad comunitaria, sino también el

solidarizarse, compartir y - en algunos casos- convivir con el pobre.

735

Con todo, esta opción trae efectos negativos cuando falta la preparación adecuada, el apoyo

comunitario, la madurez personal o la motivación evangélica. En no pocas ocasiones, esta opción ha

supuesto correr el riesgo de ser mal interpretado.

d) Inserción en la Vida de la Iglesia Particular.

736

Se comprueba un volver a descubrir y una vivencia del misterio de la Iglesia Particular; un creciente

deseo de participación, con el aporte de la riqueza del propio carisma vocacional. Esto conduce a mayor

integración en la pastoral de conjunto y a mayor participación en los organismos y obras diocesanas o

supradiocesanas.

737

Sin embargo, se dan tensiones. A veces dentro de las comunidades; a veces, entre éstas y los

Obispos. Puede perderse de vista la misión pastoral del Obispo o el carisma propio del Instituto; puede

faltar el diálogo y el discernimiento conjunto, cuando se trata de revisar obras o de cambio de personal al

servicio de la Diócesis. Nos preocupa el abandono inconsulto de obras que tradicionalmente han estado en

manos de comunidades religiosas, como colegios, hospitales, etc.

738

Las comunidades contemplativas constituyen como el corazón de la vida religiosa. Animan y

estimulan a todos a intensificar el sentido trascendente de la vida cristiana. Son también ellas mismas

evangelizadoras, pues, "el ser contemplativa no supone cortar radicalmente con el mundo, con el

apostolado. La contemplativa tiene que encontrar su modo específico de entender el Reino de Dios" (Juan

Pablo II, Alocución a las Religiosas de Guadalajara, 2. AAS, p. 226).

 

2.2. Criterios.

a) El Designio de Dios.

739

La Vida Consagrada, arraigada desde antiguo en los pueblos de América Latina, es un don que el

Espíritu concede sin cesar a su Iglesia como "un medio privilegiado de evangelización eficaz" (EN 69).

740

El Padre, al proponerse liberar nuestra historia del pecado, germen de indignidad y muerte, elige en su

Hijo, mediante el Espíritu, a mujeres y hombres bautizados para un seguimiento radical de Jesucristo,

dentro de la Iglesia.

741

Y como la Iglesia Universal se realiza en las Iglesias Particulares (Cfr. CD 11), en éstas se hace

concreta para la Vida Consagrada la relación de comunidad vital y de compromiso eclesial evangelizador.

Con ellas, los consagrados comparten las fatigas, los sufrimientos, las alegrías y esperanzas de la

construcción del Reino y en ellas vuelcan las riquezas de sus carismas particulares, como don del Espíritu

evangelizador. En las Iglesias particulares encuentran a sus hermanos presididos por el Obispo, a quien

"compete el ministerio de discernir y armonizar" (MR 6).

b) Llamados al Seguimiento Radical de Cristo.

742

Llamados por el Señor (Cfr. Mt. 4, 18-21), se comprometen a seguirlo radicalmente, identificándose

con El "desde las bienaventuranzas, como lo ha señalado el Papa: No olviden nunca que para mantener un

concepto claro del valor de nuestra vida consagrada necesitaréis una profunda visión de fe que se alimenta

y mantiene con la oración (Cfr. PC 6). La misma que os hará superar toda incertidumbre acerca de

vuestra identidad propia, que os mantendrá fieles a esa dimensión vertical que os es esencial para

identificarlos con Cristo desde la Bienaventuranzas y ser testigos auténticos del Reino de Dios para los

hombres del mundo actual" (Juan Pablo II, Alocucuón a las Religiosas, 4.AAS LXXI, p. 178).

743

Por su consagración aceptan gozosamente, desde la comunión con el Padre, el misterio del

anonadamiento y de la exaltación pascual (Cfr. Flp. 2, 3-11). Negándose, pues, radicalmente a sí mismo,

aceptan como propia la cruz del Señor (Cfr. Mt. 16, 24), cargada sobre ellos y acompañan a los que

sufren por la injusticia, por la carencia del sentido profundo de la existencia humana y por el hambre de

paz, verdad y vida. De este modo, compartiendo su muerte, resucitan gozosamente con ellos a la novedad

de vida y, haciéndose todo para todos, tienen como privilegiados a los pobres, predilectos del Señor.

744

Son especialmente llamados a vivir en comunión intensa con el Padre, quien los llena de su Espíritu,

urgiéndolos a construir la comunión siempre renovada entre los hombres. La Vida Consagrada es, así, una

afirmación profética del valor supremo de la comunión con Dios y entre los hombres (Cfr. ET 53) y un

"eximio testimonio de que el mundo no puede ser transfigurado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las

Bienaventuranzas" (LG 31).

745

Teniendo a María como modelo de consagración y como intercesora, los consagrados encarnarán la

Palabra en su vida, y, como Ella y con Ella, la ofrecerán a los hombres en una continua evangelización.

746

Su consagración radical a Dios amado sobre todas las cosas y por consiguiente al servicio de los

hombres se expresa y realiza por los consejos evangélicos, asumidos mediante votos u otros vínculos

sagrados que los "unen especialmente con la Iglesia y con su misterio" (LG 44).

747

Así, viviendo pobremente como el Señor y sabiendo que el único Absoluto es Dios, comparten sus

bienes; anuncian la gratuidad de Dios y de sus dones; inauguran, de esta manera, la nueva justicia y

proclaman "de un modo especial, la elevación del Reino de Dios sobre todo lo terreno y sus exigencias

supremas"(LG 44); con su testimonio son una denuncia evangélica de quienes sirven al dinero y al poder,

reservándose egoístamente para sí los bienes que Dios otorga al hombre para beneficio de toda la

comunidad.

748

Su obediencia consagrada, vivida con abnegación y fortaleza "como sacrificio de sí mismo" (PC 14)

será expresión de comunión con la voluntad salvífica de Dios y denuncia de todo proyecto histórico que

apartándose del plan divino, no haga creer al hombre en su dignidad de hijo de Dios.

749

 

En un mundo en que el amor está siendo vaciado de su plenitud, donde la desunión acrecienta

distancias por doquier y el placer se erige como ídolo, los que pertenecen a Dios en Cristo por la castidad

consagrada serán testimonio de la alianza liberadora de Dios con el hombre en el seno de su Iglesia

particular, serán presencia del amor con el que "Cristo amó a la Iglesia y se entregó a Sí mismo por ella"

(Ef. 5,25). Serán, finalmente, para todos un signo luminoso de la liberación escatológica vivida en la

entrega a Dios y en la nueva y universal solidaridad con los hombres.

750

De este modo, "este testimonio silencioso de pobreza y de desprendimiento, de pureza y de

transparencia, de abandono en la obediencia puede ser a la vez que una interpelación al mundo y a la

Iglesia misma, una predicación elocuente, capaz de tocar incluso a nos no cristianos de buena voluntad,

sensibles a ciertos valores" (EN 69).

751

En una vida de continua oración son llamados a mostrar a sus hermanos el valor supremo y la eficacia

apostólica de la unión con el Padre (Cfr. Juan Pablo II, Discurso a los Superiores Mayores, 24/11/78).

752

La comunión fraterna vivida con todas sus exigencias, a la que están convocados los consagrados, es

el signo del amor transformador que el Espíritu infunde en sus corazones, más fuerte que los lazos de la

carne y de la sangre.

753

Personas diversas, a veces de distinta nacionalidad, participan de la misma vida y misión, en íntima

fraternidad. Se esfuerzan de este modo, por su testimonio elocuente de la vida de Dios Trino en su Iglesia,

de la misma comunión eclesial y actúan como fermento de comunión entre los hombres y de

coparticipación en los bienes de Dios.

754

Si todos los bautizados han sido llamados a participar de la misión de Cristo, a abrirse a sus hermanos

y a trabajar por la unidad (Cfr. Gál. 3, 26-28), dentro y fuera de la comunidad eclesial, mucho más aún los

que Dios ha consagrado para sí. Estos son invitados a vivir el mandamiento nuevo en una donación

gratuita a todos los hombres "con un amor que no es partidista, que a nadie excluye, aunque se dirija con

preferencia al más pobre". Juan Pablo II, Alocución Sacerdotes 7. AAS LXXI, p.181).

755

Surgen así los servicios suscitados por el Espíritu, como expresión salvífica de Jesucristo (Cfr. 1

Cor. 12, 4-14; Ef. 4,10; Rom. 12, 4) que, aunque realizados individualmente, son asumidos por toda la

comunidad. Urgidos por el amor de Cristo, son fermento de conciencia misionera dentro de la comunidad

eclesial, al mostrarse disponibles para ser enviados a lugares y situaciones donde la Iglesia necesita una

mayor y generosa ayuda (Cfr. EN 69).

756

La riqueza del Espíritu se manifiesta en los carismas de los fundadores que brotan en su Iglesia a

través de todos los tiempos, como expresión de la fuerza de su amor que responde solícitamente a las

necesidades de los hombres (Cfr. LG 46).

757

 

La fidelidad al propio carisma es, pues, una forma concreta de obediencia a la gracia salvadora de

Cristo y de santificación con El para redimir a sus hermanos, ya sea desde la perspectiva del área

educacional, del servicio de la salud o social, del ministerio parroquial, o desde la perspectiva de la cultura,

el arte, etc. De este modo se hace presente el Espíritu Santo que evangeliza a los hombres con su

multiforme riqueza.

2.3. Opciones hacia una Vida Consagrada más Evangelizadora.

758

Orientados por las enseñanzas de las Exhortaciones Apostólicas "Evangelii Nuntiandi", "Evangelica

Testificatio" y por el Documento "Mutuae Relationes", nos comprometemos a colaborar con los

Superiores Mayores para llevar a cabo las siguientes opciones:

a) Consagración más Profunda

759

Acrecentar por los medios más convenientes la vivencia de la consagración total y radical a Dios que

comporta dos aspectos inseparables y complementarios: entrega y reserva a Dios generosa y total y

servicio a la Iglesia y a todos los hombres.

760

Favorecer la actitud de oración y contemplación que nace de la Palabra del Señor, escuchada y vivida

en las circunstancias concretas de nuestra historia.

761

Valorar el testimonio evangelizador de la Vida Consagrada como expresión vital de los valores

evangélicos anunciados en las Bienaventuranzas.

762

Revitalizar la vida consagrada mediante la fidelidad al propio carisma y al espíritu de los Fundadores,

respondiendo a las nuevas necesidades del Pueblo de Dios.

763

Alentar una selección vocacional que permita la decisión plena y consciente y capacite para un

servicio evangelizador adecuado en el presente y futuro de América Latina. Favorecer, para ello, una seria

formación inicial y permanente, adaptada a las circunstancias peculiares y cambiantes de nuestra realidad.

b) Consagración como Expresión de Comunión

764

Acrecentar la fraternidad en las comunidades, en su interior favoreciendo las relaciones

interpersonales que permitan la integración y conduzcan a mayor comunión y mejor colaboración en la

misión. Estimular la apertura a relaciones intercongregacionales en las que, respetando el pluralismo de

carismas particulares y las disposiciones de la Santa Sede, crezca la unidad.

765

Crear en las diócesis un clima tal de comunión eclesial orgánica y espiritual alrededor del Obispo que

permita a las comunidades religiosas vivir su pertenencia peculiar a la familia diocesana y, de manera

especial, lleve a los religiosos Presbíteros a descubrir que son cooperadores del orden episcopal y, en

cierto modo, pertenecen al clero de la diócesis (Cfr. CD 34). Para ello, estudiar conjuntamente los

documentos eclesiales, particularmente el de "Relaciones entre los Obispos y los Religiosos en la Iglesia".

766

Promover la plena adhesión al magisterio de la Iglesia, evitando cualquier actitud doctrinal o pastoral

que se aparte de sus orientaciones (Cfr. Juan Pablo II, Discurso inaugural I, 7. AAS LXXI, p. 193).

767

Fomentar el conocimiento de la teología de la Iglesia Particular entre los religiosos y el de la teología

de la vida religiosa entre el clero diocesano, con miras al fortalecimiento de una auténtica pastoral

orgánica, a nivel de diócesis y de Conferencia Episcopal (Cfr. MR 36-37).

768

Establecer relaciones institucionalizadas entre las Conferencias Episcopales y otros organismos

eclesiales con las Conferencias Nacionales de Superiores Religiosos y otros organismos de religiosos, de

acuerdo con los criterios de la Santa Sede para las relaciones entre los Obispos y Religiosos en la Iglesia.

c) Misión más Comprometida

769

Alentar a los religiosos a que asuman un compromiso preferencial por los pobres, teniendo en cuenta

lo que dijo Juan Pablo II: "Sois sacerdotes y religiosos; no sois dirigentes sociales, líderes políticos o

funcionarios de un poder temporal. Por eso os repito: no nos hagamos la ilusión de servir al Evangelio si

tratamos de "diluir" nuestro carisma a través de un interés exagerado hacia el amplio campo de los

problemas temporales" (Juan Pablo II, Alocución Sacerdotes, 8. AAS LXXI, p. 182).

770

Estimular a los religiosos y las religiosas a que con su acción evangelizadora lleguen a los ámbitos de

la cultura, del arte, de la comunicación social y de la promoción humana, a fin de ofrecer su aporte

evangélico específico, acorde con su vocación y su peculiar situación en la Iglesia.

771

Despertar la disponibilidad de los consagrados para asumir, dentro de la Iglesia Particular, los puestos

de vanguardia evangelizadora (Cfr. EN 69) en comunión fiel con sus Pastores y con su comunidad y en

fidelidad al carisma de su fundación.

772

Estimular la fidelidad al carisma original y su actualización y adaptación a las necesidades del Pueblo

de Dios, para que las obras logren mayor fuerza evangelizadora.

773

Renovar la vitalidad misionera de los religiosas y la actitud de generosa disponibilidad que los lleve a

dar respuestas eficaces y concretas al problema de la desigual distribución actual de las fuerzas

evangelizadoras.

2.4. Institutos Seculares.

774

En lo que toca específicamente a los Institutos Seculares, es importante recordar que su carisma

propio busca responder de modo directo al gran desafío que los actuales cambios culturales están

planteando a la Iglesia: dar un paso hacia las formas de vida secularizadas que el mundo urbano-industrial

exige, pero evitando que la secularidad se convierta en secularismo.

775

El Espíritu ha suscitado en nuestro tiempo este nuevo modo de vida consagrada, que representan los

Institutos Seculares, para ayudar de alguna manera, a través de ellos, a resolver la tensión entre apertura

real a los valores del mundo moderno (auténtica secularidad cristiana) y la plena y profunda entrega de

corazón a Dios (espíritu de la consagración). Al situarse en pleno foco del Conflicto, dichos Institutos

pueden significar un valioso aporte pastoral para el futuro y ayudar a abrir caminos nuevos de general

validez para el Pueblo de Dios.

776

Por otro lado, la misma problemática que intentan abordar y su falta de arraigo en una tradición ya

probada, los expone más que las otras formas de vida consagrada a las crisis de nuestro tiempo y al

contagio del secularismo. Esta esperanza y los riesgos que su modo de vida conlleva, deberán mover al

Episcopado latinoamericano a promover y apoyar con especial solicitud se desarrollo.

3. Laicos.

Participación del laico en la vida de la Iglesia y en la misión de ésta en el mundo.

Los Laicos

3.1. Situación.

777

Reconociendo en el seno de la Iglesia latinoamericana una toma de conciencia creciente de la

necesidad de la presencia de los laicos en la misión evangelizadora, estimulamos a tantos laicos, que

mediante su testimonio de entrega cristiana, contribuyen al cumplimiento de la tarea evangelizadora y a

presentar el rostro de una Iglesia comprometida en la promoción de la justicia en nuestros pueblos.

778

En la actual situación del continente, interpela particularmente a los laicos la configuración que van

tomando los sistemas y estructuras que, a consecuencia del proceso desigual de industrialización,

urbanización y transformación cultural, ahondan las diferencias socio-económicas, afectando

principalmente a las masas populares, con fenómenos de opresión y marginación creciente.

779

La Iglesia de América Latina después del Concilio y Medellín, en el esfuerzo de aceptar los desafíos,

en su conjunto, ha tenido experiencias positivas y avances según lo dijimos en el Nº 10 y ss. y ha sufrido

dificultades y crisis, véase Nº 16-27.

780

Hay crisis que han afectado, naturalmente, al laicado latinoamericano y, en especial, al laicado

organizado que sufrió no sólo los embates de la conflictividad de la propia sociedad - represiones de los

grupos de poder- sino también los producidos por una fuerte ideologización, por desconfianzas mutuas y

en las instituciones que llevaron, incluso, a dolorosas rupturas de los movimientos laicos entre sí y con los

pastores.

781

Hoy, sin embargo, vemos otro aspecto de la crisis en sus consecuencias positivas: la progresiva

ganancia en serenidad, madurez y realismo que se manifiesta en confesadas aspiraciones por promover en

la Iglesia estructuras de diálogo, de participación y de acción pastoral de conjunto, expresiones de una

mayor conciencia de pertenencia a la Iglesia.

782

Este optimismo, creciente en los movimientos laicos, no desconoce, por otra parte, las tensiones que

persisten, tanto a nivel de la comprensión del sentido del compromiso del laico hoy en América Latina,

como de una apropiada inserción en la acción eclesial.

783

Mientras estas tensiones afectan principalmente a quienes participan en movimientos laicos, grandes

sectores del laicado latinoamericano no han tomado conciencia plena de su pertenencia a la Iglesia y viven

afectados por la incoherencia entre la fe que dicen profesar y practicar y el compromiso real que asumen

en la sociedad. Divorcio entre fe y vida agudizado por el secularismo y por un sistema que antepone el

tener más al ser más.

784

Asimismo, la efectiva promoción del laicado se ve impedida muchas veces por la persistencia de cierta

mentalidad clerical en numerosos agentes pastorales, clérigos e incluso laicos.

785

Este contexto social y eclesial, así descrito, ha dificultado la participación activa y responsable de los

laicos en campos tan importantes como el político, el social y el cultural, particularmente en los sectores

obreros y campesinos.

3.2. Reflexión Doctrinal.

El Laico en la Iglesia y en el Mundo.

786

La misión del laico encuentra su raíz y significación en su ser más profundo que el Concilio Vaticano

II se preocupó de subrayar, en algunos de sus documentos: - El bautismo y la confirmación lo incorporan

a Cristo y lo hacen miembro de la Iglesia.

- Participa, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo y la ejerce en su condición

propia.

- La fidelidad y la coherencia con las riquezas y exigencias de su ser le dan su identidad de hombre de

Iglesia en el corazón del mundo y de hombre del mundo en el corazón de la Iglesia (Cfr. LG Cap. IV).

787

En efecto, el laico se ubica, por su vocación, en la Iglesia y en el mundo. Miembro de la Iglesia, fiel a

Cristo, está comprometido en la construcción del Reino en su dimensión temporal.

788

En profunda comunicación con sus hermanos laicos y con los Pastores, en los cuales ve a sus

maestros en la fe, el laico contribuye a construir la Iglesia como comunidad de fe, de oración, de caridad

fraterna y lo hace por la catequesis, por la vida sacramental, por la ayuda a los hermanos. De allí la

multiplicidad de formas de apostolado, cada una de las cuales pone énfasis en algunos de los aspectos

mencionados.

789

Pero es en el mundo donde el laico encuentra su campo específico de acción (Cfr. EN 73). Por el

testimonio de su vida, por su palabra oportuna y por su acción concreta, el laico tiene la responsabilidad

de ordenar las realidades temporales para ponerlas al servicio de la instauración del Reino de Dios.

790

En el vasto y complicado mundo de las realidades temporales, algunas exigen especial atención de los

laicos: la familia, la educación, las comunicaciones sociales.

791

Entre estas realidades temporales no se puede dejar de subrayar con especial énfasis la actividad

política (Cfr. AA II, 5). Esta abarca un amplio campo, desde la acción de votar, pasando por la militancia

y el liderazgo en algún partido político, hasta el ejercicio de cargos públicos en distintos niveles.

792

En todos los casos, el laico deberá buscar y promover el bien común en la defensa de la dignidad del

hombre y de sus derechos inalienables en la protección de los más débiles y necesitados, en la

construcción de la paz, de la libertad, de la justicia; en la creación de estructuras más justas y fraternas.

793

En consecuencia, en nuestro continente latinoamericano, marcado por agudos problemas de injusticia

que se han agravado, los laicos no pueden eximirse de un serio compromiso en la promoción de la justicia

y del bien común (Cfr. AA 14), iluminados siempre por la fe y guiados por el Evangelio y por la Doctrina

Social de la Iglesia, pero orientados a la vez por la inteligencia y la aptitud para la acción eficaz. "Para el

cristiano no basta la denuncia de las injusticias, a él se le pide ser en verdad testigo y agente de la justicia"

(Juan Pablo II, Alocución Obreros Guadalajara 2. AAS LXXI, p. 223).

794

En la medida en que crece la participación de los laicos en la vida de la Iglesia y en la misión de ésta

en el mundo, se hace también más urgente la necesidad de su sólida formación humana en general,

formación doctrinal, social, apostólica. Los laic os tienen el derecho de recibirla primordialmente en sus

mismos movimientos y asociaciones pero también en institutos adecuados y en el contacto con sus

Pastores.

795

Por otra parte, el laico debe aportar al conjunto de la Iglesia su experiencia de participación en los

problemas, desafíos y urgencias de su "mundo secular" - de personas, familias, grupos sociales y pueblospara

que la Evangelización eclesial arraigue con vigor. En ese sentido, será aporte precioso del laico por su

experiencia de vida, su competencia profesional, científica y laboral, su inteligencia cristiana, cuanto pueda

contribuir para el desarrollo, estudio e investigación de la Enseñanza Social de la Iglesia.

796

Un aspecto importante de esta formación es el que concierne a la profundización en una espiritualidad

más apropiada a su condición de laico. Dimensiones esenciales de esta espiritualidad son, entre otras, las

siguientes:

797

- Que el laico no huya de las realidades temporales para buscar a Dios sino persevere, presente y

activo, en medio de ellas y allí encuentre al Señor.

- Dé a tal presencia y actividad una inspiración de fe y un sentido de caridad cristiana.

- Por la luz de la fe, descubra en esa realidad la presencia del Señor.

798

- En medio de su misión, a menudo conflictiva y llena de tensiones para su fe, busque renovar su

identidad cristiana en el contacto con la Palabra de Dios, en la intimidad con el Señor por la Eucaristía, en

los Sacramentos y en la oración.

799

Tal espiritualidad deberá ser capaz de dar a la Iglesia y al mundo "cristianos con vocación de santidad,

sólidos en su fe, seguros en la doctrina propuesta por el Magisterio auténtico, firmes y activos en la

Iglesia, cimentados en una densa vida espiritual...perseverantes en el testimonio y acción evangélica,

coherentes y valientes en sus compromisos temporales, constantes promotores de paz y justicia contra

toda violencia u opresión, agudos en el discernimiento crítico de las situaciones e ideologías a la luz de las

enseñanzas sociales de la Iglesia, confiados en la esperanza en el Señor" (Juan Pablo II, Alocución Laicos,

6. AAS LXXI, p. 216).

El Laico Organizado.

800

Expresamos nuestra confianza y estímulo decidido a las formas organizadas del apostolado de los

laicos porque:

801

La organización es signo de comunión y participación en la vida de la Iglesia; permite la transmisión y

crecimiento de las experiencias y la permanente formación y capacitación de sus miembros.

802

El apostolado exige muchas veces una acción común, tanto en las comunidades de la Iglesia como en

los diversos ambientes.

803

En una sociedad que se estructura y planifica cada vez más la eficacia de la actividad apostólica

depende también de la organización.

Ministerios Diversificados.

804

Para el cumplimiento de su misión, la Iglesia cuenta con diversidad de ministerios (Cfr. AA 21). Al

lado de los ministerios jerárquicos, la Iglesia reconoce un puesto a ministerios sin orden sagrado. Por

tanto, también los laicos pueden sentirse llamados o ser llamados a colaborar con sus pastores en el

servicio a la comunidad eclesial, para el crecimiento y vida de ésta, ejerciendo ministerios diversos según

la gracia y los carismas que el Señor quiere concederles (Cfr EN 73).

805

Los ministerios que pueden conferirse a laicos son aquellos servicios referentes a aspectos realmente

importantes de la vida eclesial (v. gr. en el plano de la Palabra, de la Liturgia o de la conducción de la

comunidad), ejercidos por laicos con estabilidad y que han sido reconocidos públicamente y confiados por

quien tiene la responsabilidad en la Iglesia.

3.3. Criterios Pastorales.

Criterios que orientan al Laicado Organizado en la Pastoral de Conjunto.

806

Una renovada pastoral del laicado organizada exige: a) vitalidad misionera para descubrir con iniciativa

y audacia nuevos campos para la acción evangelizadora de la Iglesia; b) apertura para la coordinación con

organizaciones y movimientos, teniendo en cuenta que ninguno de ellos posee la exclusividad de la acción

de la Iglesia; c) canales permanentes y sistemáticos de formación doctrinal y espiritual con actualización

de contenidos y pedagogía adecuada.

807

La diversidad de formas organizadas del apostolado seglar exige su presencia y participación en la

pastoral de conjunto, tanto por la naturaleza misma de la Iglesia, misterio de comunión de diversos

miembros y ministerios, como por la eficacia de la acción pastoral con la participación coordinada de

todos.

808

Se requiere la participación del laicado no sólo en la fase de ejecución de la pastoral de conjunto, sino

también en la planificación y en los mismos organismos de decisión.

809

Su inserción en la pastoral de conjunto asegurará la necesaria referencia de las formas organizadas de

apostolado laical a la pastoral dirigida a las grandes masas del Pueblo de Dios.

810

Las formas organizadas de apostolado laico deben dar a sus miembros ayuda, aliento e iluminación

para su compromiso político. Se reconocen, sin embargo, dificultades, a nivel de dirigentes cuando

pertenecen a movimientos apostólicos y simultáneamente militan en partidos políticos; dificultades que

deberán resolverse con prudencia pastoral teniendo en cuenta el criterio de evitar comprometer su

movimiento apostólico con un partido político determinado.

Criterios Pastorales sobre los Ministerios.

Características de los miembros que pueden recibir los laicos son las siguientes:

811

- No clericalizan; quienes los reciben siguen siendo laicos con su misión fundamental de presencia en

el mundo.

812

- Se requiere una vocación o aptitud ratificada por los pastores.

813

- Se orientan a la vida y al crecimiento de la comunidad eclesial, sin perder de vista el servicio que ésta

debe prestar en el mundo.

 

814

- Son variados y diversos de acuerdo con los carismas de quienes son llamados y las necesidades de

la comunidad; pero esta diversidad debe coordinar por su relación al ministerio jerárquico.

Conviene evitar los siguientes peligros en el ejercicio de los ministerios:

815

a) La tendencia a la clericalización de los laicos o la de reducir el compromiso laical a aquellos que

reciben ministerios, dejando de lado la misión fundamental del laico, que es su inserción en las realidades

temporales y en sus responsabilidades familiares.

816

b) No deben promoverse tales ministerios como estímulo puramente individual fuera de un contexto

comunitario.

817

c) El ejercicio de ministerios por parte de unos laicos no puede disminuir la participación activa de los

demás.

 

3.4. Evaluación.

818

Para analizar y evaluar la situación actual y las perspectivas del laicado, es necesario, por una parte,

detectar la realidad de la presencia activa en los distintos lugares que configuran la dinámica social y, por

otra, hacer manifiesta la "calidad" de dicha presencia. Para este fin, se utiliza un marco de referencia que

tiene doble dimensión:

819

La primera, que nos permite cuantificar la presencia del laicado, es el crecimiento de los ámbitos

funcionales (mundo de la cultura, del trabajo, etc.) frente a los ámbitos territoriales (el barrio, la parroquia,

etc.) como consecuencia del proceso de industrialización y urbanización.

820

La segunda nos permite calificar la presencia En este caso, el signo es cómo se comprende la realidad

social, el ser y la misión de la Iglesia.

Bajo la primera dimensión se observa:

821

- En el espacio de la "vecindad" (parroquia, barrios), la existencia de numerosos laicos y movimientos

de laicos.

822

- En el espacio de "apoyo pastoral" (entendido como tal el que reúne los servicios de formación

doctrinal del laicado, invitación al compromiso, espiritualidad, etc.) hay una presencia apreciable, pero con

deficiencias en los servicios de formación.

823

- En el espacio de "construcción de la sociedad" (obreros, campesinos, empresarios, técnicos,

políticos, etc.) la presencia es muy débil; casi total la ausencia en el espacio de creación y difusión cultural

(intelectuales, artistas, educadores, estudiantes y comunicadores sociales).

Bajo la segunda dimensión se observa:

824

- La persistencia de laicos y movimientos laicales que no han asumido suficientemente la dimensión

social de su compromiso, tanto por aferrarse a sus intereses económicos y de poder, como por una

deficiente comprensión y aceptación de la enseñanza social de la Iglesia. Se percibe también otros laicos y

movimientos de laicos que por exagerada politización de su compromiso, han vaciado su apostolado de

esenciales dimensiones evangelizadoras.

825

- La existencia de movimientos laicos que se distorsionan por una excesiva dependencia de las

iniciativas de la jerarquía y también de los que confieren a su autonomía un grado tal, que se desprenden

de la comunidad eclesial.

826

Finalmente, resulta de particular gravedad el hecho de un insuficiente esfuerzo en el discernimiento de

las causas y condicionamientos de la realidad social y en especial sobre los instrumentos y medios para

una transformación de la sociedad. Esto es necesario como iluminación de la acción de los cristianos para

evitar, tanto la asimilación acrítica de ideologías como un espiritualismo de evasión. Además, así se hace

factible, descubrir caminos para la acción, superada la mera denuncia.

3.5. Conclusiones.

827

Hacemos un llamado urgente a los laicos a comprometerse en la misión evangelizadora de la Iglesia,

en la que la promoción de la justicia es parte integrante e indispensable y la que más directamente

corresponde al quehacer laical, siempre en comunión con los pastores.

828

Exhortamos a una presencia organizada del laicado en los diversos espacios pastorales, lo cual supone

la integración y coordinación de los distintos movimientos y servicios dentro de un plan de pastoral

orgánica del sector laico.

829

Invitamos a tener en especial consideración al laicado organizado en orden a la acción eclesial,

prestándole la adecuada atención pastoral y el debido aprecio de su papel en la pastoral global de la Iglesia.

830

En particular adquiere especial importancia la constitución o dinamización de los departamentos

diocesanos y nacionales de laicos o de otros órganos de animación y coordinación. Asimismo urge el

fortalecimiento de los organismos latinoamericanos de los movimientos laicos con apoyo a la labor que en

este sentido viene realizando el Departamento de laicos del CELAM.

831

Igualmente, hacemos resaltar el importante lugar que pueden ocupar los laicos individualmente

convocadas a prestar servicios en instituciones de Iglesia, particularmente las educativas, los organismos

de promoción humana y social y las actividades en zonas de misión.

832

Pedimos que se fomenten centros o servicios de formación integral de laicos que pongan adecuado

énfasis en una pedagogía activa, complementada por una formación sistemática en los fundamentos de la

fe y de la enseñanza social de la Iglesia. Asimismo, consideramos los movimientos organizados como

instrumentos de formación con sus proyectos, experiencias, planes de trabajo y evaluaciones.

833

En América Latina, sobre todo en aquellas regiones donde los ministerios jerárquicos no están

suficientemente provistos, foméntense bajo la responsabilidad de la Jerarquía también una especial

creatividad en el establecimiento de ministerios o servic ios que pueden ser ejercidos por laicos, de acuerdo

con las necesidades de la evangelización. Especial cuidado debe ponerse en la formación adecuada de los

candidatos.

3.6. La Mujer.

Aunque en varias partes del Documento se habla de la mujer, como religiosa, en el hogar, etc., aquí la

consideramos en su aporte concreto a la evangelización en el presente y en el futuro de América Latina.

Situación.

834

A la conocida marginación de la mujer como consecuencia de atavismos culturales (prepotencia del

varón, salarios desiguales, educación deficiente, etc.) que se manifiesta en su ausencia casi total de la vida

política, económica y cultural, se agregan nuevas formas de marginación en una sociedad consumista y

hedonista. Así se llega al extremo de transformarla en objeto de consumo, disfrazando su explotación bajo

pretexto de evolución de los tiempos (por la publicidad, el erotismo, la pornografía, etc.).

835

En muchos de nuestros países, sea por la situación económica agobiante, sea por la crisis moral

acentuada, la prostitución femenina se ha incrementado.

836

En el sector laboral se comprueba el incumplimiento o la evasión de las leyes que protegen a la mujer.

Frente a esta situación, las mujeres no siempre están organizadas para exigir el respeto a sus derechos.

837

En las familias, la mujer se ve recargada además de las tareas domésticas por el trabajo profesional y

en no pocos casos debe asumir todas las responsabilidades, por abandono del hogar por parte del varón.

838

También se debe considerar la situación lamentable de las empleadas domésticas, por el maltrato y la

explotación que sufren con frecuencia de parte de sus patronos.

839

En la misma Iglesia, a veces se ha dado una insuficiente valorización de la mujer y una escasa

participación suya a nivel de las iniciativas pastorales.

 

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